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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DEL SECRETARIADO PARA LOS NO CREYENTES


Jueves 2 de abril de 1981

 

Señores cardenales,
queridos hermanos en el Episcopado,
queridos amigos:

1. Es para mí una alegría reunirme esta mañana, por primera vez, con los participantes en la asamblea plenaria del Secretariado para los No Creyentes, con su nuevo Pro-Presidente y sus nuevos miembros. Se trata ahora de desarrollar el impulso iniciado ya por Pablo VI con el querido cardenal Franz König y el desaparecido padre Vicenzo Miano.

El tema que estáis estudiando actualmente, "Ciencia y no-creencia", es de una importancia capital, y desde hace tiempo desea la Santa Sede tratarlo en profundidad. Corresponde además perfectamente a la finalidad de vuestro Secretariado, que ha recibido el doble encargo del estudio del ateísmo y del diálogo con los no-creyentes. Todos vosotros tenéis claro, me consta, que no se trata de un estudio realizado en forma académica, sino de un trabajo de reflexión pastoral, lo cual no excluye ni el rigor de los métodos ni la profundidad de la investigación. Vosotros no podéis dialogar, como los otros dos Secretariados, con instancias internacionales adecuadas, esto es verdad; vuestro trabajo se realiza más bien a través de las relaciones con las Conferencias Episcopales según las diferentes situaciones socio-culturales.

2. Bajo este último aspecto, vuestro tema de investigación es de una gran riqueza, pues la ciencia es un hecho cultural que tiene importantes consecuencias en las mentalidades, ya se trate de las ciencias de la naturaleza o de las ciencias humanas.

Intentar comprender la totalidad de la realidad es una ambición legítima que honra al hombre y que el creyente comparte. No se da, pues, aquí ninguna oposición. La oposición se da más bien en las mentalidades, cuando éstas están dominadas por una concepción cientista, según la cual el ámbito de la verdad se identificaría con lo que puede ser conocido y verificado experimentalmente. Esta mentalidad positivista afecta profundamente a la cultura moderna derivada de la filosofía llamada "de las luces". Así, pues, lo que se opone a la fe de manera ideológica es una cierta filosofía, pero no la ciencia misma. Muy al contrarío: la búsqueda apasionada de los "cómo" exige una respuesta a los "por qué".

Lo mismo ocurre, en cierto sentido, con las ciencias humanas, que están conociendo un creciente desarrollo y cuyo ámbito es cada vez más difícil definir. Cuando sus promotores intentan presentar como modelo ideal de este tipo de conocimiento una concepción que reduce al hombre —que es sujeto— a un objeto de estudios, de investigaciones y experimentos, excluyendo la realidad propiamente espiritual, ¿no están sucumbiendo a una pretensión cientista mucho más que probando su realidad científica?

3. El desarrollo de las ciencias, por el aumento de racionalidad que aporta, reclama finalmente una visión de totalidad que las ciencias no ofrecen: el sentido del sentido. Porque, si bien es cierto que la ciencia es la forma privilegiada de conocimiento, de ahí no se concluye sin embargo que el saber científico sea la única forma legítima de saber. La fe, en esta perspectiva radicalmente reductiva, no aparecería más que como una representación ingenua de la realidad, ligada a una mentalidad mitológica. Al contrarío, en una perspectiva totalizante, importa mucho discernir los órdenes específicos y, lejos de oponer los contenidos, proponer su integración en una epifanía de la verdad.

Es cierto que tomar en consideración la realidad total es delicado y difícil. A veces se da una reducción de un orden a otro; a veces, por el contrarío, se piensa poder prescindir de toda articulación. Es preciso reconocer en esto una doble tentación para los creyentes: el racionalismo y el fideísmo.

4. Por lo demás, más que de una confrontación abstracta entre la increencia científica y la fe cristiana, de lo que se trata es de un diálogo entre los hombres, en el que la dinámica de la racionalidad no se opone de ninguna manera a la transcendencia de la fe en su especificidad, sino que, en cierto sentido, la reclama. Es en la experiencia de la vida donde hay que superar el vacío interior creado por el desfondamiento del sentido, cuando la totalización de las actividades de los hombres se sitúa en un universo cerrado y no es asumida en una perspectiva que las supera, en un orden supra-racional que, lejos de ser no-racional o infra-racional, es el fundamento y el fin de la racionalidad.

