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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL MOVIMIENTO NACIONAL ITALIANO
"RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU"


Domingo 23 de noviembre de 1980

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Gracias, ante todo, por esta gozosa visita y, en particular, por las oraciones que habéis elevado al Señor por mí y por las responsabilidades de mi servicio pastoral. Os diré con San Pablo, que tenía "un vivo deseo de veros, para comunicaros algún don espiritual, para confirmaros, o mejor, para consolarme con vosotros de nuestra común fe" (Rom 1, 11-12).

Esta mañana tengo la alegría de encontrarme con vuestra asamblea, en la que veo jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, solidarios en la profesión de la misma fe, animados por el aliento de una misma esperanza, estrechados juntamente por los vínculos de esa caridad que "se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom 5, 5). Nosotros sabemos que debemos a esta "efusión del Espíritu" una experiencia cada vez más profunda de la presencia de Cristo, gracias a la cual podemos crecer cada día en el conocimiento amoroso del Padre. Por tanto, justamente vuestro Movimiento presta particular atención a la acción, misteriosa pero real, que la tercera Persona de la Santísima Trinidad desarrolla en la vida del cristiano.

2. Las palabras de Jesús en el Evangelio son explícitas: "Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros y está en vosotros" (Jn 14, 16-17).

Antes de ascender al cielo, Jesús renueva a los Apóstoles la promesa de que serán bautizados "en el Espíritu Santo" (Act 1, 5) y, llenos de su poder (cf. Act 2, 2), darán testimonio de El en todo el mundo, hablando en lenguas extrañas según el Espíritu les daba (cf. Act 2, 4). En el libro de los Hechos, el Espíritu se presenta activo y operante en aquellos cuyas gestas se narran, ya sean los guías de la comunidad (cf. Act 2, 22-36; 4, 5-22; 5,. 31; 9, 17; 15, 28, etc.) o simples fieles (cf. Act 4, 31-37; 10, 45-47; 13, 50-52, etc.).

No causa asombro que los cristianos de entonces sacasen de estas experiencias la íntima convicción de que "si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo" (Rom 8, 9); y por esto se sintiesen comprometidos a no "apagar el Espíritu" (1 Tes 5, 19), a "no entristecerlo" (Ef 4, 30), sino a "dejarse guiar" por El (Gál 5, 18), sostenidos por la esperanza de que "quien siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna" (Gál 6, 8).

En efecto, Cristo ha confiado al Espíritu la misión de llevar a cumplimiento la "nueva creación", a la que El mismo dio comienzo con su resurrección. Del Espíritu, pues, debe esperarse la progresiva regeneración del cosmos y de a humanidad, entre el "ya" de la Pascua y el "todavía no" de la Parusía.

Es importante que también nosotros, cristianos a quienes la Providencia ha puesto para vivir en los años conclusivos de este segundo milenio, reavivemos la íntima conciencia de los caminos misteriosos a través de los cuales ella persigue su designio de salvación. Dios se ha comunicado irrevocablemente en Cristo. Sin embargo, por medio del Espíritu vive y actúa el Resucitado permanentemente en medio de nosotros y puede hacerse presente en cada "aquí" y "ahora" de la experiencia humana en la historia.

Con gozo profundo y gratitud emocionada renovamos, por tanto, nuestro acto de fe en Cristo Redentor, sabiendo bien que "nadie puede decir Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo" (1 Cor 12. 3). Es El quien nos reúne en un solo cuerpo en la unidad de la vocación cristiana y en la multiplicidad de los carismas. Es El quien obra la santificación y la unidad de la Iglesia (cf. Pontifical Romano, Rito de la confirmación, núms. 25. 47).

3. El Concilio Vaticano II ha reservado una atención particular a la multiforme acción del Espíritu en la historia de la salvación: ha subrayado la "admirable providencia" con que El impulsa a la sociedad para progresar hacia metas cada vez más avanzadas de justicia, de amor, de libertad (cf. Gaudium et spes, 26); ha ilustrado su presencia operante en la Iglesia, que está solicitada por El para realizar el plan divino (cf. Lumen gentium, 17) mediante una comprensión cada vez más profunda de la Revelación (cf. Dei Verbum, 5, 8), conservaba íntegra en el fluir del tiempo (cf. Lumen gentium, 25; Dei Verbum, 10) y gracias a un compromiso siempre renovado de santificación (cf. Lumen gentium, 4, 40, etc.) y de comunión en la caridad (cf. Lumen gentium, 13; Unitatis redintegratio, 2, 4); finalmente ha puesto de relieve su acción en cada uno de los fieles, a quienes El estimula a un valiente testimonio apostólico (cf. Apostolicam actuositatem, 3), fortaleciéndoles por medio de los sacramentos y enriqueciéndoles de "gracias especiales, con las que les hace aptos y prontos para ejercer diversas obras y funciones, útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia" (Lumen gentium, 12).

¡Qué perspectivas tan amplias se abren, hijos queridísimos, ante nuestros ojos! Ciertamente, no faltan riesgos, porque la acción del Espíritu se desarrolla en "vasos de barro" (cf. 2 Cor 4, 7), que pueden reprimir su libre expansión. Vosotros conocéis cuáles son: una excesiva importancia dada, por ejemplo, a la experiencia emocional de lo divino; la búsqueda desmedida de lo "espectacular" y de lo "extraordinario"; el ceder a interpretaciones apresuradas y desviadas de la Escritura; un replegarse intimista que rehúye del compromiso apostólico; la complacencia narcisista que se aísla y se cierra... Estos y otros son los peligros que se asoman a vuestro camino, y no sólo al vuestro. Os diré con San Pablo: "Probadlo todo, y quedaos con lo bueno" (1 Tes 5, 21). Es decir, permaneced en actitud de constante y agradecida disponibilidad hacia todo don que el Espíritu desea difundir en vuestros corazones, pero no olvidando, sin embargo, que no hay carisma que no sea dado "para utilidad común" (1 Cor 12, 7). Aspirad, en todo caso, a los "carismas mejores" (ib., v. 31). Y vosotros sabéis, a este propósito, cuál es "el camino mejor" (ib.): en una página estupenda San Pablo señala este camino en la caridad, que, por sí sola, da sentido y valor a los otros dones (cf. 1 Cor 13).

Animados por la caridad, no sólo os pondréis en espontánea y dócil escucha de aquellos "a quienes el Espíritu Santo ha constituido obispos para apacentar la Iglesia de Dios" (Act 20, 28), sino que sentiréis también la necesidad de abriros a una comprensión cada vez más atenta de los otros hermanos, con el deseo de llegar a tener con ellos verdaderamente "un solo corazón y una sola alma" (Act 4, 32). De aquí brotará la auténtica renovación de la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha deseado y que vosotros tratáis de facilitar con la oración, con el testimonio, con el servicio. La "renovación en el Espíritu", efectivamente, he recordado en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, "tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia, no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, cuanto si conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana, a un esfuerzo humilde, paciente y perseverante para conocer siempre mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de El" (núm. 72).

Al invocar sobre vosotros y sobre vuestro compromiso la amorosa y asidua protección de Aquella que "por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno y dio a luz al Hijo de Dios encarnado" (cf. Le 1, 35), os concedo de corazón mi bendición apostólica, que gustosamente extiendo a cuantos forman parte del Movimiento y a todas las personas que os son queridas en el Señor.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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