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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBREROS EXTRANJEROS


Plaza de la catedral de Maguncia
Lunes 17 de noviembre de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría me encuentro esta mañana entre vosotros que de diversos países y continentes habéis venido a Alemania para trabajar, para estudiar o para poner nuevas bases a vuestra existencia y la de vuestras familias.

1. El lugar de nuestro encuentro, la ciudad de Maguncia sobre el Rin, nos trae a través de su historia el recuerdo del tema principal de este encuentro: "Hombres en camino". Maguncia pertenece a las viejas ciudades que se fundaron en el curso de la extensión del antiguo Imperio Romano a lo largo del Rin. Con los soldados y los comerciantes, desde Italia vino también el cristianismo por primera vez a esta tierra. Consta que ya en el año 200 había en Maguncia una comunidad cristiana con un obispo. Más tarde, cuando en el siglo VIII los misioneros anglosajones —esta vez por el norte— comenzaron a extender vigorosamente la fe entre las tribus alemanas, uno de ellos, el gran Bonifacio, llegó a ser obispo de Maguncia. Partiendo de aquí comenzaron a fundar él y sus discípulos numerosas sedes episcopales, hasta Zurich, en el Sur, y hasta Praga y Olmütz, por el Este. Desde Praga el santo obispo Adalberto introdujo la luz del Evangelio en Polonia, y la llevó hasta el Báltico. Sí, es cierto: esta ciudad con su catedral románica de seis torres nos habla del nacimiento y de las raíces espirituales de muchas de nuestras patrias; nos habla de la fuerza unificante y orientadora de nuestra fe católica. Y esta fe encontró el camino hacia los corazones de nuestros antepasados siempre a través de "hombres en camino", a través de misioneros y de hombres y mujeres que salieron de sus patrias con el fin de buscar nuevas posibilidades de vida en otros países, para ellos muchas veces totalmente desconocidos, y para testimoniar al mismo tiempo con su vida el liberador mensaje de nuestra redención en Jesucristo.

También a mí la Providencia Divina me ha llamado de mi tierra patria. A través de mi elección por los cardenales como Supremo Pastor de la Iglesia, me ha sido confiada de un modo especial la responsabilidad de la unidad de la Iglesia. Hasta el día de hoy también yo, como vosotros, he sido más de una vez viajero en países lejanos. Por eso os saludo con gran comprensión y particular cordialidad a todos vosotros, a los que os habéis congregado aquí, en esta plaza, y a los que a través de la radio y de la televisión estáis en conexión con nosotros o más tarde seréis informados acerca de este encuentro. ¡La paz del Señor esté siempre con vosotros!

2. No fue fácil para vosotros, queridos hermanos y hermanas, tomar la decisión de salir de vuestros países para buscar en la República Federal de Alemania un trabajo que ofreciera mejores posibilidades de vida a vosotros y a vuestras familias. Disteis este paso porque vivía en vosotros la fundada esperanza, de que los hombres del país que os hospeda mostraran comprensión hacia vosotros y os acogieran en espíritu de justicia social y de caridad cristiana. Ojalá se hayan cumplido en alguna medida estas esperanzas para la mayoría de vosotros. En este tiempo habéis prestado con vuestras manos un trabajo y unas aportaciones que han sido importantes para el bienestar de los habitantes de este país, razón por la cual os habéis hecho merecedores de su reconocimiento y respeto. Muchos de vosotros os encontráis en Alemania ya desde hace cinco, diez o más años, con lo que habéis llegado a ser casi del lugar, especialmente vuestros niños y vuestros jóvenes que ya nacieron aquí.

