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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS DE COREA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Jueves 23 de octubre de 1980

 

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

1. En la unión especial de que hacemos experiencia hoy, nuestro corazón se goza y nuestro espíritu se regocija. Juntos estamos percibiendo, con sentido más perfecto, lo que significa estar "en Cristo". Para mí personalmente constituye una alegría particular recibir al cardenal Kim y a los demás obispos hermanos míos, ya que en el misterio profundo de la colegialidad, la Divina Providencia nos ha reservado a vosotros y a mí una vinculación vital con la historia de la salvación que se actúa en la vida del pueblo coreano. Vuestra presencia aquí demuestra asimismo que sois conscientes del valor inestimable de la comunión eclesial. Vuestra presencia junto a las tumbas de los Apóstoles se convierte en acto público de acción de gracias —solemne himno de alabanza— por la acción salvadora de Dios que se despliega día a día en la Iglesia de toda Corea, y que ha tenido influencia decisiva en la vida de generaciones de antepasados vuestros. Con las palabras del Salmo podemos proclamar juntos: "Bendito sea todos los días Yavé. El lleva nuestra carga, el Dios de nuestra salvación. Dios es Dios nuestro para salvarnos..." (Sal 68, 20-21).

2. Está claro que toda la historia de la evangelización de Corea está recapitulada en este momento dinámico que estáis viviendo, de fidelidad a la predicación de Pedro y Pablo. Vuestra visita consolida esta historia, desde la primera mención del nombre de Jesucristo en vuestra tierra, y especialmente desde aquella implantación carismática de la fe hace casi dos siglos, que se llevó a efecto por medio del laico Yi Sung-hun. Llamados a "la obediencia de la fe" (Rom 1, 5) por la acción del Espíritu Santo, vuestros antepasados dieron un testimonio heroico de la fe que alcanzó su punto álgido en la fortaleza de los Mártires de Corea.

3. Este mismo Espíritu Santo está actuando hoy, y la gracia de Cristo sigue dando frutos de justicia y santidad de vida. ¡Cómo no alabar a Nuestro Dios Salvador por los signos de vitalidad católica existentes en vuestras Iglesias locales, por el don de la fe y el bautismo constantemente renovados para edificación de la Iglesia universal! Todavía, recuerdo con gozo que en la vigilia pascual de este año bauticé y confirmé a algunos de los que habían sido celosamente preparados para la iniciación cristiana en su patria de Corea. La Iglesia de Dios que está entre vosotros, ha sido capaz de realizar grandes obras de fe y caridad, y todo ello en nombre del mismo Jesús.

4. Habéis desempeñado vuestra misión cristiana de servicio con fidelidad y perseverancia, dando respuesta auténtica al mandamiento del amor de Cristo. En escuelas y hospitales, a través de múltiples obras de caridad y con la dedicación al progreso humano, vuestras comunidades han llegado a dar respuesta cristiana verdadera a las necesidades humanas.

5. Si bien sois numéricamente pocos en comparación con vuestros hermanos y hermanas, habéis prestado servicio importante y celoso con la cooperación al bien común. En el campo religioso y en el social, los ciudadanos católicos han contribuido individual y colectivamente con prestaciones valiosas y altamente estimadas. La Iglesia debe seguir dedicando total solicitud a la persona humana, a los derechos de cada hombre, mujer o niño. Por eso la Iglesia ha de estar siempre atenta al reto pastoral que se le presenta en el campo de los derechos humanos, en el que no debe fallar su respuesta dentro del contexto de su propia misión, la cual estará siempre relacionada con la dimensión ética y humana de cuanto se refiere a la existencia humana, reconociendo claramente que según las enseñanzas de Jesús, la justicia y la paz se hallan entre "lo más grave de la ley" (Mt 23, 23).

6. Al mismo tiempo la Iglesia ofrecerá su aportación distintiva y original, la más grande que tiene: la proclamación del Evangelio de salvación y elevación de Jesucristo en su totalidad. Un aspecto de su acción, que es al mismo tiempo derecho y deber especial e inalienable del laicado y merece atención particular, es la acción de los laicos en la renovación de todo el orden temporal (cf. Apostolicam actuositatem, 7). Hay muchas facetas de esta gran tarea —metas precisas que proponerse y medios específicos que adoptar— y no es posible tratarlas todas ahora. Pero recuerden siempre nuestros laicos católicos esto: que tienen un papel principal en la orientación de lo creado a la alabanza de Dios, y en hacer penetrar el mundo del espíritu de Cristo (cf. Lumen gentium, 36).

