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VISITA PASTORAL A MONTECASSINO Y CASSINO

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL PUEBLO


Sábado 20 de septiembre de 1980

 

1. Una grande, sincera alegría invade mi corazón al encontrarme aquí en Cassino, entre vosotros.

No oculto que este nombre me es muy querido, también porque está ligado al recuerdo de miles compatriotas míos que, derramando heroicamente su joven sangre, dieron comienzo a la liberación de Montecassino —y de toda la zona de los alrededores— de los horrores de la guerra, que había hecho estragos aquí durante largos meses.

Mi visita de hoy tiene lugar en el nombre de San Benito, de quien, como sabéis, se celebra este año el XV centenario del nacimiento: una circunstancia que espero traiga una válida aportación a la renovación de la vida eclesiástica y humana en sentido auténticamente cristiano.

2. San Benito pertenece a la historia de todo el mundo. El gran Papa Pío XII lo llamó "Padre de Europa", y mi predecesor Pablo VI, de venerada memoria, vino aquí personalmente para proclamarlo "Patrono primario de toda Europa", subrayando con este título la obra maravillosa desarrollada por el Santo, mediante la regla y los numerosísimos discípulos, en favor de la llegada de la cultura y de la civilización europea. La enseñanza del gran Patriarca, por lo demás, ha cruzado, a lo largo de los siglos, las fronteras del continente, difundiendo en todo el mundo, gracias al trabajo de mentes y de manos, y sobre todo al ejemplo de virtud y de espíritu de contemplación ofrecido por sus hijos, los frutos que la valiosa regla encerraba como semillas fecundas.

La doctrina de San Benito es sencillamente evangélica: esto explica su perenne validez y al mismo tiempo su singular encanto. Su única finalidad es hacer del monje un buscador y conquistador de Dios, de su santidad, de su reino. Para ello, la regla despliega toda su fuerza en promover las virtudes que son básicas en el Evangelio: el amor hacia Dios y hacia el prójimo, el espíritu de fe, la humildad, la obediencia, la oración, la caridad. Toda la estructura institucional, anclada en ella tan sólidamente que ha podido desafiar más de catorce siglos de historia, converge a crear el clima en el que realizar eficazmente aquellos que el Santo llamaba los "instrumentos de las buenas obras" (cap. 4).

Sobre el modelo de la familia natural y de la sobrenatural, que es la Iglesia, el gran legislador construye su "dominici schola servitii" (pról. 45) como típica forma de familia que encuentra uno de sus fundamentales principios en la "stabilitas congregationis" (4, 78). Las relaciones entre abad y hermanos, y las mutuas entre éstos mismos, la autoridad y la obediencia, la sumisión y los derechos de la razón, el estímulo al heroísmo y la consideración de la debilidad, la intransigencia con respecto a lo necesario y la indulgencia con respecto a lo accesorio, todo está ajustado con un equilibrio romano y cristiano, que hace de la regla una obra maestra de sabiduría y discreción.

En esa "casa de Dios" (regla, 31, 19; 53, 22; 64, 5), que es el monasterio, debe reinar el amor que, originado y fomentado por la fe, puede decirse la piedra angular de todo el edificio social y espiritual creado por este genio gigantesco. El amor invade e inspira todo, como en toda familia verdadera y sana: basta recordar ese testamento de la caridad que es el capítulo 72 de la regla.

Y de este amor, sentido y vivido realmente como don de Dios, nace ese gozo, por lo que "nadie en la casa de Dios debe turbarse o entristecerse" (regla, 31, 19). Realidad inefable, causa y efecto de este gozo es la paz, dulce meta a la que el legislador aspira como signo y garantía de la sanidad espiritual de la familia monástica: "et ita omnia membra erunt in pace" (34, 5): y así todos los miembros de este cuerpo místico, surgido del amor hacia Cristo, estarán en la paz.

3. Carísimos hermanos y hermanas: He querido mencionar brevemente estos principios y estos rasgos de la fisonomía particular de la regla benedictina, para que todos podamos encontrar en ella evidentes y saludables lecciones para nuestro tiempo..

El amor hacia Dios, ante todo, la generosa y plena observancia de sus leyes, la necesidad de la oración y el contacto con él, el deber primario de la alabanza de adoración y de acción de gracias son valores que no han perdido nada de su actualidad. Dios, y su Cristo, deben entrar profundamente en el tejido de la intimidad individual como en el de la vida pública y comunitaria: familia, escuela, cultura, trabajo, política, mass-media, deporte, diversión.

