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SALUDO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS DIRIGENTES, EMPLEADOS Y OBREROS
DEL «ENTE NAZIONALE PER L'ELETTRICITÀ»
DE FLORENCIA
Sábado 29 de noviembre de 1980
¡Queridos dirigentes, empleados y obreros de la Entidad nacional para la
Electricidad, de Florencia!
¡Os acojo y os saludo con verdadero placer! Os doy las gracias por esta visita,
que suscita en mi ánimo tantos sentimientos, solamente al oír el nombre de la
ciudad de la que venís y en la que trabajáis: ante el espectáculo magnífico de
sus monumentos y de su patrimonio artístico y religioso, que da testimonio a
través de los siglos del admirable sentido de perfección y belleza, de sabiduría
y verdad, de alto sentir y bien pensar que ella ha sabido mostrar al género
humano, el espíritu se eleva y casi se estremece. Esta vuestra presencia me
recuerda ante todo de qué manera el alma florentina está profundamente llena de
valores verdaderamente humanos y verdaderamente cristianos. ¡Sed; pues,
bienvenidos!
1. Os expreso mi agradecimiento no sólo por el homenaje que habéis querido
rendir al Sucesor de Pedro, sino también por los valiosos servicios que prestáis
a la sociedad en el importante sector de la energía eléctrica, que constituye el
punto de partida, la base fundamental de toda la amplia red do la actividad
industrial, social, económica, comercial y de todas las demás actividades
humanas. Agradecimiento, de manera particular, por los méritos que vuestra
Entidad ha adquirido, con admirable dedicación y desprecio de los peligros, en
estos días, en las trágicas circunstancias del terremoto en el Sur de Italia. Un
sentimiento de profundo respeto se añade también a la aprobación al considerar
la competencia, los talentos y la experiencia que cada uno de vosotros aporta en
el sector que le ha sido confiado y del que depende el buen funcionamiento de
vuestras empresas. Todo esto lo hacéis porque, como honrados y laboriosos
ciudadanos, tenéis alto el sentido de la dignidad del trabajo, de sus derechos y
de sus deberes y, pienso, también del respeto hacia la chispa divina que brilla
en el rostro de cada hombre, que es nuestro hermano, y por su espiritualidad, a
veces ahogada por el fenómeno del tecnicismo y del materialismo ateo.
2. Finalmente, os dejo una palabra de exhortación, que encaja muy bien en esta
vigilia del tiempo sagrado del Adviento, que es el tiempo de espera del Señor, y
por tanto de reflexión y de reforma. Vuestra absorbente actividad y vuestro
loable esfuerzo para llevar vuestra Entidad a posiciones cada vez más avanzadas,
no deben disminuir o apartar las necesidades superiores del espíritu, que tanto
han caracterizado a los hombres más ilustres de vuestra espléndida ciudad. La
tiranía de las ocupaciones y preocupaciones de la jornada tiende a sofocar las
exigencias espirituales y acaba por negar el tiempo necesario para volver a
entrar en sí mismos y escuchar la voz de Dios que habla en el secreto,
invitándonos a acoger su voluntad, en la que reside nuestra paz, como cantaba
vuestro sumo poeta en la Divina Comedia (cf. Paraíso, III, 85).
Recordad que en este esfuerzo no estáis solos. Cristo está con vosotros.
Colaborad con El, dejaos apresar por El (cf. Flp 3, 12), que es guía,
fuerza y luz. No os importe acoger en vosotros y en vuestras familias esa luz
misteriosa que procede de Cristo, más aún, que es El mismo, habiendo dicho de
Sí, según el Evangelio de Juan: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no
anda en tinieblas" (Jn 8, 12).
Carísimos hermanos: Que su gracia os ilumine y os conforte durante todos los
días de vuestra vida. Y os sirva también de aliento la bendición apostólica que
ahora os imparto y que de buen grado extiendo a vuestras personas queridas, a
vuestros amigos y a vuestros compañeros de trabajo.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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