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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD JUDÍA


Museo de la catedral de Maguncia
Lunes 17 de noviembre de 1980

 

Shalom!

¡Estimados señores, queridos hermanos!

Os agradezco estas amables y sinceras palabras de saludo. Este encuentro era algo que llevaba muy metido en el corazón dentro del marco de este viaje apostólico, y os agradezco que hayáis aceptado mi deseo. ¡La bendición de Dios venga sobre esta hora!

1. Si los cristianos consideran a todos los hombres como hermanos y se deben comportar según esta apreciación, cuánto más vale este sagrado deber cuando se encuentran con quienes pertenecen al pueblo judío. En la "Declaración sobre las Relaciones de la Iglesia con el Judaísmo", los obispos de la República Federal Alemana han puesto como encabezamiento esta frase: "Quien se encuentra con Jesucristo, se encuentra con el Judaísmo". Querría hacer mía también esta expresión. La fe de la Iglesia en Jesucristo, hijo de David e hijo de Abraham (cf. Mt 1, 1), contiene de hecho lo que los obispos llaman en esta Declaración "la herencia espiritual de Israel para la Iglesia" (parte II), una herencia viva que debe ser comprendida y conservada por nosotros, cristianos católicos, en toda su profundidad y riqueza.

2. Las concretas relaciones de fraternidad entre judíos y católicos en Alemania adquieren un valor enteramente especial en el oscuro trasfondo de la persecución y exterminio del judaísmo intentado en este país. Las víctimas inocentes en Alemania y en otras partes, las familias deshechas y dispersas, los valores culturales y los tesoros artísticos aniquilados para siempre, son una trágica demostración del extremo a que pueden conducir la discriminación y el desprecio de la dignidad humana, ante todo si están animados por perversas teorías sobre una supuesta diferente dignidad de las razas y sobre la clasificación de los hombres entre los que valen y merecen la vida, y los que no valen y no merecen la vida. Ante Dios todos los hombres tienen el mismo valor y todos son igualmente importantes.

En conformidad con este espíritu, procuraron también algunos cristianos durante la persecución, frecuentemente con peligro de sus vidas, impedir o aliviar los sufrimientos de sus hermanos judíos. A ellos en esta hora quisiera expresarles mi reconocimiento y gratitud. Como también a aquellos que, como cristianos, afirmando a la vez su pertenencia al pueblo judío, acompañaron hasta el fin a sus hermanos y hermanas por el camino del sufrimiento, como la gran Edith Stein, llamada en religión Teresa Benedicta de la Cruz, cuya memoria se tiene justamente en alta estima.

Quisiera mencionar también a Franz Rosenzweig y a Martin Buber, quienes a través de su creativa producción en lengua hebrea y alemana, han logrado construir un estupendo puente en orden a un más profundo encuentro de ambos campos culturales.

Ustedes mismos han puesto de relieve en su discurso de bienvenida que con múltiples iniciativas, los católicos y la Iglesia han dado una aportación decisiva al establecimiento en este país de una nueva convivencia con los conciudadanos judíos. Este reconocimiento y la necesaria colaboración de ustedes, me llena de alegría. Por mi parte, quisiera expresar también mi admiración agradecida por las pertinentes iniciativas de ustedes, incluida la reciente fundación de vuestro Instituto Superior de Enseñanza en Heidelberg.

3. La profundidad y riqueza de nuestra común herencia se nos revelan especialmente en el diálogo lleno de buena voluntad y en la colaboración plenamente confiada. Me alegro de que se tome conciencia de todo esto en este país y se procure eficazmente. Muchas iniciativas públicas y privadas en el campo pastoral, académico y social sirven a este propósito, incluso en ocasiones muy solemnes, como el reciente Katolikentag en Berlín. Un signo esperanzador fue también la sesión del Comité Internacional de contacto entre la Iglesia católica y el judaísmo, que tuvo lugar el año pasado en Ratisbona. En todo esto no se trata solamente de rectificar una falsa concepción religiosa del pueblo judío, que ha sido en parte causa de malentendidos y persecuciones en el curso de la historia, sino ante todo, del diálogo entre las dos religiones, que —con el Islam— debían dar al mundo la fe en el único, inefable Dios que nos interpela, y se proponen servirle en representación de todo el mundo.

