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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS LAICOS COLABORADORES EN EL MINISTERIO ECLESIAL


Catedral de Fulda
Martes 18 de noviembre de 1980

 

Hermanos y hermanas en Cristo,
queridos colaboradores en el ministerio eclesial:

Tenía un deseo especial, después de mi encuentro con los hermanos en el ministerio sacerdotal y episcopal junto la tumba de San Bonifacio, encontrarme en este memorable lugar junto a vosotros, que con ellos a través de la colaboración en la misión de la Iglesia compartís ampliamente la carga de cada día. Me alegro por vuestra presencia tan numerosa y os saludo de todo corazón.

1. Desde su fundación la Iglesia de Jesucristo ha tenido como nota distintiva de sus discípulos el que éstos sean un solo corazón y una sola alma. Asimismo, ya en las primeras comunidades se desarrollaron abundantes servicios, dones y funciones. San Pablo utiliza repetidas veces la imagen de un cuerpo que tiene muchos miembros. Estos servicios de ningún modo se limitan a la función que se comunica por la consagración sacramental. En la construcción de la comunidad, en la atención al prójimo, en el testimonio de la fe surgen múltiples tareas que, en principio, pueden ser asumidas por todos aquellos que han recibido el bautismo y la confirmación y conviven activamente en la unidad de la Iglesia.

Justamente en las Iglesias jóvenes sólo puede crecer el Evangelio cuando muchos se ponen en disposición con total entrega a estos múltiples servicios. Pero, ¿no es necesario esto mismo en la vieja Europa, donde la Iglesia está cada vez más inmersa en un mundo secularizado? También la vida de la Iglesia en vuestro país necesita personas que hagan suyas las cosas de la Iglesia, que pongan en juego su fuerza y su tiempo, para que la Iglesia tenga más vida y sea más digna de confianza. En primer lugar el peso principal radica en el servicio cualificado de innumerables personas que con grandes sacrificios unen el trabajo eclesial a su trabajo profesional. Pero es un signo del dinamismo de la Iglesia que haya hombres que se entreguen a ésta con todo su saber y con todo su tiempo, así como también por razones de vocación. Muchas de las obras y trabajos en el campo social, pastoral y de formación, que son característicos de la Iglesia de vuestro país, no podrían ser hechos sin colaboradores vocacionados. Es una gran alegría para mí el encontrarme con este grupo que colabora decisivamente en el servicio de la Iglesia. El gran numero de personas que trabajan por vocación en el servicio de la Iglesia es una característica de vuestro país. Y conozco el trabajo de avanzada que justamente las mujeres han desempeñado en este país ante todo en Cáritas y en la pastoral.

Quisiera, ya desde el principio, expresar mi sincera gratitud y reconocimiento a todos aquellos colaboradores cualificados y vocacionados en servicio eclesial, a través del cual toman parte efectiva en la misión salvadora de la Iglesia. Mi gratitud y reconocimiento se dirigen a todos sin excepción —dondequiera que trabajen— aunque por razones de tiempo no me puedo dirigir sucesivamente a cada grupo de una manera especial y expresa.

Desempeñar como laicos un ministerio eclesial significa a menudo hacer una confesión clara de fe en la Iglesia frente a las costumbres normales de vida y poner en común las exigencias de la vocación eclesial, exigencias familiares y exigencias personales de la vida de cada uno. Esto solamente puede dar buen resultado a través de una vida consciente desde la fuente, desde el Espíritu Santo, que habéis recibido en el bautismo y en la confirmación. Quisiera animaros en esto y daros algunas indicaciones en orden a comprender y realizar este importante servicio vuestro desde el Espíritu. Lo que el Señor dijo a Pedro: "confirma a tus hermanos", lo siento como un cometido mío para con vosotros. ¿Qué significa confirmaros? Significa animaros a vivir desde el Espíritu, que llevó a su plenitud la obra de Cristo, que conduce a la Iglesia y capacita para este mandato que también a vosotros se os ha dado en el bautismo y en la confirmación y es fuente de fuerza para vuestro servicio. Es el Espíritu del amor, el Espíritu del testimonio, el Espíritu de los hijos de Dios, el Espíritu de unidad.

