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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIÓN DE SUPERORAS MAYORES DE
ITALIA
Sábado 11 de octubre de 1981
Queridísimas hermanas en el Señor:
1. Al terminar vuestra asamblea anual habéis deseado esta audiencia reservada
enteramente a vosotras, madres generales y provinciales de las numerosas
congregaciones y casas religiosas esparcidas por todas las regiones de Italia.
Os saludo con todo el corazón, y por vuestro medio deseo extender mi afectuoso
saludo a todas vuestras hermanas de Italia que, en frenéticas metrópolis o en
aldeas perdidas por las montañas, están viviendo con amor y alegría su
consagración a Cristo y a las almas. Sí, queridísimas hermanas, transmitid a
todas las religiosas confiadas a vuestra responsabilidad el saludo del Papa;
decidles que las recuerda, las sigue, las estima y ora por ellas, sufre con
ellas, se preocupa de las circunstancias humanas y espirituales de su vida, y
desearía verlas siempre alegres y generosas aun en medio de las tribulaciones,
que no pueden faltarles.
Deseo manifestar después mi complacencia por vuestra asamblea general en la que
habéis querido participar en tan gran número, para ahondar en el tema "Vida
religiosa y familia", haciéndoos eco del tema tratado en el Sínodo de los
Obispos, que se está celebrando; y para departir entre vosotras intercambiándoos
vuestras experiencias.
2. Se trata de un tema importante porque son frecuentes las relaciones entre las
religiosas y las comunidades familiares. En efecto, las religiosas están en
contacto continuo con los niños en las guarderías y conocen el ambiente, de cada
casa; tratan con muchachos y muchachas en los centros de enseñanza, oratorios,
asociaciones católicas y grupos eclesiales varios; y participan en los consejos
pastorales y de la catequesis parroquial y diocesana. Sobre todo las religiosas
están presentes en los orfanatos, hospitales, residencias de ancianos, clínicas,
centros de atención y cuidado de minusválidos, en las visitas a los enfermos en
su domicilio y también en los puestos de socorro de desvalidos, marginados de la
sociedad y drogadictos.
Puede decirse que la religiosa acompaña en cierto modo a las familias en su
camino existencial y, por ello, es grande su responsabilidad; pero al mismo
tiempo, grande debe ser su consuelo al poder aportar así su contribución
concreta de fe y caridad a quien es la obra maestra de Dios creador y redentor.
3. Hoy más que nunca muchas personas, angustiadas por el problema de la
existencia y de su identidad, sienten ansia de superar los límites de la
historia y del tiempo, y buscan afanosamente la verdad. Por ello, la primera
tarea y el primer deber de la religiosa en las relaciones con la familia
consiste en dar testimonio de la verdad, o sea, ayudar a. la familia
moderna a volver a encontrar el sentido verdadero de la vida y de la historia.
Queridas religiosas: Llevad a las familias la verdad tal y como ha sido revelada
por Cristo y como la enseña la Iglesia. No os dejéis alterar por el fragor de
tantas ideologías insistentes que confunden y deprimen. Sembrad siempre el buen
grano de la verdad siguiendo las enseñanzas de la Iglesia y el ejemplo de los
Santos.
De aquí la necesidad de una puesta al día seria y auténtica, por parte de la
religiosa, en los distintos campos doctrinales, superando los peligros de la
superficialidad y la emotividad. Es necesario, por tanto, vigilar atentamente
los varios medios de renovación y orientación (libros, periódicos, revistas,
cursos de estudio, etc.), a fin de no dejarse desconcertar por ideas falsas ni
tampoco encaminar por senderos errados a las personas con quienes se trata. Cada
familia desea la verdad de parte de quien está consagrada a Dios; sed, pues,
fieles y felices de poder anunciarla y testimoniarla.
4. Después, ¡llevad la paz a las familias! El espíritu debe estar firme y
seguro en la verdad, pero el corazón debe rebosar comprensión y compasión. La
familia necesita sobre todo ayuda espiritual y aliento, gran apoyo y afecto.
Nunca como ahora la familia necesita sentir cercano y consolador al Maestro
Divino que quiere otorgarle su perdón y la certeza, la esperanza, el amor. Claro
está que se debe combatir el mal y se ha de condenar el error; pero cada persona
debe ser comprendida y amada; en toda herida se debe derramar el óleo de la
bondad y la misericordia, como hizo el buen samaritano de la parábola.
Pero para dar la paz, se necesita poseerla. Por esto es preciso que vuestras
casas sean oasis de serenidad, obtenida con la práctica de la paciencia y la
caridad mutua.
Llevad la paz a las familias con vuestra fe y vuestro amor. Llevadla
especialmente a donde se gime de dolor, a donde reina la soledad, a donde grava
la división, a donde falta la esperanza ultraterrena. Llevad la paz presentando
a Cristo crucificado y a la patria verdadera que se halla en los cielos (cf.
Flp 4, 20).
5. Queridísimas: Sor Isabel de la Santísima Trinidad escribía: "Vivamos con Dios
como con un amigo, avivemos la fe para comunicar con Dios a través de todo lo
que nos hace santos. Llevamos en nosotros nuestro cielo, pues el que sacia a los
glorificados en la luz de la visión, se da a nosotros en la fe y en el misterio.
Es lo mismo. Me parece haber encontrado mi cielo en la tierra, porque el cielo
es Dios y Dios está en mi alma. El día que entendí esto, se iluminó todo en mí;
y quisiera sugerir este secreto a cuantos amo, a fin de que también ellos se
unan á Dios a través de todas las cosas y se haga realidad la oración de Cristo:
Padre, que sean uno" (Escritos de la Sierva de Dios sor Isabel de la Santísima
Trinidad. Postulación general de los carmelitas descalzos, Roma, 1967).
Vivid vosotras también este secreto y anunciadlo a las familias con la ayuda y
protección de María Santísima y de San José; es un secreto que ilumina, conforta
y salva.
Con estos deseos, y pidiendo al Señor abundancia de favores celestiales, os
imparto de corazón la propiciadora bendición apostólica, que extiendo con gusto
a todas vuestras hermanas.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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