Pero la vida de un trabajador emigrante está unida también a graves problemas y dificultades. Ya lo han recordado vuestros portavoces en sus palabras de saludo. Algunos no saben por cuánto tiempo podrán vivir y trabajar aquí, y sufren por esa inseguridad. Muchos debieron, al menos en los primeros tiempos, dejar su familia en la tierra de origen. Pero aun en el caso de que con gran esfuerzo hayan conseguido traer aquí a su mujer, a sus hijos y a sus padres, encuentran a menudo muchas dificultades para proporcionarles una vivienda humanamente digna. Surgen dificultades para procurar a los hijos un término adecuado a sus estudios, y posteriormente encontrar trabajo para ellos. Pero sufrís sobre todo por no saber cómo en vuestro corazón y en vuestro espíritu podéis permanecer fieles al estilo peculiar de vuestra cultura patria con sus costumbres y sus valores, con su lengua y sus canciones, y al mismo tiempo acomodaros al estilo de vida de vuestro nuevo ambiente. No os convirtáis en hombres desarraigados, que están desgajados de las raíces espirituales de su vieja patria y que todavía no han echado raíces en la nueva. A causa de ello, podría correr un riesgo especial vuestra fe católica y vuestra vida religiosa; se haría entonces para vosotros sumamente difícil o casi imposible introducir a vuestros hijos, desde el seno materno, en las verdades fundamentales de la fe y en la vida de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas: Tengo clara conciencia de estos importantes problemas de vuestra vida cotidiana, y sé también que muchos responsables de la Iglesia y del Estado, juntamente con vuestros representantes, se esfuerzan constantemente para suavizar las asperezas, para proyectar soluciones duraderas, y para llevarlas efectivamente a cabo.

3. ¿Qué podéis hacer vosotros mismos desde ahora? ¡Comenzad con vuestras familias! ¡Atended y amad a vuestras esposas y a vuestros maridos como las más importantes y apreciables de todas las personas que conocéis! ¡Sedles fieles en todo y con toda transparencia! Haced que de igual modo vuestros padres y vuestros hijos participen en esta sólida unión que procede del amor sincero y de la manifiesta solidaridad. Entonces tendréis en vuestras familias un núcleo, pequeño pero vivo y sólido, de comunidad, un trozo de patria para el cuerpo y para el alma, un lugar de recogimiento y de valoración, que no puede ser sustituido por ninguna otra cosa. Vosotros mismos habéis tenido de varios modos esta experiencia en vuestros países de origen: cuando la administración estatal falla o es insuficiente, cuando los medios de ayuda social están muy poco desarrollados, entonces queda todavía la familia, que ayuda a encontrar una salida en los momentos de necesidad o que al menos ayuda a llevar en común el peso de esa necesidad. Esto mismo vale también aquí, en vuestro nuevo ambiente de vida, con sus problemas e incertezas.

Me dirijo especialmente a los jóvenes que hay entre vosotros: ¡Aprovechad todas las posibilidades de educación que se os ofrezcan; ayudad a vuestros familiares mayores con vuestros nuevos conocimientos, especialmente en el campo de la lengua! ¡Haced que vuestros padres sientan que los entendéis y que permanecéis junto a ellos, aunque quizás vosotros os sintáis mejor que ellos en la nueva patria! ¡Respetad su origen, su cultura, su lengua nativa y su propio dialecto! Ellos han afrontado muchas dificultades y han tenido el coraje de dar el paso destinado a hacer que vuestra vida sea más plena y más rica. En medio de todas las alegrías y de las ventajas económicas, no olvidéis los valores espirituales de la cultura y de la fe, pues sólo a través de ellos se puede lograr el verdadero progresó de vuestra personalidad y de vuestra 'humanidad.

A todos vosotros quisiera animaros a que os acerquéis los unos a los otros, tanto entre los diversos grupos nacionales, como con cada conciudadano alemán; intentad comprenderos recíprocamente y comunicaos vuestras vidas con sus alegrías y preocupaciones. ¡Esforzaos también por levantar puentes entre los diversos grupos nacionales, piedra a piedra y con paciencia! Muchos pasos pequeños realizados en esta dirección pueden contribuir al mutuo acercamiento o incluso a haceros amigos y a proporcionar a vuestras familias unos contactos mutuos más cordiales.