2. Pablo escribe en su Carta a la comunidad de Roma: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo" (15, 30). El Espíritu de Dios se manifiesta en primer lugar como amor. El amor es asimismo su fruto y la nota distintiva de que El está actuando; es el más alto y sublime de los dones de la gracia, el carisma que sobrepuja a todos los otros.

La Iglesia es enviada a anunciar y comunicar este amor, que en última instancia es Dios mismo, a todos los hombres por medio de la palabra y la acción. Ella solamente puede cumplir su servicio si el contenido salvador de su mensaje se hace ya de alguna manera palpable en este mundo. Desde el principio, la proclamación de la palabra fue acompañada por la acción del amor; el Señor mismo sanó a los enfermos y se preocupó de los hambrientos en el erial; y de los tiempos de la Iglesia primitiva, sabemos por ejemplo que se daba la asistencia especial a los pobres en Jerusalén o la cooperación y comunicación entre comunidades ricas y pobres. La diaconía en todas sus formas pertenece irrenunciablemente a la proclamación del Evangelio. Tal diaconía indica el tono fundamental de todos los servicios en la Iglesia. El amor es asimismo el fundamento y cumplimiento de toda vocación, de todo carisma y de toda misión.

Quisiera en este contexto dirigir una palabra especial a aquellos que entre vosotros están en el servicio de la Cáritas eclesial. El trabajo de Cáritas tiene en vuestro país una gran historia desde la fundación de la asociación de Cáritas alemana por Lorenzo Werthmann. Este árbol que él plantó a finales del siglo pasado, ha producido realmente ricos frutos. En todas las regiones y lugares de la sociedad de la República Federal Alemana están presentes los miembros de esta asociación: están para atender a jóvenes y viejos, a niños y familias, a impedidos y enfermos. Con casi 300.000 hombres y mujeres en el servicio caritativo, un ejército de ayudantes está en disposición de constituir un soporte para la vida social de la República Federal Alemana.

Propiamente no necesito acentuar que esta entrega es para mí un motivo de gran alegría. En primer lugar sencillamente porque hacéis mucho bien; porque enjugáis lágrimas y dais de comer al hambriento; porque acompañáis la soledad, aliviáis el dolor y posibilitáis la convalecencia. Pero también porque vuestro servicio muestra que "todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre" (Redemptor hominis, 14).

Se da testimonio de un instintivo conocimiento de la bondad de Dios y de la adhesión de la Iglesia al mensaje de Dios, cuando también los así llamados grupos ateos o arreligiosos buscan en nosotros, en la Iglesia, la experiencia de la bondad y del amor de Dios. Para vosotros esto significa en el servicio eclesial una responsabilidad muy grande. Vosotros os colocáis asimismo como pilastras en la corriente de una sociedad cambiante, que amenaza cada vez más la dignidad del hombre, la del futuro hombre, la de los ancianos, la de. los enfermos incurables, como amenaza también la capacidad de comunicar la vida. A la larga, la protección de todos estos valores está confiada a vuestras manos. De vuestro servicio depende para muchos la credibilidad de la Iglesia, en la que quieren encontrar el servicial amor de Cristo. En efecto a ello se debe orientar vuestro trabajo. De ello se deducen casi espontáneamente algunas consecuencias que quiero señalar aquí brevemente. La ayuda al prójimo exige un conocimiento de causa, una formación cualificada, un empleo de las mejores fuerzas y medios. Por otra parte el hombre necesita algo más que perfección técnica. Tiene un corazón y quiere encontrar la ayuda también de otro corazón. La humanidad no puede ser sustituida por aparatos y sistemas administrativos. Esta es la razón por la que a pesar de la importancia de los especialistas y de los mejores instrumentos, el colaborador apostólico debe tener un puesto en el servicio caritativo. Ciertamente se necesita la instrucción. Pero lo decisivo es actitud de ayuda; la atención a la necesidad; la paciencia con que se escucha; la delicadeza sin rutina, que no sólo entrega su saber, sino ante todo se entrega a sí mismo.

