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VISITA PASTORAL AL HOSPITAL ROMANO DE LA ISLA TIBERINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS HERMANOS DE SAN JUAN DE DIOS, MÉDICOS, ENFERMOS
Y PERSONAL DEL CENTRO SANITARIO

Domingo 5 de abril de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas del hospital "Fatebenefratelli":

1. ¡Alabado sea Dios que ha hecho posible este encuentro con vosotros, moradores de este viejo y benemérito hospital de la Isla Tiberina! Doy gracias al Señor que me ha permitido estar con vosotros para expresaros mi sincero afecto.

Deseo saludar al prior general de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, hermano Pierluigi Marchesi, congratulándome por la amable acogida y por las confortantes palabras con las que ha querido introducir esta reunión.

Un saludo igualmente afectuoso a todos los miembros del consejo de administración; al obispo mons. Fiorenzo Angelini, encargado para la asistencia espiritual en los hospitales y clínicas de Roma; a los ilustres médicos: primarios, ayudantes y asistentes; al personal empleado, paramédico y auxiliar; a los capellanes, a las religiosas, al grupo de voluntarios y a cuantos, con diverso título, prestan aquí su precioso trabajo de solidaridad humana y cristiana en favor de los queridos enfermos. A todos saludo y a todos dirijo mi estímulo y mi aprecio en el nombre del Señor Jesús, el cual, durante el tiempo de su vida terrena, privilegió a los enfermos y curó toda suerte de enfermedades (cf. Mc 1, 39; Lc 4, 44; Mt 9, 35). Estos mismos pensamientos dirijo también a todos los enfermeros y enfermeras, de quienes depende en gran parte la buena marcha del hospital, porque son los colaboradores más directos de los médicos y los asistentes más cercanos a los enfermos.

2. Al encontrarme en este lugar, con ocasión del IV centenario de la llegada a Roma de los religiosos de la Orden Hospitalaria, mejor conocidos con el nombre de "Fatebenefratelli", no puedo menos de recordar la historia que se ha desarrollado aquí durante tan largo tiempo. Sus orígenes incluso se hallan envueltos con el halo de la leyenda, según la cual el primer núcleo de este hospital habría sido una nave sumergida en las aguas cenagosas del Tíber. Es cierto que ya en el tiempo de los Romanos esta isla misteriosa era un lugar de cura. Pero fue en el siglo XVI, después de años de abandono, cuando ella tomó definitivamente su destino sanitario a la luz del amor cristiano, que es el distintivo de los seguidores de Cristo y que San Juan de Dios supo infundir tan bien en sus hijos espirituales, que dirigen, desde hace siglos, este hospital con amoroso y admirable cuidado. En efecto, su presencia en Roma se remonta al 1581, cuando un pequeño número de Hermanos comenzó a curar a los pobres en un pequeño hospital en "Piazza di Pietra", entre las imponentes columnas del antiguo templo de Adriano. La obra de asistencia, prestada con piedad cristiana por los primeros religiosos españoles e italianos, atrajo pronto la estima, el respeto y la veneración de los ciudadanos, hasta el punto de que aquella primera sede acabó por resultar demasiado pequeña para admitir y curar a todos los pobres que solicitaban la caridad de los religiosos. Fue entonces cuando desde aquel lugar se trasladó el hospital, en 1584, a esta sede más amplia y confortable. En casi 400 años de actividad ha devuelto la salud y la alegría de vivir a innumerables enfermos de muchas generaciones que, durante estos cuatro siglos, se han venido sucediendo en este lugar de cura. A los Hermanos de San Juan de Dios les traigo el aplauso y el agradecimiento de Roma, de la Iglesia y del Papa por esta bendita obra benéfica, que es para ellos auténtico título de gloria.

3. Juntamente con los religiosos qué dirigen el hospital, mi pensamiento va espontánea y justamente a todos los médicos que han prestado en el pasado y prestan hoy su trabajo para la curación y alivio de los hospitalizados.

Queridísimos médicos: Aprovecho gustosamente esta ocasión para expresaros también a vosotros, como ya he hecho en otras oportunidades, la benevolencia, la estima y la esperanza que la Iglesia pone en vosotros y en vuestra experiencia para una misión tan alta y generosa, como es la del servicio a los hermanos que sufren. Me es grato, a este prepósito, hacer mías las palabras que mi venerado predecesor Pío XII dirigió a un grupo de cirujanos en 1945: "¡Cuán elevado y digno de honor es el carácter de vuestra profesión! El médico ha sido designado por Dios para salir al encuentro de las necesidades de la humanidad que sufre. Dios, que ha creado este ser, consumido por la fiebre o desgarrado, al que veis aquí entre vuestras manos; El que lo ama con un amor eterno, os ha confiado la tarea nobilísima de devolverles la salud. Vosotros lleváis a la habitación del enfermo y sobre la mesa de operaciones algo de la caridad de Dios, del amor y de la ternura de Cristo, el gran Médico del alma y del cuerpo. Esta caridad no es un sentimiento superficial, que esté falto de firmeza... Efectivamente, es amor que abraza a todo el hombre, un ser que es hermano en la humanidad, y cuyo cuerpo enfermo todavía está vivificado por un alma inmortal, a la que todos los derechos de la creación y de la redención unen a la voluntad de su Maestro divino" (Discorsi e Radiomessaggi, VI, pág. 304).

