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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS EMIGRANTES POLACOS


Plaza de la catedral de Maguncia,
Domingo 16 de noviembre de 1980

 

Queridos connacionales,
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Doy gracias a la Divina Providencia y a los hombres por el hecho de que durante esta peregrinación por tierra alemana pueda encontrarme con mis connacionales, a quienes aquí en Alemania les ha tocado vivir y trabajar, crear su historia, la de sus familias, la del país y, al mismo tiempo, la historia de la salvación. Esa historia de los caminos de Cristo hacia el hombre y de los caminos del hombre hacia Dios es decisiva para el hombre, y solamente en ella puede el hombre encontrarse plenamente a sí mismo, considerar el valor y las posibilidades de su corazón y hallar un justo puesto en el mundo.

Precisamente esos caminos divinos de la salvación, de la gracia, de la potencia y del amor son los que deseamos volver a encontrar a lo largo de toda esta peregrinación, junto con la Iglesia en Alemania, con sus Pastores y sus fíeles, con nuestros hermanos en la fe en Cristo, y también con todos los hombres de buena voluntad.

2. Hallándonos ante esta milenaria catedral de Maguncia que, a lo largo de muchos siglos, fue escenario de las coronaciones de emperadores y de reyes, no se puede dejar de pensar en todo el proceso histórico de la formación de la convivencia de los pueblos en la Europa cristiana; especialmente cuando, en el horizonte de la historia, nacían a la existencia autónoma nuevas naciones, nuevos países que conquistaban, muchas veces a gran precio, su puesto en Europa, en el mundo y en la historia.

Conocemos ese proceso, sus luces y sus sombras, y sabemos que ni ha sido ni sigue siendo fácil. Sabemos que la cercanía geográfica, la vecindad, deben y pueden ser una bendición, pero, como todo lo que es humano, pueden también llegar a ser una maldición. Si esto es así, ello quiere decir que hay una tarea que realizar, una tarea ante cada uno de los hombres y también ante las naciones enteras. Así lo comprendía ya el segundo soberano de la historia de Polonia, el rey Boleslao Chrobry, que mediante la alianza con el emperador Otón III, introdujo a Polonia, como un miembro de pleno derecho, en la latina sociedad cristiana de Europa.

3. Solamente los hombres santos son capaces de construir puentes estables entre las naciones, porque solamente los santos fundan su actividad sobre el amor; sobre el amor del hombre, porque construyen su vida y el futuro sobre Dios. "La caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce... porque Dios es amor" (1 Jn 4, 7-8). Solamente lo que es construido sobre Dios, sobre el amor, es durable, como lo atestigua la veneración de que todavía sigue siendo objeto, en Trzebenica, la tumba de Santa Eduvigis, Patrona de la reconciliación.

Si el lugar de los creyentes y de los santos es ocupado por hombres sin Dios, entonces el egoísmo y el odio dictan su ley, como lo testimonia la sucesiva historia de la convivencia entre las naciones alemana y polaca.

4. En el transcurso de la historia, entre los acontecimientos que se suceden, entre las decisiones políticas, entre el odio o la amistad, en medio de todo ello son los hombres concretos quienes quieren vivir, desarrollarse, mantener la propia identidad, los derechos, la libertad, la fe, la dignidad: a éstos dirijo sobre todo mi pensamiento durante el presente encuentro.

En el siglo pasado, muchos polacos vinieron a Alemania por motivos económicos. Con un difícil y fatigoso trabajo, contribuyeron al desarrollo económico del país, que les ofreció trabajo y pan.

Después de la primera guerra mundial y después de haber recobrado Polonia la independencia, muchos de ellos permanecieron aquí. Y en los territorios limítrofes quedó un gran número de polacos que ya habitaban allí antes. Se organizaron en una Federación cultural polaca con el fin de fomentar la tradición y la cultura cristiana y polaca. Crearon diversas Organizaciones que casi siempre estaban dirigidas por sacerdotes, y que tenían gran solicitud por una armónica convivencia y por el vínculo cristiano del amor.