Nadie se haga ilusiones: también el servicio al prójimo puede convertirse en una mera costumbre. Qué pobre es aquél que considera este servicio como una manera de ganar la vida con sueldo suficiente y tiempo de trabajo reglamentado, sin que el Evangelio y el amor al prójimo puedan llevarle más allá del tiempo dedicado a sus tareas. Sin embargo, también a aquel que ha querido gastarse en este servicio a la bondad, porque la aceptación del mensaje de Jesús está vinculada a la credibilidad de la Iglesia, también para éste llega la monotonía de la vida diaria. La compasión pasa, la bizarría se agota y el corazón se desanima. ¿De dónde toma entonces la fuerza para continuar en este servicio? En primer lugar tomará conciencia de que su opción supera su fuerza propia. Se volverá a la fuente que produce amor. ¿Le negará Dios la fuerza de su Espíritu si se la pide? Puesto que el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, puede resultar arrogante el que alguien que trabaja en el servicio de amor al prójimo, renuncia a este Espíritu, porque se conforma sólo con el amor de su propio corazón. ¿No es cierto que todos los que son considerados en la Iglesia como modelos diligentes del amor al prójimo han recibido del Espíritu la capacidad para este trabajo? Muchos de ellos han dado vida a movimientos y han fundado asociaciones. En ellos se mantuvo un largo tiempo como natural el espíritu del tiempo fundacional. Esto resultó fácil porque se trataba la mayoría de las veces de comunidades religiosas que por la fuerza de la estructura pueden conservar más que otras instituciones su herencia espiritual. Aproximadamente unos 30.000 colaboradores apostólicos en el servicio caritativo son aún hoy miembros de órdenes religiosas. Y nadie dirá que se pueda prescindir de ellos; pues ellos son la expresión perfecta de la vinculación íntima del servicio a los hombres con la posibilidad de este servicio de Dios. Nadie puede prescindir de aquellos de los que esperamos tanta ayuda para remediar las necesidades más grandes: para la continua renovación y fortalecimiento de nuestra capacidad de amor a través de aquel amor del que Dios nos ha hecho partícipes en su Espíritu Santo.

3. El Espíritu, que ha dado Cristo a nuestros corazones, es el espíritu del testimonio. Solamente en el Espíritu Santo podemos nosotros testimoniar que "Jesús es el Señor" (1 Cor 12, 3). Todos los cristianos están capacitados y llamados a este testimonio. Con especial apremio están llamados aquellos que no solamente en su vida privada sino también en su vida profesional se hallan vinculados con la Iglesia, son "hombres de Iglesia". Cada uno de nosotros se debe preguntar si su testimonio personal de vida y su comportamiento público y profesional corresponde a aquello que los hombres esperan de la Iglesia y la Iglesia de los hombres.

El testimonio de la fe es para muchos de vosotros el contenido de vuestra profesión. Quisiera dirigirme entre estos en primer lugar de una manera especial a los profesores de religión y a los catequistas. Considerado superficialmente, parece que muchos hombres están contentos con un trabajo eficiente, con un mero servicio útil. Sin embargo, si miramos profundamente en el corazón de los hombres, entonces veremos frecuentemente gran incertidumbre personal, deseos de comprensión e iluminación del sentido de la vida. En el fondo muchos hombres, cada vez más, quieren ante todo intentar encontrarse a sí mismos.

No lo pueden conseguir sin que alguien les muestre el camino, sin que ellos, mientras son aún jóvenes, sean conducidos al descubrimiento de la verdad sobre los hombres, la verdad sobre el mundo y todo aquello que la produce. Vosotros, los que por encargo de la Iglesia en escuelas e institutos impartís la asignatura de religión, contribuís a ello en gran medida. Estáis en esa situación, porque vuestra Iglesia con prudencia y eficacia para con el Estado y la sociedad ha podido mantener hasta ahora la posibilidad de la enseñanza obligatoria de la religión. ¡Qué posibilidad para la salvación de los jóvenes de vuestro país! ¡Qué posibilidad para el conocimiento del Evangelio en vuestro país! ¡Una posibilidad por la que os envidia el pedagogo y cura de almas no alemán! ¡Ojalá que con la ayuda de Dios consigáis hacerlo bien!