La primera dimensión de este diálogo, esto es, el encuentro entre el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca fue rechazada, por Dios, y el de la Nueva, es asimismo un diálogo interior a la Iglesia misma, como si fuera entre la primera y segunda parte de nuestra Biblia. A esto se refieren las orientaciones para la aplicación de la Declaración conciliar Nostra aetate (núm. 4): "Se debe hacer un esfuerzo para comprender mejor lo que en el Antiguo Testamento conserva su valor propio y perenne, porque este valor no ha sido anulado por la posterior interpretación del Nuevo Testamento, que le da su significado pleno, de tal manera, que se dé una mutua iluminación y clarificación" (II).

Una segunda dimensión de nuestro diálogo -—la verdadera y central— es el encuentro entre las actuales Iglesias cristianas y el actual pueblo de la Alianza concluida con Moisés. A esto se refiere el "que los cristianos —según las orientaciones postconciliares— procuren entender mejor los elementos fundamentales de la tradición religiosa del judaísmo, y capten los rasgos esenciales con que los judíos se definen a si mismos a la luz de su actual realidad religiosa" (Introducción). El camino para llegar a este conocimiento mutuo es el diálogo. Os agradezco, estimados hermanos, que también vosotros lo llevéis adelante con "aquella apertura y grandeza de ánimo", con aquel "tacto" y con aquella "prudencia", que a nosotros los católicos nos son encarecidos por las mencionadas Orientaciones (I). Un fruto de tal diálogo y a la vez una orientación para su provechosa prosecución es la Declaración, mencionada al principio, de los obispos alemanes "Sobre la Relación de la Iglesia con el judaísmo", de abril de este año. Es mi ardiente deseo que esta Declaración llegue a ser bien espiritual de todos los católicos en Alemania.

Aún quisiera hablar brevemente sobre una tercera dimensión de nuestro diálogo. Los obispos alemanes dedican el capítulo final de su Declaración al cometido que tenemos en común, judíos y cristianos están llamados como hijos de Abraham a ser bendición para el mundo (cf. Gén 12, 2, s.), en cuanto se dedican conjuntamente a la paz y la justicia entre todos los hombres, y por cierto con la plenitud y profundidad que Dios mismo les atribuye para nosotros, y con la disposición para el sacrificio, que tan alta misión puede exigir. Cuanto más marcado esté nuestro encuentro por este sagrado deber, tanto más redundará en bendición también para nosotros mismos.

4. A la luz de esta promesa y vocación abrahamíticas quiero mirar con ustedes el destino y papel de vuestro pueblo entre los pueblos. Con gusto oro con ustedes por la plenitud de la Shalom para todos vuestros hermanos de fe y pueblo, así como también para aquella tierra que todos los judíos contemplan con espacial veneración. A nuestro siglo tocó vivir el primer viaje de peregrinación de un Papa a Tierra Santa. Quisiera acabar repitiendo las palabras de Pablo VI al entrar en Jerusalén: "Implorad con nosotros en vuestras ansias y oraciones la armonía y la paz para esta tierra singular visitada por Dios. Pidamos juntos aquí la gracia de una verdadera y profunda fraternidad entre todos los hombres, entre todos los pueblos... Sean dichosos quienes te aman. ¡La paz habite dentro de tus muros, la prosperidad en tus palacios. Te deseo la paz, te deseo la dicha!" (cf. Sal 122, 6-9).

Ojalá pronto todos los pueblos sean reconciliados en Jerusalén y bendecidos en Abraham. El, el inefable, del que nos habla su creación; El, que no fuerza, sino que conduce la humanidad que creó hacia el bien; El, que se revela y a la vez calla en nuestro destino; El, que nos ha elegido para todos como su pueblo; El nos conduzca por sus caminos hacia el futuro que nos reserva.

Sea ensalzado su nombre. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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