No era aquella una vida fácil. Quizá vosotros mismos, o vuestros padres, habéis estado expuestos a no pocas humillaciones y habéis sufrido, tanto por la religiosidad como por la actitud patriótica.

5. Los acontecimientos de la última guerra mundial influyeron seriamente sobre la convivencia de las naciones. Produjeron muchos sufrimientos, daños y desgracias.

Esos acontecimientos hicieron que, al concluir las actividades bélicas, se encontraran en territorio alemán casi dos millones de polacos. Algunos padecieron el infierno de los "lager"; otros, por el peso del enorme trabajo y otros también llevados por los acontecimientos de la guerra, no pudieron por diversos motivos, regresar a su patria. Pero no se rindieron a la desesperación. A pesar de las difíciles pruebas y aventuras, a pesar de la grave situación material debida a la destrucción de la guerra, supieron organizarse rápidamente.

Es un gran mérito de los sacerdotes polacos. Tras sufrir hasta el agotamiento en los campos de concentración, se dedicaron a organizar la vida religiosa para sus connacionales. Después de las terribles aventuras de la guerra, había que reconstruir de nuevo la fe; la fe en Dios y la fe en el hombre. Había que reconstruir de nuevo la confianza en el hombre, la fe en la propia dignidad humana. Y todo eso se podía hacer sobre el fundamento de Cristo, porque solamente sobre sus enseñanzas, sobre la ética cristiana del amor, de la conversión y del perdón se podía construir el futuro y la nueva convivencia interhumana. Es un gran mérito precisamente de esos sacerdotes, ex-prisioneros de los campos de concentración, si entre la gente que allí estuvo, al volver a la vida normal, fueron muchos los que no se rindieron en el período difícil, bajo cualquier aspecto, que siguió a la guerra, sino que encontraron de nuevo la fe, la dignidad y el amor.

6. Todos vosotros, independientemente de las circunstancias y del tiempo de vuestra llegada, escribís aquí vuestra historia, aquí lleváis adelante vuestro diálogo con Dios, con el hombre, con el mundo. Queréis ser ciudadanos plenamente válidos y contribuir al desarrollo del país en que vivís. Queréis asegurar un futuro mejor a vuestros hijos y nietos. Aquí cada uno de vosotros imprime y deja una huella irrepetible de su existencia, de su vida, de su fe, de sus opciones, de sus decisiones. Cada uno debe, por tanto, proteger, estudiar y desarrollar cuanto hay en él, lo que hay dentro, lo que está escrito en su corazón; debe recordarse del suelo y de la herencia en que ha crecido, que lo ha formado y que constituye una parte integrante de su psique y de su personalidad.

Con ese espíritu se expresan los obispos de nuestro continente en el mensaje dirigido al mundo con ocasión del año jubilar de San Benito, Patrono de Europa. Allí leemos, entre otras cosas: "La libertad y la justicia exigen que los hombres y los pueblos tengan un espacio suficiente en que cultivar sus específicos valores. Cada pueblo y cada minoría étnica tienen su propia identidad, su propia tradición, su propia cultura. Esos valores particulares tienen grandísima importancia para la promoción humana y para la paz" (Solemne declaración de los obispos europeos, 28 de septiembre de 1980; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 9 de noviembre de 1980, pág. 8).

También la verdad revelada llega al hombre en el marco de una determinada cultura. Existe, por tanto, el gran peligro de que el abandono de los valores heredados de la cultura pueda en consecuencia conducir a la pérdida de la fe, especialmente cuando los valores de la cultura del nuevo ambiente no tienen el carácter cristiano que distingue la cultura nativa.

7. Existe también otro peligro. Hay que estar atentos a no dejarse fascinar irrazonablemente y a no dejarse atraer por la civilización técnica con el simultáneo riesgo para la fe, para la capacidad de amar; en una palabra, para todo cuanto afecta al hombre, a la plena dimensión del hombre, a su vocación.