4. En este momento quisiera dirigirme también a los habitantes nativos de este país. En los últimos veinte años vosotros no sólo habéis disfrutado de las ventajas económicas aportadas por millones de trabajadores emigrantes, sino que también les habéis ayudado a utilizar las diversas seguridades de índole social y jurídica que existen en este país. Les habéis permitido traer consigo a sus familias y enviar a sus niños a vuestras escuelas. Os habéis esforzado por tomar conciencia de las especiales dificultades que encontraban vuestros huéspedes. Muchos de vosotros habéis solicitado, a diversos niveles, la comprensión de vuestros conciudadanos hacia estas necesidades. También las iniciativas caritativas de las Iglesias cristianas de Alemania han participado abundantemente en estos esfuerzos. Todo lo que en este terreno se ha realizado hasta ahora merece nuestro agradecimiento y nuestro reconocimiento.

Pero el desarrollo realizado muestra que todavía sería de desear una más clara toma de conciencia del problema en una gran parte de la población nativa. Durante demasiado tiempo han creído muchos que los trabajadores extranjeros vendrían sólo a las regiones industriales; su presencia era valorada casi exclusivamente desde una óptica económica, como una cuestión del mercado del trabajo. Ahora se ha hecho claro el hecho de que una gran parte de estos trabajadores se han hecho nativos de aquí y quisieran vivir permanentemente entre vosotros. Esto significa un profundo cambio para la estructuración de la vida y de la población de la República Federal de Alemania, así como para algunos otros países de Europa Occidental. De ello deberían tomar cuenta la política, la economía y la sociedad; y por ello deberían colocarse todos en una disposición, tanto interior como práctica, que trate de llevar adelante un proceso que no se realiza fácil ni rápidamente. Yo sé que la Iglesia alemana está dispuesta a contribuir vigorosamente a ello. La correspondiente conclusión del Sínodo conjunto de las diócesis de la República Federal de Alemania del año 1973 es seguramente una buena base para ello. En todos estos esfuerzos se debe tender siempre a no juzgar a los hombres de otros países que se encuentran entre nosotros sólo como trabajadores en virtud de planteamientos económicos sino que se debe ver detrás de ellos a unos semejantes con sus derechos y su dignidad, con sus preocupaciones por la familia, con sus aspiraciones; deben ser tomados en serio en todos los ámbitos de su existencia y debe proporcionárseles una justa participación en el bienestar social.

5. Ciertamente en los últimos tiempos se han agravado amenazadoramente los esfuerzos de buena voluntad para solucionar estas dificultades: el desarrollo económico se ha estancado, nuevas corrientes de prófugos se dirigen hacia muchos países y mares a la búsqueda de zonas de refugio, muchos hombres se sienten perseguidos o discriminados por razones políticas y buscan un asilo donde poder respirar. Millones de hombres tienen hoy, en esta hora, ante los ojos, la muerte por hambre. Esta circunstancia exigirá en medida creciente a las autoridades unos esfuerzos que puedan permitir ampliar los límites de lo que se puede alcanzar y obtener. Todavía no hemos llegado a tal extremo, pero debemos prepararnos espiritualmente para ello. ¿No se encuentra aquí un desafío para los políticos al que deberían corresponder en un esfuerzo común que supere intereses nacionales o de partido? Ante todo, debería tenerse mucho cuidado con cualquier hostilidad a los extranjeros, aun de modo sólo germinal, para prevenir —con ayuda de los medios de comunicación y con todas las formas de la opinión pública— ciegos sentimientos de angustia e instintivas reacciones de rechazo, actuando con un justo realismo, pues sólo éste puede hacer ver que ha terminado el tiempo del crecimiento ilimitado y prepara a la población para una necesaria limitación en las posibilidades del tenor de vida de cada uno. A la larga, ningún país bienestante podría escapar a la embestida de tantos hombres, que tienen muy poco o absolutamente nada para vivir.

Así será cada vez más imposible en el futuro que el habitante nativo no preste atención a sus prójimos extranjeros que viven en el mismo país o o que deje para Cáritas o para los Servicios Sociales la preocupación por sus intereses. Cada uno debe probar su propia disposición hacia los extranjeros que habitan en sus cercanías y debe dar cuenta en conciencia de si ha descubierto realmente en ellos al hombre que tiene la misma nostalgia por la paz y la libertad, por el descanso y la seguridad, que tan claramente reclamamos para nosotros mismos.

