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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LOS JUEGOS DE LA JUVENTUD
Jueves 2 de octubre de 1980
Queridos dirigentes de las Federaciones deportivas adheridas al CONI,
queridos
chicos y chicas:
Me es particularmente grata esta vuestra visita, al concluir las competiciones
nacionales de los juegos de la juventud, a las que habéis participado
durante estos días en Roma. Me alegra veros y daros la bienvenida. Os agradezco
el pensamiento delicado que habéis tenido al venir a saludar al Papa antes de
regresar a vuestras casas y a las regiones de Italia de donde procedéis y que
tan bien representáis. Expreso, en particular, mi reconocimiento al doctor
Franco Carraro, presidente del Comité Olímpico Italiano, por las significativas
palabras que, también en nombre de todos vosotros, ha querido dirigirme.
Vuestra presencia entusiasta y festiva reaviva en mi ánimo muchos queridos
recuerdos ligados a mi anterior experiencia pastoral entre los jóvenes
deportistas de Polonia.
Vosotros conocéis muy bien la estima que la Iglesia os tiene y sabéis que la fe
cristiana no humilla, sino que valoriza y ennoblece el deporte en sus diversas
expresiones.
Sabéis también con cuánto interés el Papa sigue vuestras actividades deportivas
y con cuánta satisfacción mira vuestros espectáculos agonísticos, en los que
demostráis las dotes no comunes de fortaleza, disciplina y audacia con las que
el Señor os ha adornado. Vuestro presidente acaba de hablar, con respecto a
vosotros, de entrenamiento a la "lealtad", al "autocontrol", a la "valentía", a
la "generosidad", a la "cooperación" y a la "fraternidad": pues bien, ¿no son
éstas otras tantas metas a las que la Iglesia tiende en la educación y promoción
de la juventud? ¿No son éstas las instancias y las exigencias más profundas del
mensaje evangélico?
A propósito de esto, mientras os exhorto a dar siempre lo mejor de vuestras
energías y de vuestras capacidades en las pacíficas competiciones deportivas, os
recuerdo al mismo tiempo que no consideréis el deporte como finalidad en sí
mismo, sino más bien como un valioso elemento que os ayude a dar a vuestra
persona esa plenitud que procede de la integración de las dotes físicas con las
espirituales. En una palabra, el cuerpo debe estar subordinado al espíritu, que
da luz, aliento y sprint a la vida, y que os hace ser buenos deportistas,
buenos ciudadanos y buenos cristianos.
Queridísimos jóvenes: El encuentro de hoy con vosotros tiene lugar en un momento
particularmente importante para la vida de la Iglesia. Como saben muchos de
vosotros, numerosos obispos procedentes de todas las partes del mundo, han
venido al Vaticano para participar en la V Asamblea General del Sínodo de los
Obispos sobre la Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo. En
efecto, es más urgente que nunca volver a dar a todas las familias cristianas
esa belleza, esa carga suya de amor, todas esas virtudes que el Señor ha grabado
en ellas. Es necesario que la familia sea realmente el gimnasio privilegiado en
que vuestros ideales espirituales, deportivos y sociales encuentren un clima
favorable y el empuje necesario para llevarlos adelante y hacerlos madurar hasta
la plenitud. Dad también vosotros vuestra contribución para que vuestra familia
se convierta cada vez más en verdadera escuela de fuerza espiritual y de
entrenamiento para las grandes conquistas humanas y sociales.
Que para todo esto os sirva de ayuda y estímulo la bendición apostólica que de
todo corazón imparto a vosotros, aquí presentes, a vuestras Asociaciones
deportivas locales, a vuestros seres queridos y a todos los que se adhieren a
este Comité Olímpico Nacional, en prenda de mi particular benevolencia.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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