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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN`PABLO II
AL SR. EUGÉNE RITTWEGER DE MOOR
EMBAJADOR DE BÉLGICA ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 27 de noviembre de 1980

 

Señor Embajador:

Su Excelencia acaba de manifestarme los elevados sentimientos que le embargan en el umbral de su misión de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Su Majestad el Rey de los belgas, ante la Santa Sede. Se lo agradezco vivamente y también doy las gracias a Sus Majestades el Rey Balduino I y la Reina Fabiola, cuyo saludo me ha transmitido. Quisiera expresarles yo también mis cordiales y respetuosos sentimientos.

Su misión ante la Santa Sede estará guiada por los principios que ha mencionado: el amor a la paz y la justicia que orienta la acción de su país. ¿Hay necesidad de asegurarle que encontrará siempre aquí comprensión y apoyo? Hoy día los hombres tienen cada vez más conciencia de que la prioridad de la acción en favor de la paz no es deseo platónico o ritual, por así decir, sino cuestión de exigencia planteada a la humanidad por la toma de conciencia de los peligros que la amenazan y por la misma necesidad de sobrevivir. El desarrollo de tal sentimiento llevará, así lo esperamos, actitudes cada vez más decididas a este respecto. Por ello, cuando los países firmantes del Acta Final de Helsinki se esfuerzan por garantizar a ésta todo su alcance y su plena puesta en práctica; en vísperas de la reunión de Madrid, quise recordar la dimensión espiritual, que considero indispensable para llegar a una atmósfera de auténtica seguridad, cooperación y paz en Europa. Mi llamamiento fue plenamente comprendido por las altas autoridades de su país y en ello me complazco mucho.

En este contexto la obra de Bélgica en Europa cobra todo su significado. Al tratar de forjar de modo nuevo una unidad fundada en la comunidad de origen y destino, los países que forman este continente no deben ceder a la tentación de replegarse sobre sí mismos, sino que deben por el contrario actuar formas nuevas de cooperación internacional.

He tenido ocasión de subrayar con frecuencia que el concepto de hombre implicado necesariamente en la base de todo esfuerzo desinteresado de cooperación —concepto fundado en los derechos inherentes a la persona humana—, exige que ésta sea tomada en todas sus dimensiones espirituales y. por tanto, también en su dimensión religiosa. Por ello las convergencias existentes en una nación entre las preocupaciones humanitarias de sus responsables y las de la Iglesia, no son de ningún modo accidentales ni carecen de relación entre sí. La historia de Bélgica demuestra que la vitalidad cristiana de que da testimonio tan felizmente su país, está íntimamente ligada a su irradiación universitaria y al ideal humanista que anima a sus conciudadanos.

Por todo ello, formulo votos fervientes para Bélgica, para su Soberano, Su Majestad el Rey Balduino I, y para todos sus dirigentes, de prosperidad y éxito de sus esfuerzos al servicio de la comunidad de los pueblos. A Su Excelencia, Señor Embajador, deseo que su misión ante la Santa Sede sea feliz y provechosa, y pido al Señor abundantes bendiciones para su persona y para su querido país.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1981 n.3 p.8.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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