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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL XII CONGRESO
DE LA UNIÓN CATÓLICA INTERNACIONAL DE LA PRENSA


Jueves 25 de septiembre de 1980

Queridos amigos:

1. Me siento muy feliz al recibiros en esta casa. Es para mí, en efecto, un motivo especialísimo de satisfacción el que hayáis querido celebrar en Roma vuestro XII Congreso mundial. Lo cual os proporciona también la ocasión de un encuentro con el Papa, a vosotros que sois los representantes católicos más calificados de la información y de la prensa.

Vosotros estáis en el centro mismo de lo que constituye la trama de la sociedad, y vuestra misión es la de fomentar los valores y los derechos que permiten al hombre engrandecerse y, al mismo tiempo, edificar la propia sociedad. Como católicos, os corresponde ejercer una responsabilidad de miembros del Pueblo de Dios, preocupados siempre por una mayor libertad, por la verdad y por el amor fraterno.

2. Como tema de estudio de este XII Congreso mundial de la UCIP habéis elegido el de "Una prensa para una sociedad de comunicación". Tema que podrá parecer, a primera vista, teórico, pero que en realidad es rico en aplicaciones prácticas para el futuro del hombre. Gracias a la prensa y cada vez más, no son solamente minorías restringidas, sino grupos siempre crecientes de población los que, en la mayor parte de los países, ven aparecer nuevas formas de conocimiento de la realidad, relaciones de nuevo estilo entre los individuos y las sociedades, por medio de este instrumento que, en cierto modo, prolonga el sentimiento y el pensamiento de cada uno.

Ciertamente, esto no carece de riesgos y conviene tener la lucidez y la valentía de examinarlos. Riesgos de aplastar las libertades del individuo, de la familia. de las comunidades; riesgo de considerar el dinero, el poder, las ideologías, como valores supremos. Todo eso pone en peligro la dignidad del hombre. Pero por muy grandes que sean, tales riesgos no deben asustarnos. No conviene dejarnos impresionar por una visión demasiado negativa en detrimento de la extraordinaria importancia que reviste, para nuestra sociedad, el hecho de ser precisamente una sociedad de comunicación.

3. Prefiero, por tanto, llamar vuestra atención sobre las precauciones convenientes para avanzar claramente en vuestra tarea. Es un bien, a los ojos de la Iglesia, que el hombre esté insertado en una sociedad de comunicación, porque los medios necesarios para ella, pueden ayudar a la realización de los planes de la Providencia divina. En este terreno, es la esperanza la que debe guiarnos, aunque os conviene estar atentos y vigilantes: la prensa y los medios de comunicación social en general pueden y deben servir para favorecer, de modo nuevo, la comprensión entre los hombres y las sociedades e incluso el amor fraternal.

Vuestro documento preparatorio os invita precisamente a interrogaros, detalladamente, sobre la aportación que presta de hecho la prensa a los valores de la comunicación: escucha, información recíproca, intercambio, comunión, participación, dedicación al servicio de los demás; en una palabra, todo lo que, contribuye a que los hombres se conozcan mejor, se estimen mutuamente y colaboren mejor entre sí.

Esta comprensión y hasta apertura a los demás, que forman parte integrante del amor que el cristiano debe siempre a las personas, no significa, evidentemente, que las ideas o actitudes sean consideradas como igualmente admisibles; los periodistas católicos siguen siendo responsables de una educación exigente, que permita a los lectores descubrir, desear y buscar la actitud mejor, la más justa, la más conforme a la verdad, la más beneficiosa, para ellos y para la sociedad. Creo que este Congreso os habrá ayudado a profundizar en estos importantísimos problemas y a esclarecer vuestro camino.

4. Ese progreso en la comunicación es, por otra parte, el objetivo perseguido, parcial pero felizmente, por los más autorizados organismos de la sociedad internacional: pienso especialmente en la UNESCO, que tuve el placer de visitar recientemente con gran satisfacción mía. Ese objetivo es también el vuestro, y lo definís con razón en vuestros documentos como "un nuevo orden mundial de la información y de la comunicación". La Iglesia, de la que sois miembros activos, lejos de permanecer al margen, debe participar en ello.

Si es cierto que frecuentemente el error, la esclavitud del hombre pueden provenir del mal uso de las modernas tecnologías que hoy día utiliza la información, no conviene, por otra parte, rechazarlas globalmente, sino denunciar únicamente el abuso en que pueden caer quienes se sirven de ellas indignamente. Porque para que esas técnicas cumplan la función que la Providencia les ha asignado, es necesario respetar los derechos sagrados del hombre en este terreno; derecho de conocer y comunicar la verdad en su riqueza de numerosas facetas, teniendo en cuenta las aspiraciones. la condición y las necesidades de cada uno; derecho al diálogo y al debate político; derecho al respeto de la vida privada de cada uno; así como otros muchos que pueden surgir a medida que va evolucionando la sociedad moderna.

Se trata de contribuir a la edificación del hombre, a la cual corresponde la reflexión de vuestro Congreso. Es necesario subrayarlo: los medios de comunicación social son precisamente los medios "sociales" de comunicación. Y deben respetar y servir a las necesidades y los derechos de las sociedades, de las familias, de los individuos, especialmente en lo que se refiere a la cultura y a la educación, en lugar de someterse a las leyes del interés, del sensacionalismo o del resultado inmediato (cf. Discurso en la sede de la UNESCO, París, 2 de junio de 1980, núm. 16; L'Os-servatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio de 1980, pág. 13).

5. Los medios que vosotros representáis tienen también la ventaja de poder ofrecer directamente y en su autenticidad la palabra liberadora del Evangelio. La Iglesia se alegra de poder disponer de ello para su apostolado. Hoy como ayer, es siempre un deber, para las comunidades cristianas en sus diócesis, así como a nivel nacional e internacional, proseguir e intensificar su esfuerzo para promover los medios de comunicación que sean propios de la Iglesia, a fin de que se transmitan, libremente y con cuidadosa exactitud, las informaciones sobre la vida de la Iglesia y sus actividades, así como la palabra y enseñanzas de los Sucesores de los Apóstoles. Ya he observado con satisfacción que habéis comenzado, en un pre-congreso, a estudiar los problemas de la prensa católica en los países en vías de desarrollo, donde el papel de la misma es efectivamente capital. La prensa debe caracterizarse siempre por su capacidad para interpelar al individuo, transmitir un mensaje que apele a las conciencias, proporcionándoles criterios para la formación de una opinión pública veraz.

Los cristianos están llamados a trabajar con ardor y constancia, a hacer de este ideal una realidad efectiva, poniéndose al servicio de la prensa católica, a la que la Iglesia concede tanta importancia, o colaborando en la llamada prensa neutra. Esos dos campos son como el haz y el envés de un mismo apostolado.

A vosotros, miembros de la Unión Católica Internacional de la Prensa, más conscientes de los problemas de toda la humanidad, se os ha pedido un esfuerzo especial para reajustar continuamente vuestra acción y, por tanto, para perfeccionar cada vez más vuestra organización. Es una labor exigente, pero que debe estar impregnada de confianza en la capacidad del hombre para superar las dificultades y las contradicciones de la hora presente, a través de los medios de comunicación social que se le ofrecen, con tal de que se decida a respetar, ante todo, los derechos de Dios en el corazón del hombre. Entonces, puede contar con su gracia.

Yo pido para todos vosotros esa asistencia del Espíritu de Verdad y de Amor. Y asegurándoos mi confianza, reiterándoos mis alientos, os imparto de todo corazón la bendición apostólica, y bendigo también a vuestros seres queridos, en particular a vuestras familias.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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