7. En 1984 celebraréis en Corea el II centenario de vuestra evangelización. No hay duda de que va a ser un momento de gracia, fortalecimiento y renovación. En conexión con este gran aniversario, estáis preparando celosamente un plan pastoral nacional para los años 80. En esta coordinación de esfuerzos no hay duda de que tenéis una oportunidad providencial para impulsar fuertemente la unión de vuestras Iglesias locales. En todos los aspectos de nuestra actividad eclesial Dios nos llama a ser uno en El. Porque todo lo que se hace en favor de la unión del Episcopado y de la unión del clero redundará en la unión del Cuerpo de Cristo y en la eficacia de la misión de la Iglesia. Ojalá estén unidos en la acogida a la Palabra de Dios todos los segmentos vitales de la Iglesia, todos los grupos parroquiales, todas las comunidades de religiosos y laicos; y sean "perseverantes en oír las enseñanzas de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración" (Act 2, 42).

La preparación de un plan pastoral es una oportunidad excelente para asumir de nuevo y con vitalidad creciente —y con prioridad absoluta— la misión evangelizadora de la Iglesia. El fundamento, centro y cénit dinámico de esta evangelización, consiste en la "proclamación clara de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres como don de la gracia y la misericordia de Dios" (Evangelii nuntiandi, 27). Y, ¿qué mejor ofrenda puede presentarse al Padre por medio del Hijo, con ocasión del II centenario, que la oblación de la unión de acuerdo cada uno con el mandato de San Pablo: "concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir" (1 Cor 1, 10)?

8. Muy queridos hermanos: Los obstáculos y dificultades que afronta el Evangelio y ponen en peligro la vida y dignidad humanas, son muchos. Pero tengamos fe en la acción de Jesucristo. Confiemos en su gracia que nos sostiene.

Dignos de vuestro afecto especial y atención pastoral particular son vuestros seminarios y seminaristas. Con la ayuda del Espíritu Santo muchos jóvenes han respondido a la invitación divina. De parte nuestra, asegurémonos de que su formación doctrinal y espiritual sea sólida y digna de Cristo que les ha llamado a una fidelidad de por vida. Si su formación fuera defectuosa, todo lo demás fallaría. El único fundamento de la vida sacerdotal y del ministerio es la palabra escueta de la verdad revelada por Dios. Custodiemos este tesoro y transmitámoslo con toda su vitalidad a nuestros seminarios. Es difícil imaginar una responsabilidad más tremenda que esta carga impuesta por Cristo, Pastor Supremo, a nosotros los obispos.

Os ruego aseguréis a todos vuestros sacerdotes, tanto a los diocesanos como a los religiosos, que les amo en Cristo. Urgidles a tener confianza en Cristo y en su presencia permanente cuando afrontan los problemas pastorales de cada día, incluidos los de la sociedad de emigrados en zonas urbanas. Su mayor fuerza residirá siempre en la unión con el Señor, sobre todo a través de la oración y la Eucaristía.

Ante todos los religiosos y religiosas icemos el ideal de la santidad y sabiduría de la cruz. La medida de su eficiencia no se juzga según niveles humanos; reside en su capacidad de amar a Dios y a los hermanos.

Os encomiendo a todos a la gracia salvadora de Cristo Nuestro Señor, y os exhorto a llenaros de confianza y a ir adelante con esperanza. Jesús nos está diciendo actualmente: "No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino" (Lc 12, 32). Envío un saludo cordial y respetuoso, junto con mi estima y amor fraterno, a todos vuestros hermanos no cristianos con quienes vivís y trabajáis. Asimismo elevo oraciones por todas las autoridades de vuestra nación y por todos los ciudadanos de buena voluntad, y les deseo todo lo mejor.

9. En estos momentos mi pensamiento vuela en particular a vuestros hermanos y hermanas que viven en Corea del Norte, especialmente a cuantos han padecido tribulaciones por causa del nombre de Jesús y por la fidelidad a El. Sepan que ciertamente no están olvidados. La Iglesia universal les promete oraciones y les asegura su solidaridad y amor indefectibles. A la vez que os hablamos de ellos ante el mundo, los confiamos con esperanza a Dios que "es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos" (Ef 3, 20).

10. Y aun cuando nos esforzamos por cumplir nuestra pesada responsabilidad pastoral, tenemos la profunda convicción de que los destinos del Pueblo de Dios están en el poder de su gracia, que es distribuida abundantemente por manos de su bendita Madre María. Mucho tiempo ha presidido Ella la evangelización de vuestro pueblo, y seguirá llevándoos a todos a Cristo Jesús, Hijo suyo, y por El al Padre, a quien en la unidad del Espíritu Santo sea gloria y acción de gracias por siempre jamás.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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