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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS Y SACERDOTES POLACOS,
EX-PRISIONEROS DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE DACHAU

Capilla de la Virgen de Lourdes, Jardines Vaticanos
Miércoles 24 de septiembre de 1980

 

Queridos hermanos obispos y sacerdotes que habéis sido prisioneros en los campos de concentración, sobre todo en el de Dachau.

En aquel período inolvidable hicisteis todos una promesa especial, un voto a San José: no olvidaríais nunca a San José si la Providencia os hubiera permitido dejar el campo, volver a la libertad y servir a la patria como sacerdotes. Por esto hoy, en memoria de este voto, hemos rezado durante la Santa Misa por la intercesión de San José. Era una oración de acción de gracias y al mismo tiempo una súplica.

Ante todo quiero daros las gracias porque hace diez años, cuando emprendisteis una peregrinación a la Santa Sede, al Santo Padre Pablo VI, me permitisteis venir con vosotros, con aquella peregrinación de sacerdotes ex-prisioneros de los campos de concentración, de sacerdotes de Dachau, aunque no tuviera derecho a ello... Recuerdo, de aquel año 1970, primero las celebraciones en Kalisz, luego la peregrinación a Roma y todos esos detalles de los que ha hablado el obispo Ignacy al comienzo de la Misa. Os doy las gracias por esto. También os doy las gracias porque después de diez años, en 1980, en el XXXV aniversario de vuestra liberación del campo de concentración, habéis venido nuevamente a Roma. Habéis venido en número reducido porque estos sufrimientos, que como estigmas han quedado impresos profundamente en vuestros organismos y que duran, no sirven para prolongar la vida, sino que la acortan.

Por eso vuestras filas disminuyen, sois cada vez menos. A pesar de esto, constituís una comunidad particular, una comunidad unida por un lazo interior, un lazo de sufrimiento, de solidaridad, de sacrificio y de amor por la patria. Constituís una comunidad sacerdotal ligada con el vínculo de un testimonio particular que habéis dado en vuestra vida. Esta comunidad tiene una expresión propia con respecto a la patria, a la Iglesia, a las nuevas generaciones.

Hoy, habiendo tenido la posibilidad de orar con vosotros, de dar gracias y rezar por intercesión de San José, han venido a mi memoria personajes de mi adolescencia: eran los insurrectos de 1863 que en aquella época, en los años veinte, constituían un cierto grupo, una cierta comunidad. Como grupo de méritos particulares eran respetados por toda la Sociedad, por las generaciones jóvenes, por los niños. Ha venido a mi memoria esta analogía porque la vida de una nación está fundada en esta transmisión viva, en la tradición, en la transmisión de los acontecimientos históricos, en la transmisión de los valores que unen las generaciones a pesar de que estas generaciones estén sometidas a la ley del tiempo que pasa y, como todo hombre, también la ley de la muerte.

Tienen gran importancia para las generaciones siguientes aquellos que, de manera particular, han dado testimonio de la vida: sin temor e invencible, vida de la nación. Estos testigos ante mis ojos de niño fueron precisamente ellos, que entonces ya eran pocos pero, sin embargo, aún presentes, los insurrectos de 1863. Y ahora, con el paso de los años y de las décadas, los que os convertís en estos testigos sois vosotros, queridísimos hermanos sacerdotes y todos vuestros amados hermanos y hermanas, ex-prisioneros de los campos de concentración de la segunda guerra mundial. Ese paso de las generaciones, que al mismo tiempo significa el avance de la vida, se desarrolla construyendo sobre el fundamento de los valores por los que las generaciones precedentes pagaban, pagaban con la vida y la muerte, pagaban con la sangre y los sufrimientos. Este paso lento es la historia, es la vida de la nación. Esta es la vida de nuestra nación.

Y todo momento contemporáneo lleva en sí como un peso dichoso de los momentos y de los días y de los años y de las generaciones del pasado. Que Dios os recompense por este peso dichoso que vosotros habéis aportado.

Que Dios os recompense por vuestro sufrimiento, por vuestro sacrificio y por vuestro testimonio. Y vosotros, como cada año, también hoy dad gracias a Dios por intercesión de María Rema de Polonia y de todos nuestros patronos, de manera especial San José, dad gracias porque os ha permitido colocar tal fundamento para las generaciones siguientes, para los años y los momentos siguientes en la historia de la nación.

Concluyendo este encuentro eucarístico, concluyendo esta extraordinaria oración común con vosotros, deseo daros la bendición también a vosotros, hermanos queridos, y a todos los compatriotas reunidos aquí, que han participado en este nuestro encuentro. Deseo impartir esta bendición a toda nuestra patria a través de vosotros, y deseo que con esta bendición quede tocado por la gracia, por el amor y por la fuerza de la Santísima Trinidad el actual momento que está viviendo nuestra nación. Este momento de hoy, esta, generación, estos nuestros compatriotas, todos sin excepción, hermanos y hermanas, sin excepción de edad, sin excepción de convicciones, sin excepción alguna y en nombre de lo qué somos todos nosotros: una nación, una gran familia, que tenemos una tarea común y que condividimos la responsabilidad común. Que esta bendición toque a todos y atestigüe ante todos lo mucho que Polonia estaba y está en el corazón de la Iglesia, lo mucho que la Iglesia está mirando al corazón de Polonia, y que nos encontremos mutuamente sobre estos caminos, sobre los que la Providencia guía a los hombres, las naciones, los continentes y la humanidad entera. Nos. encontramos en el espíritu de fe, esperanza y amor. Nos encontramos confiados en el poder de Dios, que guía los destinos de los hombres y de las naciones, confiados en la Providencia Divina, que guía hombres y naciones a través de experiencias, a través de pruebas, y que nos libera de estas pruebas.

Así como os guió a vosotros, venerados y queridos hermanos, fuera de aquellas pruebas. Que este encuentro y esta bendición sean una aportación a los acontecimientos que se suceden, a ese incesante pasar que es al mismo tiempo crear, a este irse, que es a la vez vida y salvación. Queridos hermanos, en este momento no podemos olvidarnos de los que ya no están aquí, en el llamamiento de hoy, los que quedaron en Dachau, los que murieron a lo largo de los 35 años pasados, por el agotamiento debido al cautiverio.

Incluimos a todos en esta gran oración por la patria. En esta gran oración de vida y esperanza. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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