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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
ANTE EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y AUTORIDADES CIVILES
*


Castillo de Brühl, Bonn
Sábado 15 de noviembre de 1980

 

Muy Ilustre Señor Presidente Federal,
Muy Distinguido Señor Presidente del Parlamento,
Muy Distinguido Señor Canciller,
Hermanos en el Episcopado,
Señoras y Señores:

1. Es para mí motivo de particular alegría poder encontrarme durante mi visita a la República Federal de Alemania con todos ustedes, representantes de la vida política, cultural, económica y eclesial del Estado. En ustedes saludo también a todos aquellos que en este país tienen la responsabilidad del bienestar y del destino del pueblo entero.

Sinceramente expreso mi agradecimiento al Señor Presidente Federal por su cordial saludo de bienvenida, y a todos ustedes por honrarme con su presencia. Su distinguida consideración se dirige ciertamente no tanto a mi condición de Soberano del Estado Vaticano, de tan poca apariencia externa, cuanto a la misión religiosa que me ha sido confiada como Supremo Pastor de la Iglesia católica. Es sólo esto, siguiendo el espíritu de mis grandes predecesores en la Sede de Pedro y como respuesta a las nuevas exigencias pastorales de nuestro tiempo, lo que una y otra vez me mueve a abandonar durante unos días la Ciudad Eterna para realizar una visita pastoral a mis hermanos y hermanas en la fe en los diversos continentes e Iglesias particulares.'

2. Mis encuentros con las más altas autoridades del Estado y de la vida social durante mis viajes apostólicos no quieren reducirse a gestos de cortesía y de estima, sino que son al mismo tiempo expresión de la solidaridad y corresponsabilidad a las que la Iglesia, en virtud de su misión —respetando las respectivas competencias— y juntamente con el Estado, se siente obligada en el servicio a la comunidad y a los hombres. Aunque el objetivo puesto por Cristo a su Iglesia es otro, es decir, pertenece al orden religioso, sin embargo, de él derivan, como pone de relieve el Concilio Vaticano II, "funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina" (Gaudium et spes, 42).

La historia de su pueblo y de todo el Occidente cristiano es muy rica en luminosos ejemplos y preciosos frutos de esta colaboración en común responsabilidad y plena confianza entre Estado, sociedad e Iglesia. Fieles testigos de esta íntima conexión entre la vida de la fe y las formas de la vida social son no sólo las grandiosas catedrales, los antiguos monasterios y universidades con sus grandes bibliotecas y demás iniciativas culturales y sociales, sino también la misma civilización técnica y la cultura moderna, que no podrían ser rectamente entendidas sin la aportación que desde sus orígenes han recibido de modo decisivo del cristianismo, tanto en su aspecto histórico como espiritual y moral. Hasta las nuevas ideologías de carácter irreligioso o antirreligioso dan testimonio de la existencia y del alto valor de aquello que tratan de destruir y de negar con todas sus fuerzas.

3. Por esta notable aportación, de índole espiritual, religioso y cultural, le corresponde al pueblo alemán un especial reconocimiento en la historia de la Iglesia y del desarrollo espiritual de Europa. En su pasado, como en la vida de cada nación, hay también luces y sombras, ejemplos del más alto valor humano y cristiano, y al mismo tiempo abismos, pruebas, acontecimientos profundamente trágicos. Hay momentos en la Vida de esta nación que manifiestan un espíritu verdaderamente humano y cristiano, pero hay también otros que contradicen y atentan contra la convivencia nacional e internacional. Pero su país ha sabido siempre salir del derrumbamiento y de la ruina, como en la última guerra mundial, para levantarse y fortalecerse de nuevo. La estabilidad política, el progreso científico y técnico y la proverbial laboriosidad de sus habitantes han conducido a la República Federal de Alemania, durante las últimas décadas, al bienestar y a la paz social dentro de sus fronteras, y al respeto y al prestigio en la comunidad internacional. Permanece, sin embargo, todavía la dolorosa división de su pueblo, que espero pueda finalmente encontrar una merecida y pacífica solución en una Europa unida.

Permítanme, señores y señoras, que en este momento ponga de relieve los esfuerzos por la paz, con los que en gran medida su país ha contribuido a la comprensión entre todos los pueblos, y con especial gozo la creciente disposición a la comprensión entre sus ciudadanos y el pueblo polaco. En este punto corresponde un mérito no pequeño a los cristianos evangélicos, así como a los obispos y a los católicos de ambos países. En todos los momentos de relaciones difíciles entre los pueblos debe valer este principio fundamental: no es el resarcimiento de las injusticias y de los sufrimientos mutuamente inferidos y provocados, sino solamente la voluntad de reconciliación y la común búsqueda de nuevos caminos para una amistosa convivencia lo que debe construir y garantizar a las naciones un futuro mejor.