5. Es necesario también señalar un riesgo inherente al método de la investigación científica en sí misma. Tiene su objeto y sus exigencias propias. Pero en la medida en que impregna todo el pensamiento, toda la manera de ver la existencia, puede acarrear en el campo de la fe la pérdida de la certeza propia de ésta última, donde el saber es también amor. Así, este espíritu de perpetua búsqueda puede llevar a poner en cuestión los datos esenciales de la fe y, sin negarlos, suspender el juicio y la afirmación, mientras dilucida uno mismo todas las razones para creer y todos los aspectos del misterio cristiano, como si se esperaran otros descubrimientos respecto del Credo mismo. Es verdad que, como decía el Apóstol Pedro, hay que ser siempre capaces de dar razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 Pe 15). Y en teología, en moral, en exégesis, se ha de proseguir asiduamente un verdadero trabajo científico; pero apoyándose en un dato revelado, y en el marco de una adhesión global dada ya a Jesucristo y a su Iglesia que no pone provisionalmente entre paréntesis las afirmaciones ciertas del Magisterio. Para vosotros esto es evidente, por supuesto; pero los espíritus imbuidos del afán científico pueden encontrar en ello un impedimento o un obstáculo, por no comprender lo específico y la transcendencia de la fe, y corren el peligro de quedarse en el umbral.

6. Es importante aclarar esta dificultad, así como aquellas más radicales de las que hablé antes, y ayudar a nuestras generaciones a superarlas.

Como decía el 11 de octubre último, a propósito del tema que estudiáis vosotros, "una catequesis insuficientemente informada sobre la problemática de las ciencias exactas y de las ciencias humanas, en toda su variedad, puede acumular obstáculos en una inteligencia en vez de desbrozar el camino hacia la afirmación de Dios". Este es el caso cuando se trata por ejemplo de un verdadero desajuste entre la imagen actual del mundo difundida por las ciencias —y sobre todo por la vulgarización de las ciencias entre el gran público— y las expresiones tradicionales de la fe, repetidas a veces sin preocuparse demasiado de las mentalidades que realmente existen.

7. ¿Cómo olvidar, en fin, lo que los mismos sabios reconocen: que la objetividad y la racionalidad, por importantes que sean, no sacian la necesidad que tiene el hombre de la comprensión de su destino? Pero esto no basta para conducirlos al reconocimiento de un Dios personal y transcendente. Y algunos se sienten inclinados hacia una especie de panteísmo de coloración mística. Al repudiar el cientificismo, esta ciencia extraviada más allá de sus fronteras, rechazan al mismo tiempo las Iglesias instituidas, por una reivindicación de autonomía humana y por críticas de orden socio-político, conjugadas por el relativismo que engendran el descubrimiento de las diversas religiones y la propagación de las sectas.

La relación entre la ciencia y la fe plantea problemas que el creyente puede resolver razonablemente. Pero el misterio de la fe no puede vivirse más que existencialmente. La confrontación multiforme con el ateísmo, la increencia, la indiferencia, hace necesaria la existencia de creyentes de convicciones sólidas que vivan una experiencia cristiana o, en otras palabras, que posean una sólida formación, que no esté separada de la oración y del testimonio evangélico. La fe es un don de Dios, una gracia, e, insisto, supone el amor.

8. Las universidades católicas, los filósofos y los teólogos, los pensadores y los escritores, tienen, por su parte, una importante misión que desempeñar: presentar una antropología verdadera y creíble, a través de las diversas culturas, que es el terreno fundamental del encuentro. Como dije en la UNESCO el 2 de junio último: "El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura" (núm. 6). Se trata de mostrar cómo el hombre —y hoy el hombre marcado por las ciencias y el espíritu científico— llega a ser plenamente hombre abriéndose a la plenitud del Verbo Encarnado: "He aquí al hombre".

Todo esto da a entender la importancia que tiene para la Iglesia una pastoral para el mundo intelectual. El Secretariado para los No Creyentes ha de desempeñar en ella un importante papel de estímulo, de profundización, de sugerencias, de proposiciones, tanto en el seno de la Curia Romana como en el servicio a las Iglesias locales que tienen que hacer frente al reto del ateísmo y al drama de la increencia, en relación por supuesto con las competencias universitarias. Podrá también el Secretariado ayudar a numerosos creyentes a dar testimonio de los valores que constituyen sus razones de vivir, a encontrar las palabras para comunicarlas, y a no tener miedo de afirmarse como testigos de Dios, en nombre de la obstinada búsqueda de la Verdad que, a través de siglos de investigación científica, constituye la grandeza de la humanidad.

Estas reflexiones no agotan,- evidentemente, un tema tan vasto como éste. Volveremos sobre él. Deseo que encontréis en estas palabras un estímulo para continuar vuestro trabajo. Continuad abriendo camino al Evangelio, tendiendo puentes. ¡Que el Espíritu Santo os ilumine y os fortalezca! Con mi afectuosa bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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