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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS DE LAS DIÓCESIS ITALIANAS
DE REGGIO EMILIA Y GUASTALLA


Sábado 4 de octubre de 1980

 

Carísimos hermanos e hijos de las diócesis de Reggio Emilia y de Guastalla:

1. Me alegra no poco este encuentro, que reviste un significado especial por el motivo que lo ha inspirado y lo califica: el Sínodo diocesano sobre el tema "La evangelización en tierra reggiana y guastallense".

Vuestro obispo ha querido que ese importante acontecimiento eclesiástico fuese precedido por tres significativas peregrinaciones, para obtener del Señor abundancia de luz y de gracia: una peregrinación de sacerdotes a Palestina para recavar de aquellos Santos Lugares el genuino espíritu evangélico, el estímulo de la auténtica conversión y el celo misionero; una peregrinación de enfermos a Lourdes, el pasado mes de junio, para confiar a la Virgen Santísima el itinerario sinodal y, por último, el encuentro de hoy "ad Petri Sedem", para impetrar la intercesión de los Santos Pedro y Pablo, y escuchar la palabra confirmadora del Papa.

Os agradezco sinceramente vuestra presencia tan numerosa y llena de fervor; vuestro gesto me alegra y me hace pensar confiadamente en la suerte de vuestras queridas diócesis. Os doy gracias con profunda cordialidad y dirijo a cada uno de vosotros mi saludo, extendiéndolo a toda clase de personas: a los sacerdotes y misioneros, a los religiosos y religiosas, a los laicos responsables de los diversos sectores de la pastoral, a los seminaristas, a cuantos presiden los diversos institutos de caridad y beneficencia, a todo el pueblo que vive en vuestras parroquias y en vuestros municipios, a los pequeños y a los adultos, a los jóvenes y a los ancianos, a los estudiantes, a los obreros (sé que están presentes unos ochocientos trabajadores de diferentes secciones de "Cerámicas Sasolenses"), a los agricultores, a quienes ejercen profesiones liberales y, sobre todo, a los numerosos enfermos a quienes prometo un particular recuerdo en la oración.

Pero de modo especial deseo manifestar al señor obispo y a todos vosotros mi viva complacencia por la iniciativa del Sínodo. Que el Señor os asista, os ilumine y os proporcione el consuelo de recoger abundantes y benéficos frutos. Se trata ahora de perseverar en el intento, siguiendo las directivas del obispo; se trata de desarrollar y ahondar en los temas de catequesis, propuestos de forma capilar y convincente en las diversas parroquias y para las diferentes categorías de personas, con la preocupación esencial de crear y formar "conciencias cristianas" en un contexto social que, desgraciadamente y por diversos motivos históricos y culturales, se ha laicizado y secularizado. Ahora se comprende cada vez más que la fe no es una cuestión hereditaria y sociológica, sino un valor estrictamente personal, buscado, conseguido y vivido con la fuerza del propio empeño y con la ayuda de la gracia.

2. Al exhortaros a que os comprometáis en un incansable trabajo, quiero estimularos en vuestro ■ esfuerzo para conocer nuestro tiempo, con sus problemas y sus respuestas, con sus interrogantes, sus conquistas y sus derrotas. El cristiano debe darse cuenta de la realidad histórica en que vive. El cristiano debe ser realista y reconocer valientemente las características de la sociedad en que está llamado a vivir.

Ahora bien, no es difícil comprobar que en el campo filosófico e ideológico se halla presente una mentalidad racionalista, agnóstica y a veces incluso antiteísta y anticristiana; para no pocos, el único ideal es el del bienestar planificado y el del hedonismo. La crisis de valores ha penetrado en el sistema de vida cotidiana, en la estructura de la familia, en la pedagogía, en el modo mismo de interpretar el sentido de la existencia y el significado de la historia.

Es una comprobación que el cristiano debe hacer valientemente, recordando sin embargo que no todos los valores han sido destruidos, que hay una profunda "ansia de verdad", y que debe convivir en este contexto histórico, tratando de amar a todos y ser luz sobre el candelabro y fermento en la masa, sea cualquiera la situación en que llegue a encontrarse. El conocimiento iluminado y equilibrado del propio tiempo hace al cristiano sabiamente optimista y lo salva de encerrarse en vanas lamentaciones; cada época de la historia debe ser entendida y amada para ser salvada por Cristo y por la Iglesia.

3. El cristiano debe darse también plena cuenta del gran valor de su religión.

La religión católica fue revelada por Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, muerto en cruz y resucitado; por tanto, es una religión única y exclusiva, está garantizada por el Magisterio de la Iglesia; sigue siendo misteriosa porque es divina, y es exigente porque es salvífica. No puede cambiar, porque deriva de la misma inmutabilidad de Dios creador y revelador.

Por eso, es hoy cada vez más necesaria una cultura religiosa metódica y completa; es necesario inculcar el sentido del misterio, la absoluta necesidad de la oración, para aceptar toda la Revelación y practicar en su plenitud la ley moral; es necesario formarse en la humildad de la mente y en la fuerza de la voluntad.

El cristianismo es una doctrina; pero es sobre todo una vida, que resulta más comprendida cuanto mejor se practica, y viceversa; el problema no es tanto la "masa", sino la comunidad, en la cual cada persona se encuentra con Cristo y se hace a su vez testigo e instrumento de redención de la humanidad. Recordemos lo que el mismo Jesús dijo: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna: pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El" (Jn 3, 16-17).

La Sagrada Escritura nos hace comprender que en el desarrollo y en el contraste de la historia, Dios quiere la evangelización, la conversión y la santificación de las almas.

4. Por último, el cristiano debe empeñar todos sus talentos, pero confiándose constantemente a la gracia.

Frente a los problemas de la sociedad actual, es fácil y humano dejarse llevar del temor e incluso de la amargura y del desaliento. La gravedad de las cuestiones en los diversos aspectos de la vida, no permite a veces vislumbrar soluciones. Y sin embargo, la gravedad de los problemas no debe quitar la confianza ni la valentía en el empeño; por el contrario, debe ser un estímulo para orar más y santificarse uno mismo. Cada vez resultan más convincentes las palabras del Divino Maestro: "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).

Carísimos: ¡Es muy importante, más aún, quizás decisiva esta ocasión del Sínodo diocesano en la historia de vuestra salvación! Por eso, con toda la solicitud de mi ministerio apostólico, yo invoco para vosotros al Espíritu Santo y a los santos protectores de Reggio Emilia y de Guastalla.

Que os asista y sostenga la Virgen Santísima, de la cual vuestras diócesis son especialmente devotas desde los más antiguos tiempos, habiendo edificado en su honor majestuosos santuarios y numerosas capillas; rezad todos los días a la Virgen, rezad especialmente el Santo Rosario, a fin de que la divina Sabiduría os ilumine siempre y os acompañe; imitadla en su donación total a la voluntad del Altísimo.

A todos vosotros aquí presentes, a vuestras amadísimas diócesis, y en especial por los trabajos de vuestro Sínodo, imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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