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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO ORGANIZADO
POR EL INSTITUTO DE COOPERACIÓN UNIVERSITARIA (ICU)
Martes 14 de abril de 1981
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Bienvenidos a Roma una vez más. Siguiendo una entrañable y significativa
costumbre, os habéis reunido aquí para celebrar vuestro congreso anual. Sabéis
muy bien que es una alegría para mí reunirme con vosotros en esta circunstancia.
Sé que vuestro encuentro romano de este año ha estado también precedido de un
amplio trabajo de investigación, realizado en facultades e institutos de más de
400 universidades de todo el mundo. Y ahora os disponéis a sacar las
conclusiones de las encuestas y reuniones que, a nivel nacional, habéis venido
desarrollando en los últimos meses.
Observo con interés que seguís reflexionando con profundidad sobre las
implicaciones existentes entre el campo multiforme de los conocimientos
científicos, que constituyen el objeto de vuestro trabajo de estudiantes
universitarios, y aquellas verdades sobre el hombre y su destino, que están
iluminadas por una sabiduría más alta. Ya el año pasado tuve el placer de
hablaros sobre este tema, tan apasionante desde el punto de vista de la
investigación intelectual como de sus consecuencias morales: afecta, de hecho,
al universitario no sólo en su condición, por decir así, de profesional de la
cultura, sino también en su comportamiento diario y en sus responsabilidades de
servicio a la sociedad.
2. Este es el tema que deseo ofrecer hoy a vuestra reflexión: la experiencia y
el sentido de vuestra libertad. El estudio que os ocupa, el crecimiento de
vuestra formación cultural y humana, están haciendo madurar en vosotros una
percepción cada vez más plena de la libertad y de sus posibilidades. Esta
progresiva experiencia debe vivirse, sin embargo, no sólo como experiencia de un
don, sino sobre todo como un deber, como una fatiga; la fatiga de la
libertad, como he dicho hace poco hablando a los estudiantes y profesores de la
universidad de Roma. Estas palabras —deber, tarea— ponen inmediatamente la
conciencia ante la incontestable realidad de la responsabilidad moral, amplia en
sus contenidos y fuerte en sus exigencias, que recae sobre todo hombre
personalmente consciente de su propia libertad. Pero quien, como vosotros, vive
en la búsqueda de la verdad está llamado a descubrir tal responsabilidad moral
con una especial claridad. El deber que aparece ante vosotros es ante todo éste:
que la experiencia de tal libertad se fundamente y se consolide sobre el terreno
de aquellas verdades últimas que explican al hombre el sentido de la propia
existencia y del propio destino, y determinan las razones de las opciones
propias.
3. Se diría que el tema de la verdad ocupa un lugar privilegiado allí donde, por
naturaleza, está la sede en la que se elaboran la ciencia y la cultura, es
decir, en la universidad. Pero, ¿qué es la verdad? Quizás vosotros mismos
sois testigos de cómo esta pregunta, tan antigua y tan connatural al hombre,
suscita como ninguna otra perplejidad e indiferencia en los ambientes de vuestra
sociedad, debilitada por el pragmatismo, que tiende a traducir esta pregunta
fundamental en unos términos bien diferentes: ¿para qué sirve la verdad?
Empobrecido el interrogante en esta forma, no suscita ya ningún interés profundo
en el hombre.