También honra especialmente a los responsables de la política, de la Iglesia y de la sociedad el hecho de que cada vez en mayor medida son conscientes de la responsabilidad que obliga a los países ricos respecto al Tercer Mundo responsabilidad a la que responden á través de programas e iniciativas estatales v eclesiásticas, así como por medio de las concretas acciones de ayuda por parte de los ciudadanos. También en este campo se han realizado cosas dignas de elogio. Sin embargo, como he tenido ocasión de constatar personalmente en mis cortos viajes apostólicos, y como resalta con gran insistencia la autorizada comisión Norte-Sur en su informe conclusivo, en algunos de estos países se deben emprender todavía mayores esfuerzos y más decididas medidas, a nivel nacional e internacional, para contrarrestar, de modo más eficaz y con mayores posibilidades de éxito, el hambre y la miseria estructural en los países y continentes menos privilegiados. Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, como subrayó el Papa Pablo VI en su Encíclica Populorum progressio, la más apremiante exigencia de esta hora ha de ser una respuesta y una colaboración de carácter comunitario más fuerte y más generosa en favor de los pueblos del Tercer Mundo, para poder así asegurar una paz duradera a nivel mundial. Para ello no resultará una aportación aceptable el que las naciones ricas se encierren en sí mismas.

4. Lo mucho positivo y bueno que, a pesar de algunos profetas de desventuras, existe en el mundo de hoy, gracias a las conquistas técnicas que poseen un enorme radio de acción para conformar de un modo cada vez más humano las condiciones de vida de la entera familia humana y de cada uno de los hombres, nos ofrece ocasión de alegría y de agradecimiento a Dios, que es también el Señor de nuestro tiempo. En virtud de su misión salvífica la Iglesia reclama y apoya toda posible iniciativa que pueda contribuir a la elevación y al completo desarrollo del hombre, tal como se muestra claramente a través de la colaboración en diálogo y confianza que ha sido llevada a cabo en este país por la Iglesia y el Estado en diversos campos y niveles.

Esta valoración de lo bueno y digno de reconocimiento que existe en la sociedad moderna no debe impedirnos reconocer al mismo tiempo las deficiencias y peligros a que de modo creciente se encuentra expuesto el hombre de hoy. Cuanto más luminosa es la luz, tanto más se ponen de manifiesto los aspectos sombríos y las oscuras amenazas de las deficiencias del desarrollo. Como dije el año pasado en mi discurso ante las Naciones Unidas, "un análisis critico de nuestra civilización contemporánea demuestra que ella, sobre todo durante el último siglo, ha contribuido, como nunca lo había hecho anteriormente, al desarrollo de los bienes materiales, pero ha engendrado también en teoría y más aún en la práctica, una serie de actitudes que, en medida más o menos relevante, han hecho disminuir la sensibilidad por la dimensión espiritual de la existencia humana; y esto, a causa de ciertas premisas, que han vinculado prevalentemente el sentido de la vida humana a múltiples condicionamientos materiales y económicos, es decir, a las exigencias de la producción, del mercado, del consumo, de la acumulación de riquezas, o de la burocratización con que se trata de organizar los correspondientes procesos" (2 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre de 1979, pág. 14).

Cada supuesto progreso es sólo progreso auténtico si sirve al hombre en su totalidad. Esta integridad del hombre incluye los valores materiales y también los espirituales y morales. Por consiguiente, también debemos "medir el progreso de la humanidad no sólo por el progreso de la ciencia y de la técnica..., sino al mismo tiempo y más aún por la primacía de los valores espirituales y por el progreso de la vida moral" (ib., pág. 13). Por ello sería una equivocación muy deplorable y de consecuencias catastróficas que la sociedad moderna confunda el legítimo pluralismo con la neutralidad de valores, y creer que en nombre de una democracia mal entendida puede paulatinamente ir renunciando en la vida pública a la utilización de normas éticas y de las categorías morales de bueno y malo.

