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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA PEREGRINACIÓN NACIONAL
DE LOS FERROVIARIOS ITALIANOS

Domingo 26 de octubre de 1980

 

¡Queridísimos hermanos y hermanas!

1. Quiero expresaros mi profunda alegría y mi sincera satisfacción por este encuentro de hoy, que es como una continuación de los del 8 de noviembre del año pasado, con ocasión de la XXI "Jornada del ferroviario", y del 7 de septiembre pasado, con ocasión de mi visita a la estación de ferrocarril de Velletri, construida —como se sabe— en 1862 bajo el pontificado de Pío IX.

Sé cuánto habéis deseado y esperado esta audiencia. Bastantes de vosotros, procedentes de todas las regiones de Italia, han hecho grandes sacrificios para poder estar hoy aquí presentes. Por tanto a mi alegría he de añadir los sentimientos de gratitud hacia todos vosotros, congregados en este lugar como en una serena, cordial, afectuosa fiesta de familia.

Dirijo mi saludo a todos vosotros y a los 220.000 ferroviarios de Italia, que trabajan tanto en la sede central de Roma como en los otros quince departamentos. Mi saludo va a los jefes de estación, a los maquinistas, a los conductores, a los jefes de tren, a los dirigentes del Movimiento, a los maniobristas, a los guardavías, a los encargados de las instalaciones eléctricas, de tracción, de señalación, de seguridad y de telecomunicación, a los técnicos, a los vigilantes, a los guardagujas, a todos los empleados de las oficinas e instalaciones de reparación, de manutención, de limpieza del material; y no puedo olvidar a los oficiales y marineros-ferroviarios de los servicios de transbordadores.

A todos vosotros, a toda la gran familia de los ferroviarios de Italia, va mi pensamiento afectuoso.

2. Con vuestra presencia vosotros queréis devolver, en cierto modo, la visita que hice a vuestros colegas del departamento ferroviario de Roma, reanudar un diálogo que nunca se ha interrumpido, y expresar, con gran claridad, vuestra adhesión a la Cátedra de Pedro.

El primer recuerdo y empeño que quiero recomendaros y confiaros es el del testimonio de la fe cristiana. ¡Sí, hermanos y hermanas carísimos! Esta vuestra presencia es el signo concreto y claro de que vosotros habéis venido a Roma en peregrinación de fe, para proclamar abiertamente, ante la opinión pública, vuestra fe, ese tesoro inconmensurable recibido en el santo bautismo y cultivado por los cuidados de vuestros padres, de vuestros sacerdotes y de vuestros educadores. Vosotros queréis repetir, con plena conciencia y con legítimo orgullo, sobre la tumba de San Pedro las palabras sencillas y sublimes que la Iglesia os consignó en el momento del bautizo, es decir, el símbolo apostólico: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra..., creo en Jesucristo, su único Hijo, encarnado, muerto por nosotros, resucitado... Creo en el Espíritu Santo, que habló por medio de los Profetas... Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica...". El Símbolo de la fe católica, que cada domingo rezáis en la Santa Misa, debe ser siempre meditado, profundizado, para que penetre en el tejido de vuestra interioridad, anime vuestro comportamiento, vuestras acciones, oriente vuestras relaciones con Dios, con vosotros mismos, con los demás, de manera que vuestra vida diaria —en la familia y en el lugar de trabajo — esté en coherente sintonía con la fe que profesáis: una fe que nos enseña que vuestra vida no se agota en las realidades de este mundo, sino que tiene como término final a Dios mismo; una fe que nos dice que caminamos, más aún, corremos para alcanzar al Cristo y por tanto no debemos convertirnos en esclavos de las cosas de la tierra. "Todos nosotros somos una especie de corredores —nos advierte San Basilio el Grande—, cada uno va rápidamente hacia la meta. Precisamente por eso vivimos. Durante esta vida tú eres un viajero. Debes pasar todo, dejar todo a tus espaldas. Divisas a lo largo del camino un brote, una planta, un manantial o alguna otra cosa que vale la pena ver: gozas de ello durante un momento y luego sigues. Tropiezas con rocas, valles, precipicios, escollos, troncos, fieras, reptiles, espinas: debes sufrir un poco, pero luego los superas y sigues adelante" (Sobre el Salmo 1, 4: PG 29, 220).

Una fe cristiana limpia y sin respeto humano dará serenidad a vuestra vida y será un ejemplo incisivo para cuantos os conocen: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los ciclos" (Mt 5, 16), nos ha dicho Jesús en el "sermón de la montaña".

3. A la fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia, vosotros sabréis unir, sin duda, un profundo sentido de la familia, concebida y orientada a la luz de la Palabra de Dios, es decir, como una "iglesia en miniatura", una "iglesia doméstica", en la cual el amor es santificado por la gracia de Dios y por la oración y hecho más profundo por la dedicación mutua, por la cual los pequeños y grandes sacrificios de la vida de cada día se afrontan con plena confianza en la Providencia de Dios.

Veo con gran satisfacción que bastantes de vosotros habéis venido aquí con vuestros familiares, queriendo subrayar con este gesto vuestra respuesta gozosa y franca a las preocupaciones e inquietudes de la Iglesia, que, a través de la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en todo este mes de octubre ha meditado sobre la misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo.

¡Amad a vuestra familia! ¡Proteged vuestra familia! ¡Estad orgullosos de vuestra familia! ¡Que ella sea siempre el hogar cálido y acogedor en el que podáis conservar y transmitir los grandes valores espirituales, celosamente custodiados para las generaciones futuras!

4. Querría daros como recuerdo de esta inolvidable jornada una última consigna: el apego a vuestro trabajo.

Sabemos lo duro, agotador, a menudo peligroso que es el trabajo de los ferroviarios. Pero también sabemos que es meritorio, valioso e indispensable para .el buen desarrollo de las estructuras de la sociedad.

Quiero aprovechar esta circunstancia de hoy para expresaros públicamente mi alabanza —a la que se une ciertamente la de todo el pueblo italiano— por lo que hacéis, día y noche, con el precio de tantos sacrificios. Cumplid este vuestro deber con la conciencia de contribuir de manera seria y determinante al ordenado desarrollo social y económico de vuestro país. Vosotros, que sois ferroviarios "cristianos", participáis en los ''grupos de evangelización", en los "grupos de comunidad" que se han instituido en las diversas sedes departamentales y en muchas estaciones italianas de ferrocarril. En la oración, en la reflexión sobre la Palabra de Dios y sobre la enseñanza de la Iglesia, en el compromiso común hacia los hermanos, seréis los apóstoles capaces de implicar a vuestros colegas de trabajo en un camino de fe y en una auténtica e integral promoción humana.

: Os deseo a vosotros y a vuestras familias, a vuestros capellanes y a todas vuestras personas queridas, la paz y la alegría que proceden del Señor, y os imparto de corazón la bendición apostólica, signo de mi constante benevolencia y de mi profundo afecto.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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