Esto exige de vosotros en primer lugar un alto grado de preparación: el arte de guiar a los hombres y sólida teología. La fe apremia desde su dinámica interna hacia la comprensión de la fe: fides quaerens intellectum. Ella es en un determinado sentido como un tema que exige y mantiene la dedicación a una continua investigación. Es un contenido, que como muchos otros —e incluso más que otros— atrae a los que se preguntan y ofrece a la aguda inteligencia siempre nuevas posibilidades para acrisolarse. Comprendo perfectamente que muchos de vosotros se entreguen a la teología, que en vuestro país se dediquen tantos laicos a esta ciencia. El estudio teológico tiene ya en el plano del saber su fascinación. ¿Puede ofrecerse a nuestro espíritu en actitud de búsqueda algún objeto tan apasionante y que merezca más la pena que la Palabra, la Palabra de Dios y en definitiva El mismo que se nos ha comunicado en esta Palabra?

Ciertamente el contenido de esta Palabra es tan importante que el resultado de dicha investigación no puede dejar de tener interés. Lo que decide en el hombre sobre el sentido de su vida, no puede ser al mismo tiempo "sí" y "no". Dondequiera se pregunte por la verdad, hay que encontrarla; hay que encontrarla en todo caso en las dimensiones que se nos revelan a los hombres; hay que anunciarla en todo caso en la manera que nos es posible a los hombres.

Opiniones, puntos de vista privados, especulaciones no son suficientes para aquel que valora su acción pensando en el sentido de la vida del hombre y en quien está vivo el respeto hacia este hombre. No pueden con razón satisfacer a aquel que es consciente de poder llegar a través de las respuestas teológicas a la causa primera de la verdad misma. Dios nos ha revelado su Palabra, que no podemos encontrar y percibir con la mera fuerza de nuestro intelecto, más bien a nuestra razón se le da y encomienda el aclarar la credibilidad de esta palabra y su correspondencia con las preguntas humanas. Está dentro de la lógica interna de la Revelación el que la salvaguarda e interpretación de esta Palabra necesita siempre de un especial don del Espíritu. Por ello el estudio de la teología católica debe estar acompañado de una actitud de disposición a escuchar el vinculante testimonio de la Iglesia y a aceptar las decisiones de aquellos que como Pastores de la Iglesia tienen la responsabilidad ante Dios de salvaguardar el bien de la fe. "La verificación, la aprobación o el rechazo de una doctrina corresponde a la misión profética de la Iglesia", como escribí en mi carta a los miembros de la Conferencia Episcopal Alemana el 15 de mayo de este año. Sin la Iglesia la Palabra de Dios no habría llegado a ser transmitida y conservada; no es posible querer tener la Palabra de Dios sin la Iglesia.

La comprensión intelectual de la fe debe ciertamente ser completada aún desde otro prisma: la fe más que conocida exige ser vivida. Precisamente en el Nuevo Testamento se rechaza como perversión una fe que sólo consiste en conocer; por ejemplo la Carta de Santiago hace notar que también los demonios conocen al único Dios; y como sin embargo no sostienen con todo su ser este saber, sólo les queda temblar ante este Dios; participan en el castigo no en la salvación (cf. Sant 2, 19).