Amando a Dios, amamos asimismo al prójimo; respetando los derechos de los demás, especialmente el más básico, de la vida, reconocemos los dones más grandes de la omnipotencia y de la bondad divina.

San Benito nos exhorta a hacer realmente de la familia un santuario, un centro de amor cristiano, donde padres e hijos sientan la dulce obligación de amarse y, por tanto, de compadecerse y sacrificarse los unos por los otros. El nos invita, también, a transformar la humanidad entera en una familia cristiana de pueblos, sobre la base de los valores introducidos por la regla en el fermento histórico que creó la unidad de fe de Europa. Que los pueblos se amen, reconociéndose hermanos en Cristo; que todos abran los ojos y los corazones hacia los más necesitados; que las relaciones políticas y económicas desemboquen siempre en una sincera consolidación de la solidaridad humana y cristiana.

De esa manera podremos esperar conquistar la paz. La paz: esta dulce palabra debo pronunciarla de manera especial en Cassino, teatro de una increíble y absurda guerra de naciones, que a pesar de todo se enorgullecen por su gran civilización. Esta ciudad que durante largos meses fue deshecha por incursiones, bombardeos, incendios y, finalmente, destruida por completo. La gloriosa abadía de Benito, centro mundial de piedad, de cultura y de arte bárbaramente arrasada. Todos las populosas aldeas de los alrededores, fervientes de honesto trabajo; todos vuestros hermosos campos, tan fértiles y rebosantes, reducidos a una landa desolada, infestada por la malaria. ¿Para qué recordar todo esto sino para gritar desde aquí a todos, individuos y colectividad, que toda guerra es siempre un fratricidio y proclamar la exigencia, la seguridad, la alegría de la paz?

4. Esta vuestra ciudad, ya floreciente en villas y monumentos durante el período clásico de la romanidad, trasladada durante la Edad Media al lugar actual y, por así decirlo, vuelta a fundar por el abad San Bertario y gobernada por los hijos de San Benito, rica en vicisitudes históricas que la han ligado siempre a ese Montecassino, "en cuya ladera está" (Dante, Paraíso, 22, 37), para gloria suya; esta ciudad, ahora renacida de las ruinas por un don de Dios, de la Virgen Asunta y de San Benito, y por el valor de vuestro inteligente trabajo, debe ser hoy y mañana no una llamada a la muerte infligida por las guerras, sino una fortísima y resonante invitación a la vida operante y gozosa de la paz.

De ello es símbolo y esperanza el incremento que demuestra en el aumento de industrias y talleres, así como en el florecimiento de escudas de todo tipo, incluso de las que hacen, y harán cada vez más, de ella una ciudad universitaria. Son éstos los gozosos frutos de la paz.

Deseo recordarlo de manera particular en este momento delicado y difícil, en que tantas personas se sienten amenazadas por las consecuencias de la coyuntura económica. Sé muy bien lo importante que es para la serenidad familiar la seguridad en el puesto de trabajo. Participo de corazón en las ansias y preocupaciones de las familias, temerosas por las perspectivas que ven dibujarse en el horizonte, y expreso, por tanto, el deseo de que, gracias al sentido de responsabilidad y al generoso empeño de todos, se pueda llegar a encontrar una solución justa y respetuosa de los derechos de cada uno.

Mis deseos se extienden a toda la "tierra de San Benito", afligida en su tiempo por la tormenta devastadora de la guerra, y ahora preocupada, en unas zonas más y en otras menos, por problemas de orden social y económico: que toda comunidad cívica, recordando la protección paterna demostrada hacia ella por el Santo en tantos siglos de historia, se sienta invitada por él a obrar, construir y rezar por la llegada universal de la paz en la justicia.

Sé que vuestro Patriarca, en los meses pasados, se ha hecho peregrino para visitar, saludar y bendecir a todos los centros de su "tierra". En esta "peregrinación" ya ha encontrado muchos, acogido siempre con gran gozo y devoción; los otros los visitará, siguiendo el recorrido dentro de poco. No ha sido y no deberá ser un hecho sólo exterior y, por así decirlo, folklórico. San Benito viene para recordar su mensaje perpetuo de amor y de paz. Es un mensaje que hago mío: ¡La paz esté con vosotros y con todo el mundo! Al augurar que la intercesión del Santo monje disponga los ánimos para acogerlo y comprometerse a ello con generosidad, bendigo de todo corazón a vosotros, aquí presentes, a esta queridísima diócesis de Cassino, a su obispo, a su clero, a las comunidades religiosas, a la Iglesia y al mundo, que miran a San Benito como artífice de paz, de orden y de santidad.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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