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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS VICARIOS CASTRENSES
Sala del Consistorio
Jueves 9 de octubre de 1980
Queridos hermanos:
Los congresos internacionales de militares, en particular los que han venido
celebrándose anualmente en Lourdes, han cumplido bien su papel. Pero creo que es
ésta la primera vez que se reúnen los vicarios castrenses, procedentes de países
y continentes diversos. Me interesaba aprovechar la ocasión para saludaros,
felicitaros por la iniciativa y animaros.
Habéis querido examinar juntos las experiencias, ciertamente diferentes pero
paralelas, confrontar los problemas concretos que se os plantean y que
afrontáis, todos a una, para tratar de resolverlos. De ese modo, aparecerán
cuestiones que procuraréis estudiar más profundamente para iluminar los caminos
de vuestro ministerio.
Ciertas cuestiones fundamentales, de orden ético, surgirán seguramente, en
torno, por ejemplo, a la legitimidad de determinados métodos de defensa; a la
noción de guerra "justa" en el contexto actual; a la amenaza de utilización de
armas nucleares —tema que ya he tocado seriamente en no pocas ocasiones— así
como de otros armamentos de gran potencia: al problema, cada vez más frecuente
de la objeción de conciencia, etc. Estáis evidentemente colocados en un puesto
en el que los problemas adquieren mayor agudeza. Cuestiones teóricas,
aparentemente, porque la solución no está en manos de los capellanes militares;
pero cuestiones importantes y que os conciernen, porque tenéis un papel especial
en la formación de la conciencia de los militares y de la opinión pública;
tenéis que dar testimonio de la Iglesia, como Pastores especializados en estos
problemas difíciles.
Creo, sin embargo, que lo esencial de vuestros debates fraternales debe versar
sobre la asistencia espiritual a los militares; esa es vuestra razón de ser. Y
¡qué campo tan inmenso! ¡Qué labor tan compleja!
Estáis encargados, por una parte, de los militares de carrera y sus familias.
Pese a los cambios tan frecuentes, es un ambiente relativamente estable. No sois
su único punto de referencia en la Iglesia; ellos tienen sus parroquias y
diversas asociaciones cristianas. Pero sois, a título especial, sus Pastores,
los confidentes de su vida y los sacerdotes que pueden frecuentemente ayudarles
mejor en su vida sacramental y apostólica.
Se os confía, por otra parte, todo el contingente de jóvenes soldados que hacen
su servicio nacional. El período que transcurren en las filas del Ejército tiene
gran importancia en su evolución, aunque ellos piensen muchas veces que debe ser
un paréntesis sin interés en su vida familiar y profesional. Cuando ocurre que
la casi totalidad de los jóvenes pasa por esa experiencia, vuestro ministerio
reviste una importancia considerable. Estáis situados en la encrucijada de la
vida de las nuevas generaciones. Para los jóvenes que habían vivido hasta
entonces en un ambiente tradicionalmente cristiano, ese período constituye
generalmente una prueba, la prueba de su libertad, en el plano espiritual y
moral, que puede resolverse en el abandono de la práctica religiosa y de la fe,
pero también en una maduración apreciable de sus convicciones. Para los otros,
es una nueva ocasión de encontrar a la Iglesia, a los cristianos, al capellán.
Su estancia en el cuartel es más limitada que antes y frecuentemente no incluye
los domingos. Pero los capellanes y cuantos colaboran con ellos pueden
arreglárselas para encontrar ocasiones a fin de reflexionar, orar, abrirse a las
necesidades de los demás. ¡Que el tiempo del servicio militar pueda llegar a
ser cada vez más, gracias a vuestra aportación, un tiempo suplementario y
original,, de preparación humana y espiritual para la vida! En ello el celo
sacerdotal y apostólico de cada uno de vuestros capellanes, juega un papel
capital. Vosotros quisierais evidentemente que fueran más numerosos. Apoyad bien
su difícil ministerio, ayudadles como a hermanos; animadles a que se rodeen de
laicos cristianos cuyo testimonio es indispensable y a centrar bien sus
esfuerzos en la Iglesia, en armonía con el ministerio complementario de los
otros Pastores.
Pero voy a terminar aquí, porque son cuestiones que vosotros ya habéis tratado o
trataréis detalladamente. ¡Que el Señor fortalezca vuestra esperanza! Yo le pido
que haga fecundo vuestro apostolado y os bendigo de todo corazón, queridos
hermanos, a vosotros y a cuantos con vosotros colaboran en los diferentes
países.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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