Cuando Dios nos dirige su Palabra, no da noticias sobre cosas o sobre terceros, no nos comparte "algo" sino a sí mismo. Jesús es Dios mismo en cuanto Palabra sólida e insuperable de la auto-comunicación de Dios. La Palabra de Dios exige una respuesta que hay que dar con toda nuestra persona. La realidad de Dios se le escapa a aquel que se ha limitado a considerar su Palabra y su verdad como un objeto neutro de investigación. Por el contrario, la manera adecuada de acercamiento a Dios en cuanto Dios es la oración. El maestro Eckehart, uno de los más grandes místicos de vuestro pueblo, ha exigido por esto a sus oyentes que lleguen a la paz del pensamiento de Dios. El Dios, que permanece como un mero "El", nos deja solos y vacíos. Dios nos trata de "tu" a nosotros. Nosotros encontramos a Dios solamente si le tratamos de "tu". Se debe —como dice Eckehart— tener presente a Dios "en el espíritu, en el afán y en el amor". Reacciona adecuadamente sólo aquel que se deja penetrar '"'última y espiritualmente por la presencia de Dios.

Jesús también pretendió para sí esta concentración de toda la persona, cuando comunica el mensaje del Padre, Su Palabra no se comprende como la comunicación de una mera información objetiva, sino como una llamada al seguimiento. Su predicación se orienta al testimonio, que alcanza su más claro sentido en la adhesión vital de los primeros discípulos. Su mensaje, más que la comunión en el saber, busca la adhesión personal a El, o como dice la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, "la unión de vida con Jesucristo" (núm. 5).

Así también, queridos colaboradores en nuestra Iglesia, vuestro testimonio es indispensable para la comunicación del mensaje de Jesús. "Verba docent, exempla trahunt", que decían ya los romanos; y expresado brevemente se puede leer en una Carta pastoral de los obispos africanos: "Los niños aprenden más por los ojos que por los oídos". En el testimonio está el servicio más importante que vosotros como profesores de religión podéis hacer a vuestros alumnos para que ellos en el trato con vosotros experimenten la afabilidad del Señor; que el respeto a Dios y la unión a la Iglesia lo aprendan de vuestro comportamiento; que comuniquéis el gran valor de la oración y de la Eucaristía no sólo con palabras, sino también' con vuestro personal testimonio de vida.

4. El Espíritu, que nos ha comunicado el Hijo de Dios, nos hace a nosotros también hijos e hijas de Dios. Dios no nos ha dado el espíritu de esclavitud, sino el de filiación (cf. Rom 8, 15; Gál 4, 6). Esto se debe notar en nosotros y debe irradiar de nuestro servicio. La Iglesia debe ser presentada por nosotros fascinante y atractivamente como la familia de Dios. Esto ciertamente exige también que no manifestemos ninguna esclavitud ni meros cálculos o disputas. Exige al mismo tiempo que los responsables en la Iglesia tomen en consideración en relación con los colaboradores el nuevo estilo evangélico.

Especialmente tengo presentes a dos grupos de servicio: aquellos que trabajan en la administración eclesial y determinan en gran manera la imagen externa de la Iglesia en su relación de cara al público, y además el gran número de aquellos que están en el servicio pastoral, en el servicio a la familia de Dios como comunidad, y a los agentes de pastoral como son asistentes y asistentas pastorales.

A vosotros, queridos colaboradores en la pastoral, quiero dirigirme precisamente ahora. Comparados con los dirigentes de otras tareas eclesiales sois muy pocos en número. Sin embargo, vuestro servicio tiene entre todos los servicios laicales un rango especial; pues ayudáis a la construcción de la comunidad, con el testimonio del Evangelio en los diversos grupos de la comunidad y en las diversas situaciones de la vida, lleváis a la Iglesia a los que viven lejos y participáis en la formación de colaboradores cualificados.

La opción por el compromiso de los laicos para el servicio salvífico a otros hombres da un mentís a todos los pesimistas. ¡Cuántos hombres jóvenes están dispuestos, realmente, a emprender este servicio! Nadie que vea esto debía afirmar que el Evangelio haya perdido su fuerza de atracción. Pues todo aquel que se orienta a este servicio tiene ya su propia historia. Habéis emprendido este camino sin tener casi el apoyo de la opinión pública, sino más bien bajo las observaciones críticas de vuestros compañeros de clase y a veces incluso de vuestros oyentes. Según opinión de muchos no se puede realizar por vocación la tarea de estar dispuestos a dar a la vida de los hombres un soporte desde la fe. Esto es absolutamente anacrónico. Y si los perfiles futuros de este servicio no son nada claros, muchas veces incalculables, la elección de este camino a los ojos de muchos roza la irracionalidad.