Precisamente el arraigo en la tradición, en la cultura impregnada, como la polaca, de valores religiosos, hará que la "egoísta cultura y la egoísta tecnología del trabajo no lleguen a reducir al hombre al papel de mero instrumento de trabajo" (cf. Discurso en São Salvador da Bahia; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de julio de 1980, pág. 12). Del valor del hombre, en definitiva, decide lo que él es, no lo que él tiene. Y si el hombre está dispuesto a perder su dignidad, su fe, la conciencia nacional, solamente para tener más, tal actitud no puede conducir a otra cosa que al desprecio de sí mismo.

En cambio, el hombre consciente de su identidad que procede de la fe y de la cultura cristiana de sus abuelos y de sus padres, conservará su dignidad encontrará el respeto de los demás y será miembro de pleno valor en la sociedad en que vive.

8. Una de las características más profundas de la religiosidad polaca es la devoción y el culto a María, Madre de Dios.

También aquí en Alemania, por dondequiera que se han instalado los polacos, han llevado en el corazón el amor í la Madre y le han confiado su tuerte. Se vio de modo especial en el periodo sucesivo a la segunda guerra mundial. Una de las primeras iniciativas pastorales fueron las peregrinaciones a santuarios marianos en Alemania. Hasta ahora, habéis ido cada año, en peregrinación, a Neviges, a Santa María Buchen en Altötting, u otros lugares, como por ejemplo, por las fiestas de Hannover.

En todos esos santuarios, así como en las iglesias en que os reunís regularmente, se encuentran imágenes de la Virgen de Czestochowa. Su efigie ha sido vista en casi todos vuestros estandartes. La Virgen Negra de Jasna Góra os habla del amor de Dios y os recuerda la tierra donde están vuestras raíces. Vosotros rezáis ante Ella, le confiáis vuestras familias, especialmente en este período en que la imagen de la Virgen de Czestochowa está visitando todos los centros pastorales de los polacos en Alemania. María, que en el momento de la Anunciación creyó en la palabra, fue la primera creyente de la Nueva Alianza, la Madre de nuestra fe; y Ella nos conduce al conocimiento más completo del Dios único en la Trinidad de las personas.

9. Encontrándome aquí hoy ante vosotros, no puedo olvidar que nuestro precedente encuentro tuvo lugar en septiembre de 1978. Estuvimos aquí entonces junto con el primado que presidía la Delegación de obispos polacos invitada por los obispos alemanes. El punto central del encuentro con los connacionales fue el santuario de la Madre de Dios en Neviges. Todo esto tuvo lugar pocas semanas después de la elección de Juan Pablo I. Según la opinión humana, nadie podía prever que muy pronto me habría tocado a mí ser su sucesor en la Sede de San Pedro en Roma. Esa circunstancia imprime un especial significado a aquel encuentro.

Pero una vez más quiero volver a algunos años antes. En 1974, también entonces en septiembre, participé en Francfort a la conmemoración de las bodas de oro sacerdotales del llorado mons. Edward Lubowiecki (protonotario apostólico), que fue un íntimo colaborador antes de la guerra, del gran metropolitano de Cracovia, el cardenal Adam Stefan Sapieha y, después de la liberación del campo de concentración, se quedó aquí, primero como vicario general del arzobispo J. Gawlina, y luego como visitador canónico de los polacos en Alemania. Se me ha quedado grabada en la memoria aquella fecha, con el recuerdo de la figura del cardenal J. Döpfner, tan prematuramente fallecido, el cual quiso celebrar conmigo la Santa Misa en Dachau. Recordando la figura de mons. Lubowiecki, deseo al mismo tiempo formular mis mejores votos de bendición divina al actual rector de la Misión Católica Polaca, rvdo. Stefan Leciejewski, a todos los sacerdotes, a las religiosas y expreso mi más cordial "Szczęść Boże" a todos los connacionales.

Os agradeceré siempre vuestras oraciones.

De corazón imparto la bendición apostólica a vosotros aquí presentes, y a cuantos no han podido venir; a vuestras familias y a vuestros seres queridos. Con los más cordiales sentimientos abrazo a los enfermos y a las personas ancianas, a los solitarios, a los abandonados y a los olvidados por los demás.

Saludo y bendigo vivamente a los jóvenes y a los niños.

La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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