6. La Iglesia católica como totalidad y también en concreto las Iglesias particulares de cualquier país, tienen conciencia de este problema, que reclama una respuesta plena y permanente. Vosotros sabéis, queridos hermanos y hermanas, cómo la Iglesia ha ofrecido a los cristianos que hay entre vosotros ya desde hace tiempo, un hogar para la fe y una protección para los derechos humanos; en este sentido ha designado para cada nacionalidad capellanes de vuestro país de origen para que os ayuden a vivir y a testimoniar vuestra fe en un nuevo ambiente. La Iglesia ha instituido Organizaciones sociales que os aconsejen en las cuestiones jurídicas y que os presten la primera ayuda en los casos de necesidad. Así, pues, quiero hoy desde aquí dirigir mi palabra de agradecimiento y de reconocimiento a ese gran número de sacerdotes, religiosas y laicos colaboradores que están a vuestro lado cumpliendo la misión de Cristo y de su Iglesia. Habéis asumido sobre vosotros la suerte de los extranjeros, para ser sostén de la fe de vuestros compatriotas; sois como el buen pastor que sigue su rebaño para prestarle apoyo. De este modo vivís en el seguimiento de Cristo, el Buen Pastor. ¡El bendecirá y premiará vuestros esfuerzos! Quisiera al mismo tiempo animaros a una colaboración llena de confianza con las diócesis alemanas y a una afectuosa cooperación con los sacerdotes y religiosos del país. A esto debéis conducir en último término a vuestro rebaño: la comunidad de los católicos, tal como se presenta en las parroquias de los respectivos lugares de residencia, ofrece el espacio suficiente para una pluralidad de hombres, unidos por la misma fe en Nuestro Señor Jesucristo.

Pero no son cristianos todos los extranjeros de este país; un grupo particularmente numeroso confiesa la fe del Islam. ¡También para vosotros va dirigido mi cordial saludo y mi bendición! Si vosotros, con sincero corazón, habéis traído vuestra fe en Dios desde vuestra patria hasta este país extranjero, y si aquí rezáis a Dios como vuestro Creador y Señor, entonces también vosotros pertenecéis a la numerosa peregrinación de hombres que una y otra vez, desde Abraham, han dejado sus países para buscar y encontrar al verdadero Dios. Si vosotros no tenéis miedo de rezar en público, nos daréis a los cristianos un ejemplo que merece la más alta estima. ¡Vivid también vuestra fe en un país extraño, y no os dejéis manipular por intereses humanos o políticos!

7 Queridos hermanos y hermanas:

Espero que la mayor parte de vosotros dominéis ya en tal modo la lengua alemana que hayáis podido comprender mis palabras. Procedían del corazón y de la comprensión del Supremo Pastor de la Iglesia que sabe cuán difícil puede resultar la vida lejos del hogar, pero que está asimismo convencido de la fuerza unificante y acogedora de nuestra fe católica para que podáis encontrar un nuevo hogar entre los hermanos de la misma fe nativos de este país.

El encuentro de los cristianos con una tal plenitud de formas diversas de expresar la misma fe, puede incluso conducir al enriquecimiento y a la participación, a una nueva actitud de admiración ante la plenitud de Dios, que aún no está completa, pero que ya actúa tan abundantemente en la Iglesia que vive como una entre muchos pueblos. ¡Ojalá sea tan vivo y tan vigoroso el testimonio de la fe de todos nosotros, que nos sea dada siempre de nuevo esta magnífica experiencia de verdadera catolicidad! .

Me es grato dirigiros un saludo especial, queridos trabajadores italianos en Alemania, que ciertamente conserváis vivo en el corazón el pensamiento de vuestra tierra de origen, de la que traéis con vosotros las nobles tradiciones familiares entretejidas de valores humanos y religiosos, que no pueden menos de contribuir también al bienestar del país que os acoge.

Efectivamente, vosotros, mientras contribuís al desarrollo económico de esta nación, aspiráis, al mismo tiempo, a ser acogidos como personas y a integraros plenamente en la vida social de este pueblo (cf. Gaudium et spes, 66). Sin embargo, es claro que estas legítimos intenciones van acompañadas de otros tantos deberes: de honestidad, laboriosidad, colaboración, amistosa convivencia. Ahora bien, el ejercicio sereno y perseverante de estas responsabilidades encuentra apoyo y sustento principalmente en la fe.

