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VISITA PASTORAL A SIENA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS AUTORIDADES Y AL PUEBLO DE SIENA

Domingo 14 de septiembre de 1980

 

Señor Ministro,
señor alcalde,
queridísimos hermanos de Siena y de Toscana:

Con la más viva emoción, desde esta admirable plaza del Campo, conocida en todo el mundo como el corazón de Siena, dirijo mi más ferviente y sincero saludo a todos vosotros, habitantes de esta prestigiosa e ilustre ciudad, por la que han pasado a través de los siglos una profunda inspiración religiosa, enardecidas vibraciones de libertad, y una singular pasión por el arte y por toda afirmación digna del nombre de civilización.

Junto al Palacio Público, expresión máxima de esa elegancia arquitectónica tan propia de Siena, y marcado patentemente con el monograma de San Bernardino; a la sombra de la torre del Mangia, centinela y símbolo de la autonomía cívica; cerca de la capilla de la Virgen Santísima, público y perdurable testimonio de entrega de los destinos del Ayuntamiento libre al Patrocinio de la Madre de Dios, os manifiesto a todos los de Siena la profunda alegría de este encuentro y confío al cielo, sobre todo mediante la liturgia eucarística que comenzará dentro de breves momentos, mis deseos y mis esperanzas para el dichoso porvenir de esta ciudad amada, por la prosperidad y la paz de vuestras familias, por la alegría interior de vuestros corazones.

Ha sido suficiente la sugestiva vista aérea de vuestras casas, cargadas del respeto y de la dignidad de los siglos; ha bastado la visión evocadora de vuestros muros que acogen, como precioso cofre, bellezas inestimables, en razón de cuanto el hombre, en su círculo, ha sabido expresar de puro, de santo y de bello; ha bastado el breve trayecto de la histórica Puerta Camollia hasta esta plaza, a través de calles que guardan en cada esquina restos de universal armonía y de convincente e imperecedera elegancia, para que cautivado por esta arcana atmósfera, entrase en profunda sintonía con vuestro pasado, y me pusiera al unísono con vuestros problemas de hoy, y las perspectivas de mañana, en una palabra, para que vibrase con vosotros y sintiera amaros profundamente, incluyéndome también yo —sí me lo permitís— entre los ciudadanos de Siena.

Deseo manifestar, ante todo, mi sincera gratitud a usted, señor alcalde, por las corteses y nobles palabras de bienvenida que ha querido dirigirme, interpretando con calor y perspicacia los sentimientos de toda la población. A usted, a sus colegas y colaboradores del consejo municipal, como también a las autoridades civiles, y militares aquí presentes, expreso mi gratitud por la acogida que me ha sido reservada y por todo el trabajo de solícita y fatigosa preparación, con el fin de asegurar un éxito feliz a esta jornada en Siena. Expreso además sincero aprecio al representante del Gobierno, que ha querido, una vez más, hacerse portavoz digno y calificado del alto sentido de hospitalidad y de fe que caracteriza a la querida nación italiana.

Como ya anuncié en el "Ángelus" del domingo pasado, he venido en peregrinación a Siena para rendir homenaje de veneración a vuestra insigne conciudadana, Catalina "a quien la Sabiduría divina puso tan en evidencia en la historia de la Iglesia, y le confió en tiempos difíciles y críticos una misión providencial respecto de la Iglesia y de su patria" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española. 14 septiembre 1980, pág. 1). Como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, siento en mi corazón —repito— una deuda de gratitud en relación con la Santa que se afanó con infatigable entrega y con amor suavísimo, hasta la entrega total, por el bien y la santidad de la Iglesia y de la Sede Apostólica. A Santa Catalina deseo confiar los problemas y las perspectivas de Italia, que también hoy, como en el pasado, anhela puertos de justicia, de libertad y de paz. También en el presente Catalina dirige a los italianos y a sus paisanos de Siena en particular las ardientes palabras: "Yo os amo más que vosotros me amáis, y amo el estado pacifico y vuestra conservación como vosotros" (cf. Carta 201).

La virgen de Siena, como otros santos antes y después de ella, tuvo vivo sentimiento de auténtica italianidad, como especial percepción de esa responsabilidad confiada por la Providencia a un pueblo unido por la fe, por la lengua, por las vicisitudes tristes y alegres, vividas y sufridas juntamente desde los días en que Italia, caído el grande Imperio, comenzó su humilde y fatigoso camino hacia la unidad y la independencia. Corresponder a esta responsabilidad significa. según Catalina, primariamente reavivar el fuego interior de la fe y de la entrega a Cristo y a su Evangelio; significa propagar por toda la península este ardor espiritual por la verdad y la justicia, consolidando uniones profundas y duraderas más fuertes que cualquier discordia. El bienestar y la prosperidad florecerán así. en consecuencia, como confirma la palabra de Cristo: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt 6, 33). Alguno podría asombrarse de esta religiosa convertida en intermediaria de paz entre las ciudades toscanas, embajadora de Florencia ante el Papa, totalmente ocupada en desarrollar una obra que no era inmediatamente de carácter religioso. Pero la Santa fue impulsada a compromiso tan grande, infatigable y gravoso por un resorte secreto, por una razón profunda que ilumina y esclarece todo el vigor de esas empresas: esto es, su amor por Cristo y por el hombre. Catalina anhela con todas sus fuerzas la salvación integral del hombre, su hermano, al que ella ama sin fronteras ni reservas en Cristo Señor, y al que quiere ayudar válidamente no sólo con miras a la felicidad eterna, sino también en la fatiga cotidiana de la experiencia terrestre. Si algunos santos, como San Francisco, han captado y amado a Dios particularmente en la creación, Catalina ha percibido y amado al Redentor en las vicisitudes personales del hombre, de cada uno de los hombres, y en el esfuerzo con que construye una convivencia terrena, conforme con la propia dignidad. La espiritualidad de Catalina no acepta evasiones, sino que está extremadamente encarnada en la historia. Se ha dicho justamente que el "cielo" de Catalina está hecho por hombres que tiene que salvar, por hombres rescatados por la sangre inestimable del Cordero.

"Si vosotros sois lo que debéis ser, pondréis fuego en toda Italia, no sólo aquí": estas palabras de Catalina a Stefano di Corrado Maconi, que querían ser una invitación para los propios conciudadanos al respeto y al culto de esos valores morales y religiosos que están en la base de toda ordenada sociedad civil, son todavía válidas. Nosotros las tomamos de su boca que ardía en el fuego de la Sabiduría Eterna para hacerlas nuestras y para construir, conformándonos a ellas, un seguro porvenir de paz y de bienestar.

Queridos hijos de Siena, en armonía con vuestras tradiciones profundamente religiosas, en el espíritu de esa civilización inspirada cristianamente, que os distingue, con conciencia cristiana libre y fuerte, como la que marcó a Catalina, continuad vuestro camino de hombres y de creyentes para dar vida a una "societas" digna de vuestro pasado. Confío estos deseos a la protección de Aquella a quien, desde siglos, habéis elegido como vuestra Patrona y Reina y a la que os une un pacto de devoción y de fidelidad, que juntamente con vosotros deseo renovar durante esta celebración eucarística. poniendo toda confianza en el amor y en el corazón de esa Madre.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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