Una verdad utilizada al servicio de los propios intereses ocupa el lugar de la
verdad que da al hombre su infranqueable y justa medida y que lo define como
hombre, en toda su dignidad de imagen de Dios. La diferencia es profunda, porque
cuando el hombre rehúsa la tarea de hacer radicar sólidamente su propia libertad
en el terreno de la verdad, justo en aquella primera actitud de la conciencia,
empieza a hipotecar su libertad misma: su actuar moral queda ya así
comprometido, por estar descentrado en su mismo punto de partida y en sus
aspiraciones. Pensad en esto: quien no quiere atemperar el uso de la propia
libertad según aquella decisiva verdad en torno a la condición y destino del
hombre, se expone a dejarse engullir por los que podrían definirse como
mecanismos de la adaptación social. ¿Libertad ilimitada o, más bien, rutina
y uniformidad? ¿Libertad o sumisión? Si en el desempeño de su tarea cultural, el
estudiante se da por satisfecho sólo con las verdades pragmáticas, entrará en la
vida profesional como el espectador que entra a tientas en un teatro oscuro,
guiado tan sólo por la tenue luz del escenario. La dirección y el puesto se lo
señalarán otros: serán éstos los únicos permitidos por un sistema de subvalores
que, con sus leyes implacables, limita todo criterio moral y reduce todos los
ideales al interés por el éxito, el prestigio o el dinero.
4. Ciertamente el utilitarismo y el materialismo práctico, tan extendidos hoy
día, no constituyen el humus más propicio para hacer que brote la
exigencia cristiana de una verdadera libertad y de una verdad libre de los
condicionamientos de las modas; precisamente por esto nos parece que la
universidad —la vida y la cultura universitaria— merecen y exigen de vosotros
ese servicio. Es decir, exigen esfuerzo para testimoniar con el ejemplo los
frutos personales y sociales de una libertad emparejada con las verdades últimas
sobre Dios y sobre el hombre.
En cambio, los programas pedagógicos que nacen a base de mortificar o ignorar
las más profundas aspiraciones del hombre, engendran más tarde o más temprano
frutos inhumanos de egoísmos y de violencias. Es una realidad que salta a la
vista de todos: los sobresaltos nihilistas de algunos ambientes universitarios,
¿acaso no constituyen también el resultado final de esos programas que halagan
al hombre haciendo brillar ante sus ojos la ilusión de una libertad sin límites,
porque saben que de este modo lo pueden controlar mejor, substrayéndolo en
primer lugar a Dios y después a sí mismo? Programado y hecho objeto de reducción
arbitraria, concebido y educado para ser apresado por las necesidades y por los
consumos de la sociedad materialista, el hombre al final se rebela. No
conociendo las verdaderas raíces de su propio malestar, desahoga ciegamente su
rabia: se convierte en instrumento de violencia inútil. Y hace añicos los
símbolos del bienestar material del que se siente prisionero. Hay que tener la
valentía de indagar y de decir el porqué.
5. Amadísimos: Sé que vosotros entendéis bien y apreciáis la importancia de los
tiempos en que vivimos. Sé que comprendéis y estáis dispuestos a asumir el
cometido que os espera como cristianos. Es necesario que sepáis crear dentro de
vosotros y alrededor de vosotros mismos amplios espacios de humanidad. Espacios
para acoger y para hacer madurar una sabiduría sobré el hombre que ilumine hoy
vuestros estudios universitarios e incidan el día de mañana en vuestro servicio
profesional. La' universidad me parece un ámbito especialmente adecuado para
descubrir y aceptar con coherencia la propia vocación de cristianos que viven en
el mundo y se sienten responsables del mundo. Es un gran cometido el de los
universitarios: no se le puede reducir a la necesidad de acumular conocimientos
de diversos sectores en los distintos campos del saber. Os aguarda el cometido,
la fatiga, de integrar las verdades parciales con la Verdad suprema, la libertad
con la responsabilidad moral, en una sólida unidad de vida cristiana.
Este esfuerzo os hará ver cada día cómo la verdad, a la que estáis abriendo las
puertas de vuestra mente y de vuestro corazón, no es una teoría abstracta, que
permanece al margen del empeño profesional. Es una luz que se proyecta sobre el
trabajo cotidiano y ayuda a descubrir su sentido humano y divino, la única
perspectiva dentro de la cual se ejerce realmente la libertad del hombre que es
la liberación de las coacciones del mal. He ahí la libertad que el hombre puede
hacer suya, solamente a condición de ponerse humildemente a buscar la Verdad
última.