A este propósito, deseo dirigiros una triple, paterna exhortación. Ante todo, haced cada vez más sólida la unión familiar, defendiéndola de tantas insidias que sobrevienen, conscientes de que entre los muros domésticos brota y crece la vida, y madura igualmente la verdadera felicidad de los cónyuges. Secundad, además, el trabajo de vuestros sacerdotes con participación constante en la Misa dominical y en los diversos encuentros de instrucción religiosa. Sentíos cada vez más cenáculo de creyentes, que en la oración y en la fraternidad recorren juntos el camino terreno hacia la vida sin fin. Finalmente, reavivad cada día vuestra devoción a la Virgen Santísima, tan venerada en cada comarca y pueblo de vuestra Italia, y a la que vosotros habéis aprendido a amar desde vuestra frecuentemente atribulada niñez. Mientras os saludo cordialmente, confío a María vuestros pensamientos, vuestros proyectos, vuestras familias.

En este encuentro en la plaza de la catedral de Maguncia, no quiero dejar de saludar con gran afecto a vosotros, queridos trabajadores españoles de esta ciudad y de toda la República Federal de Alemania. Es un recuerdo que extiendo de corazón a vuestras esposas e hijos, tanto si viven con vosotros como si están lejos.

Sé bien que vuestra condición de emigrantes os coloca en circunstancias particulares, que comportan a veces no pequeños esfuerzos y sacrificios para vosotros mismos y vuestras familias. Quiero, por ello deciros que comprendo y comparto vuestras ansias y esperanzas de personas que buscáis honradamente labraros un futuro mejor, personal y familiar.

Permitidme que os aliente a no reducir esa noble tarea a la sola esfera material o económica, sino a extenderla también al campo espiritual y religioso. En efecto, es toda vuestra persona, de hombres y de cristianos, la que lleva en sí una dignidad peculiar, que arranca de la vocación sublime a la que Dios os llama. Sed, pues, fieles a esos valores que recibisteis en vuestros lugares de origen y que debéis desarrollar ahora, en un espíritu de mutua solidaridad. Ello os hará los primeros promotores de vosotros mismos, abriéndoos a todos los demás.

A los sacerdotes, religiosos y religiosas que atendéis a los emigrantes, os animo a considerar la gran importancia y el valor eclesial y humano de vuestro cometido, difícil pero valiosísimo. No os desalentéis, pues, ante las dificultades. Y sabed todos que el Papa os acompaña siempre con la plegaria y os bendice.

Mis queridos croatas:

Os saludo también con satisfacción a vosotros que en número tan grande vivís aquí en Alemania. Mientras trabajáis aquí, estén vuestros pensamientos junto a vuestros padres, vuestras familias y vuestros niños, que han quedado en Croacia y piensan tanto en vosotros y rezan por vosotros. Permaneced siempre fieles a ellos. Continuad, con vuestra asidua frecuencia a la iglesia y con la observancia del precepto dominical, siendo ejemplo a los demás católicos de este país. Repitiendo las palabras del Salmista, que oraba: "Que se me paralice la mano derecha si no me acuerdo de ti, Jerusalén" (Sal 137, 5), decid también vosotros: "Que se me paralice la mano derecha, oh Dios, si no me acordase de mi santa Iglesia, de mi familia y de mi pueblo croata".

Que mi bendición acompañe a cada uno de vosotros y a todas vuestras familias.

Un saludo cordial también a vosotros, queridos eslovenos que vivís y trabajáis aquí.

Os exhorto a permanecer fieles a vuestra patria y a sus ricas tradiciones espirituales y culturales. Con toda vuestra vida dad testimonio de vuestra fe y honradez. Procurad estar al mismo tiempo abiertos a los valores que os ofrece —si bien a veces a través de pruebas— la tierra que os hospeda. También con ellos enriquecéis vuestro espíritu.

Mi bendición llegue hasta vosotros, carísimos, a vuestras familias en la patria y en el extranjero, y a vuestros Pastores de almas.

¡Dios esté con todos vosotros!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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