5. Con creciente atención y cuidado hace frente la Iglesia a este desarrollo, cuyos perjudiciales efectos se manifiestan también en la vida intraeclesial. Desde su fundación por Jesucristo, el cual solemnemente había confesado delante de Pilato y poco antes de su muerte que El había nacido y que había venido al mundo para dar testimonio de tal verdad (cf. Jn 18, 37), la Iglesia, ¿en virtud de su misión, siempre ha proclamado, exigido y defendido con toda energía, juntamente con la gozosa noticia de la redención y de la salvación, y como su irrenunciable presupuesto, la dimensión espiritual y moral de la persona humana. Y hace esto no sólo por fidelidad a la doctrina revelada que le ha sido confiada, sino también por la conciencia de profunda responsabilidad que tiene en la defensa de la dignidad del hombre, para cuyo servicio y bien espiritual se reconoce enviada. La Iglesia proclama solemnemente que el hombre es imagen de Dios, de donde deriva su inviolable dignidad. Ahí se fundan en última instancia sus inalienables derechos fundamentales y los valores fundamentales de una convivencia social digna del hombre. La discusión sobre los derechos fundamentares que ha tenido, fugar en su país durante los últimos años subraya la particular actualidad y, necesidad de un nuevo descubrimiento de los sólidos fundamentos de nuestra civilización y sociedad actuales. En conformidad con la función profética que le ha sido otorgada, no puede renunciar nunca la Iglesia a la obligación de denunciar en nombre de la verdad como falta moral o como pecado lo que públicamente atenta contra la dignidad del hombre y contra el mandato de Dios. De modo particular no debe callar la Iglesia cuando se presente la amenaza de que se pueda disponer impunemente de un bien tan fundamental como la vida humana en cualquiera de sus formas o estadios de desarrollo.

La Iglesia ha sido enviada para dar testimonio de la verdad y aportar de este modo una valiosa contribución para la organización de la vida social y pública de modo adecuado a la dignidad del hombre. A tiempo y a destiempo recuerda siempre la alta dignidad y vocación del hombre en cuanto creación de Dios. Esta dignidad perceptible a todos se manifiesta en toda su claridad y grandeza en Jesucristo, en el mensaje de su vida y en su doctrina. Sólo en él experimenta el hombre —es una convicción fundamental de la fe cristiana— toda la verdad sobre sí mismo. "El hombre no es capaz de comprenderse a sí mismo hasta el fondo sin Cristo", como puse de relieve en mi homilía pronunciada en la plaza de 1a Victoria de Varsovia. "No puede comprender quién es, ni cuál es su verdadera dignidad, ni cuál es su vocación, ni su destino final" (2 de junio de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en lengua Española, 10 de junio de 1979, pág. 6). Si los cristianos ponen como fundamento de su testimonio de vida y de su comportamiento social la verdad del hombre revelada en Cristo, entonces realizan un servicio para todos: te dignidad del hombre perceptible a todos y reconocida por todos alcanza su más clara y amplia vigencia.

6. No quisiera, señores y señoras, concluir estas breves reflexiones sin hacer un llamamiento a todos ustedes, en especiar a aquellos que comparten conmigo las mismas convicciones de fe, para lograr que se manifieste de nuevo el fundamento cristiano de te historia de su pueblo y de los elementos constitutivos del Estado actual» tan impregnado por el espíritu cristiano. Una renovación moral verdaderamente profunda de la sociedad sólo puede ser auténticamente eficaz si viene de dentro» de sus propias raíces. Después del lamentable fracaso que en los últimos decenios han experimentado las grandes ideologías y mesianismos aparentemente tan llenos de promesas, que han llevado a la humanidad al borde del abismo, se atreve la Iglesia a recordar hoy con toda energía a los pueblos y a todos los que llevan la responsabilidad de las naciones que se vuelvan de nuevo al hombre, a su verdadera dignidad y a sus inalienables derechos fundamentales, en una palabra, al hombre en Cristo, para construir con él en una confianza llena de esperanza la actualidad que prepare un futuro mejor. Sólo de así puede venir, no sólo para cada nación en particular, sino para Europa y para toda la humanidad, la posibilidad de una existencia digna del hombre dentro de los peligros que continuamente se levantan de modo amenazador en el horizonte de la historia y de una vida verdaderamente plena de todos los pueblos y hombres en verdad, justicia y paz.

Por todo ello pido a Dios por todos ustedes, señoras y señores, y por todo su pueblo; pido a Dios, que es el origen y fin de la historia, luz y fuerza, así como su permanente protección y bendición.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.47 pp. 5, 8.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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