He querido citar este pasaje estupendo del discurso de Pío XII, porque pone de relieve la misión de los médicos y la solidaridad humana y cristiana que deben demostrar juntamente con su saber y con los progresos de la medicina. También vosotros, bajo la severa investigación científica, siempre necesaria para un diagnóstico preciso, sabed tener un aliento humano y una profunda simpatía hacia aquellos que recurren a vuestra ayuda. ¡Sed siempre ministros de la vida; jamás, jamás instrumentos de muerte! Haced todo con amor, por amor de Cristo, el cual no dejará sin recompensa todo lo que hacéis por los más pequeños entre los suyos: ya que El ha querido identificarse con cada uno de ellos: "Quamdiu fecistis uni de his fratribus meis minimis, mihi fecistis" (Mt 25, 40).

Que os sostenga en vuestra profesión este motivo ideal; que sea el latido secreto que ennoblece vuestros esfuerzos; que sea el compromiso sagrado que os hace descubrir en los pacientes, sobre todo en los más abandonados, el rostro doloroso de Cristo y su mirada llena de gratitud. Dejaos guiar por estos sentimientos en el cuidado de vuestros enfermos y "el Dios de la caridad y de la paz será con vosotros" (2 Cor 13, 11).

4. Y a vosotros, queridos enfermos, presentes en esta reunión o esparcidos por las salas de este hospital, ¿qué os diré? Os renuevo una vez más mi saludo y mi afecto especial. Y luego os diré que os amo de verdad: no sólo por la caridad que todos nos debemos mutuamente, sino también por el título particular que os hace participar más que los demás en el misterio de la cruz y de la redención; os amo porque el dolor os confiere una dignidad que merece preferencia de afecto; os amo porque veo en vosotros los tesoros de la Iglesia, la cual se enriquece continuamente con el don de vuestros sufrimientos; os amo porque peregrináis hacia el cielo, siguiendo un sendero duro y áspero y pasáis a través de la puerta estrecha; os amo porque os pertenece la bienaventuranza reservada por Cristo a los que sufren. ¡Benditos seáis!

A todos vosotros, probados por el sufrimiento, y que ahora me escucháis, ¿acaso hay necesidad de recordar que vuestro dolor os une cada vez más al Cordero de Dios, el cual, mediante su pasión ha "quitado el pecado del mundo"? (Jn 1, 29). ¿Y que, por lo tanto, vosotros asociados a El en la pasión, podéis ser corredentores de la humanidad? Vosotros conocéis estas verdades luminosas. No os canséis nunca de ofrecer vuestras penas por la Iglesia, para que todos sus hijos sean coherentes con su fe, perseverantes en la oración y fervientes en la esperanza.

Os repito con fuerza lo que dije en el Cottolengo de Turín: "Con vuestro dolor podéis afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas. Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos generosamente en unión de los del Crucificado, pueden dar una aportación de primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal, que de tantos modos insidian a la humanidad contemporánea" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de abril de 1980, páginas 8 y 9).

Sabed aceptar y vivir bajo esta luz vuestras experiencias de dolor: no rehuséis jamás ofrecer al Señor y a la Iglesia el don de vuestros sacrificios y sufrimientos ocultos: vosotros mismos seréis los primeros en tener su mérito y recompensa.

5. Queridísimos hermanos y hermanas: Al terminar mi coloquio con vosotros en esta tarde del V domingo de Cuaresma, no puedo menos de hacer resonar el eco del anuncio de la esperanza, que hemos escuchado en la proclamación del Evangelio de la Misa de hoy. Antes de realizar el milagro de la resurrección de Lázaro en Betania, Jesús hace una solemne proclamación de Sí, que ha dado a generaciones y generaciones de cristianos, a través de los siglos, esperanza no falaz, más aún, firmísima certeza. Dice el Señor a Marta, hermana de Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre" (Jn 11, 25-26). En cuanto Hijo de Dios, Jesús no es solamente mediador para sus fieles, sino también autor o causa eficiente de esa vida superior que vence a la muerte y no es dada sólo en el último día, sino todos los días. El Señor pide a Marta y, por lo tanto, a todos nosotros esta fe. Respondamos también nosotros, juntamente con Marta, con una profesión de fe en Jesús, Mesías: "Sí, Señor: yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo" (Jn 11, 27). Reconozcamos también nosotros a Cristo como a nuestro Señor, como a aquel que está ante nosotros, lo mismo que estaba ante la tumba de Lázaro en Betania. También nosotros tenemos necesidad de resurrección. ¿Acaso no es toda nuestra vida un resurgir del mal, de la enfermedad,, de la muerte? Pero no temamos, hay un Salvador, está Jesucristo entre nosotros. El está ante nosotros y nos grita como a Lázaro: "Ven afuera" (Jn 11, 43). Sal fuera de tu enfermedad física y moral, de tu indiferencia, de tu pereza, de tu egoísmo y del desorden en que vives. Sal fuera de tu desesperación y de tu inquietud, porque ha llegado el tiempo anunciado por los Profetas, el tiempo de la salvación, en el que "yo os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío... os infundiré mi espíritu y viviréis" (cf. Ex 37, 12-14).

Vivamos nuestras vicisitudes terrenas con esta esperanza y con esta perspectiva que da a nuestra vida calma, serenidad interior, paz profunda y confianza, en la certeza común de que en nosotros no hay ni un fragmento de vida que no esté destinado a resucitar con Cristo.

Con este espíritu, en la proximidad de las santas festividades pascuales, expreso cordialmente a todos y a cada uno de vosotros fervientes votos de alegría cristiana y de continua resurrección en Cristo, nuestro Redentor.

Con mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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