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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE TAILANDIA
EN «VISITA AD LIMINA APOSTOLORUM»


Jueves 27 de noviembre de 1980

 

Venerables y queridos hermanos obispos de Tailandia:

1. El aspecto más importante de nuestro encuentro de hoy es el amor que nos une en el nombre de Jesucristo y en el servicio de su Evangelio. Este amor constituye la base de nuestra collegialitas affectiva; es también este amor el que nos ayuda a perseverar en nuestra tarea de realizar cada vez con mayor perfección la collegialitas effectiva a la que constantemente nos llama el Señor.

Habéis venido también para expresarme el amor que me profesa vuestro pueblo como Pastor y siervo de la Iglesia universal. Me siento profundamente agradecido, y aprovecho esta ocasión para ofreceros a todos vosotros todo mi amor en Cristo Jesús nuestro Señor.

Verdaderamente supone para mí un gran placer saludaros hoy como obispos de un gran pueblo con tres siglos de experiencia cristiana, en medio del cual la Palabra de Dios va echando raíces como en tierra fértil (cf. Mt 13, 23); esta misma Palabra de Dios continúa siendo hasta el presente la fuente de vuestra fortaleza y la causa de vuestra alegría.

2. Con especial satisfacción, he advertido vuestro compromiso en la promoción de la unidad eclesial. Se patentiza este compromiso en vuestras diferentes actividades y programas encaminados al fomento de la solidaridad, de la colaboración y de una responsabilidad compartida, rasgos que deberían caracterizar a cuantos forman una familia en Cristo y son llamados a ser sus testigos "hasta el extremo de la tierra" (Act 1 8). Todo esfuerzo por mantener y alimentar la unidad católica es importante, sobre todo porque va dirigido a manifestar la unidad de la Santísima Trinidad, suprema revelación de Dios. Como discípulos de Cristo, somos llamados a ser uno, al igual que El es uno con su Padre Eterno. Más aún, la credibilidad de la misión de Cristo ante el mundo está vinculada para siempre a la unidad de su Iglesia (cf. Jn 17, 21 s.).

3. Con razón vuestra solicitud pastoral os empuja a dedicar vuestra atención a la construcción de diversas comunidades cristianas, en las que vuestro pueblo pueda hallar un efectivo apoyo para su fe. Estas comunidades, por su misma naturaleza, están edificadas sobre la Palabra de Dios, que se convierte en el criterio de todas las acciones de la humanidad redimida. Cada comunidad debe ser consciente de un nuevo nacimiento, que según San Pedro tiene lugar "mediante la palabra del Señor que permanece para siempre" (1 Pe 1, 23). Cada núcleo del Pueblo de Dios regenerado por el agua y el Espíritu Santo es llamado a dar gloria, mediante el testimonio de las buenas obras, al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 17). Cada comunidad es llamada a ser una comunidad de oración y acción de gracias; y cada comunidad halla su plenitud en el Sacrificio eucarístico, al que está orientada toda la vida cristiana.

4. Por esta razón, todo cuanto hagáis, como obispos, por promover vocaciones al sacerdocio, es de vital importancia para vuestro pueblo. Es especialmente necesario que a todos los seminaristas se les forme en una profunda comprensión de la naturaleza de la Iglesia, llamada a irradiar la luz de Cristo y a ser "signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1). Contad con mis especiales oraciones por vuestro seminario nacional Lux Mundi, para que cumpla siempre con dignidad su sublime misión de la evangelización. Más aún, me da mucha alegría saber que van aumentando en vuestra tierra las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Verdaderamente esto tiene que ser para todos nosotros motivo de alabanza y de acción de gracias. . Este hecho nos invita a todos a aceptar la invitación del salmista: "Cantad a Yavé un cántico nuevo, alabadle en la asamblea de los piadosos" (Sal 149, 1).

5. Del mismo modo, os animo fraternalmente a que continuéis esforzándoos por promover la participación del laicado en la misión salvífica de la Iglesia. Estoy seguro de que una toma de conciencia, por parte del laicado, de su distintivo e indispensable papel, producirá abundantes frutos en años venideros. Al mismo tiempo, el laicado puede ir haciéndose más consciente de su configuración sacramental con Cristo y de su vocación personal a la santidad en la comunidad de una Iglesia evangelizadora y catequizante. Todo el Cuerpo de la Iglesia universal es solidario de la Iglesia de Tailandia en la ardua tarea de llevar el Evangelio al mundo de los niños, de los jóvenes y de los adultos. Y toda la Iglesia concuerda con vosotros cuando proclamáis a vuestro pueblo la meta de toda educación católica, que San Pablo resume sucintamente en: donec formetur Christus in vobis (Gál 4, 19).

Que el Señor sostenga la generosidad de todos los sacerdotes, religiosos y religiosas, tanto tailandeses como de fuera, que, junto con sus hermanos y hermanas laicos, luchan por ser fieles al Evangelio del Reino de Dios en momentos de alegría y de sufrimiento, de esperanza y de decepción.

6. Entre las numerosas buenas obras de testimonio cristiano y de servicio en el amor que confieren honor a la entera comunidad de vuestro pueblo, están las ejercitadas en favor de los refugiados y de aquellas personas cuyas vidas están profundamente marcadas por ese problema. La recompensa que prometió Cristo por las buenas obras realizadas en favor del hambriento y del sediento, de los extranjeros y de cuantos se encuentran necesitados, es nada más y nada menos que la vida eterna (cf. Mt 25, 31 ss.).

Que esta seguridad os anime a seguir ejerciendo el ministerio entre aquellos necesitados del momento presente, suministrando toda ayuda espiritual y material que podáis con los socorros ofrecidos por los católicos de todo el mundo a través de diversas organizaciones caritativas. Pido al Señor Jesús que se muestre una vez más en esta generación, a través de vuestros programas de asistencia pastoral; que se muestre como el Buen Pastor de toda la humanidad. Que a través de la actividad caritativa de vuestro pueblo, se manifieste nuevamente la Iglesia de Cristo como un signo de esperanza y un signo de misericordia. Y que María, Madre de la misericordia y del amor hermoso, interceda por cuantos muestran o reciben misericordia, por cuantos se revisten a sí mismos o son revestidos de compasión y bondad (cf. Col 3, 12).

7. Aprovecho esta ocasión para expresar mis mejores deseos a las autoridades de vuestro país y a todos vuestros hermanos no cristianos. En particular, envío mis respetuosos saludos a vuestros conciudadanos budistas. Las cordiales relaciones que tratáis de mantener con ellos están en total conformidad con el Concilio Vaticano II, que nos presenta la exhortación de la Iglesia a que sus hijos e hijas "con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen" (Nostra aetate, 2). Esta exhortación es, por supuesto, normativa para toda la Iglesia, pero tiene un significado especial aplicada a la Iglesia en Tailandia, que busca ser fiel a Cristo convirtiéndose en heraldo de su Evangelio y en sierva de todos sus hermanos y hermanas.

8. Queridos hermanos: La advertencia de la Carta a los Hebreos tiene un profundo significado para nosotros en todas nuestras actividades de cara al Evangelio: "Pongamos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús" (Heb 12, 2). Creemos con todas nuestras fuerzas en el poder del misterio pascual, en la gracia salvadora de Cristo, que es capaz de sostener a su Iglesia hasta que venga en gloria para presentarnos a su Padre. En el amor de Cristo, os pido que llevéis este mensaje de esperanza a cuantos construyen vuestras Iglesias locales, "a todos los que nos aman en la fe" (Tit 3, 15).

¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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