Pero presentisteis que la Palabra de Dios y la tarea de la Iglesia necesita de hombres y que vosotros no os debíais desentender de esta necesidad. Y estoy seguro que vosotros mientras tanto no sólo habéis experimentado el peso de tales obligaciones, sino que también os habéis encontrado con la gratitud de muchos hombres. Tal gratitud es la más bella confirmación de lo lleno de sentido que está nuestro trabajo.

Hay que mantenerse firmes aunque la iluminación de vuestra imagen vocacional haga aún necesaria la reflexión de alguien; si no experimentáis de parte de todos en las comunidades aquella aceptación y confirmación que os habíais esperado. Me parece importante que vosotros —sobre todo en las situaciones más duras— procedáis con sabiduría y os recordéis del idealismo del principio, que intentéis persuadir gradualmente tanto a los otros colaboradores como a la comunidad. Creemos todos que un mismo Espíritu conduce la comunidad y los corazones de los hombres, y un mismo Espíritu es el que ha dado vida a vuestro servició en la Iglesia. Justamente en los momentos de mayor dificultad estad dispuestos a abandonaros a este Espíritu.

Sé que este consejo mío exige mucho de vosotros. Esto significa que nadie debe tener una preocupación excesiva por llevar constantemente cuenta de sus horas de trabajo, pensando en su derecho al tiempo libre, aunque de esto se hable cada día en los periódicos; esto exige que renuncie a la mentalidad del escalafón que gradualmente conduce a la promoción, aunque se trate de algo que esté muy vivo y presente en nuestra sociedad; de esta forma se logrará una identificación cada vez mayor, no con la Iglesia sin pecado que todos soñamos, sino con la Iglesia concreta de hoy que no deja de estar cargada de debilidades humanas.

Tal identificación que no es ciega sino que nos da una visión recta, esto es, dirigida hacia el bien, sólo se descubre con el corazón, esto es, con los ojos de la misericordia. Así se consigue felizmente descubrir lo positivo y predicar dando testimonio: puede uno intentar comprender las decisiones de los que llevan la responsabilidad eclesial, los obispos y sacerdotes, aunque otros no hagan más que criticarlas; el lema no es la duda, el cultivo de la distancia interior, sino la entrega de confianza.

Finalmente se da en la pastoral también el servicio del diácono permanente, que se abre desde la llamada de Dios a los carismas sacramentales para estar próximo al altar como centro espiritual de la Iglesia que ayuda y da testimonio a los hombres. Liturgia y predicación, pastoral. y diaconía muestran aquí su íntima vinculación. Si vosotros experimentáis la llamada de Dios, os ruego que os abráis a ella.

5. El Espíritu, que vosotros habéis recibido, es finalmente el Espíritu de la unidad. Los muchos servicios son expresión y don del único Espíritu. Cada uno debe tener ánimo y humildad para decir su especial don y tarea. Esto significa asimismo: yo debo tomar en serio la fe y el cometido de mi prójimo y debo estimarlos y considerarlos como cosas mías. Cooperar, hacer revisión periódicamente, estar dispuestos a la nueva conciliación para comenzar juntamente de nuevo, esto no es menos importante que la fidelidad a la propia tarea. Unidad quiere decir en último lugar colaboración abierta, llena de bondad, paciente y comprensiva entre sacerdotes, diáconos y laicos. Solamente si todos se esfuerzan en esto puede lograrse el testimonio de aquella unidad, para que "el mundo crea" (Jn 17» 21).

Una especialísima súplica se añade aquí: haced, vuestra también la preocupación de la Iglesia por la vocación de los hijos al sacerdocio y a la vida religiosa.

Todos vosotros debéis estar seguros de mi solidaridad con vuestro servicio. Ayudadme a llevar el mío. Después el Espíritu del Señor a través de nosotros renovará la faz de la Iglesia y de la tierra.

 

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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