Orientados hacia esta verdad que concierne a vuestra persona y vuestro fin,
estáis descubriendo la grandeza del cometido que se os ha confiado y las
inmensas posibilidades de servicio que se abren a cuantos confieren un horizonte
divino a la propia vocación profesional. "La verdad os hará libres" (Jn
8, 32), dice Jesús: la verdad que El anuncia al hombre no es, pues, una
abstracción, sino una luz que cala en nuestra vida. Es El mismo que proclama:
"Yo soy el camino, la verdad y la vida" (ib., 14, 6). El es el
guía para una vida libre de las coacciones del egoísmo y de la manipulación
social.
Quisiera que en el ánimo de todos vosotros hallasen eco las palabras del
Evangelio de San Juan: "Et vita erat lux hominum: la vida era la luz de
los hombres" (ib., 1, 4). El Verbo eterno de Dios se ha hecho hombre; la
Verdad y la Vida eterna se ha acercado a nosotros haciéndose vida humana y, por
lo mismo, haciéndose también donación hasta la muerte, como contemplamos en
estos días santos. He aquí, traducida en enseñanza real, la verdad más profunda
que le ha sido dada a conocer al hombre respecto a la vida. Cristiano es el que
libre y gozosamente imprime a la propia existencia el nuevo ritmo que la venida
de Cristo ha dado a la vida humana. Tened siempre la valentía de emplear así
vuestra libertad, dejando que en vuestra existencia —inteligencia, sensibilidad,
afectos— pulse este nuevo ritmo de vida inaugurado por el Hijo de Dios hecho
hombre.
6. Queridos jóvenes: Procedéis da áreas lingüísticas diferentes, pero a todos os
deseo que experimentéis la alegría y la fuerza de estar unidos en Cristo. No
retrocedáis, rechazad toda fantasía y todo falso mito de libertad: ¡Seguid a
Cristo!
Sólo así seréis capaces de ayudar a muchos de vuestros colegas a descubrir las
insospechadas dimensiones que adquiere su vocación universitaria a la luz del
misterio redentor de Cristo. Este es el servicio que os aguarda. Ante la
claudicación de quienes se dejan atrapar en los lazos de la búsqueda del placer;
ante la desesperación del nihilismo; ante la esterilidad de las ideologías
ateas, la Iglesia y la humanidad esperan de vosotros el testimonio claro y
gozoso de quienes imprimen a su compromiso intelectual y moral la marca del
testimonio de Cristo, en la libertad que El nos ha conseguido.
Saludando cordialmente ahora a los estudiantes de lengua francesa, continúo mi
exhortación en su idioma. Decía que vuestro compromiso debe llevar la marca de
la sabiduría de Cristo y de la libertad que El nos ha conseguido. No olvidéis
que Cristo es la Verdad, una Verdad que es Vida. No olvidéis que la Verdad
—Cristo— debe llegar a ser también vuestra vida diaria. Me refiero sobre todo a
la estrecha cohesión que habéis de establecer entre vuestra fe cristiana y esos
aspectos tan importantes de vuestra vida que son el estudio, la investigación, el trabajo: han de rebosar de
sentido de Dios.
Saludo también cordialmente a los estudiantes de lengua alemana. En el marco de
vida y de acción que habéis elegido, tened muy en cuenta vuestra vocación
cristiana. Ojalá se os conceda, hoy en vuestras tareas y obligaciones diarias en
la universidad, y mañana en vuestro trabajo profesional, encontraros
personalmente con Cristo y tenerle como Guía y Maestro; El es quien os muestra
el camino para que podáis servir a los hombres de un modo adecuado y
contribuyáis a garantizar su bienestar y su salvación.
Y también a vosotros, amados hermanos y hermanas de lengua portuguesa, os quiero
saludar cordialmente; os exhorto a todos a perseverar en este camino común, con
libertad responsable, a la luz de Dios y de la condición de cristianos,
decididos a vivir y a testimoniar de verdad la adhesión personal a Cristo como
opción unificadora de todas las demás opciones libres. El, Cristo, es siempre el
camino; y en todo momento nos invita a ser, como El, luz para nuestros hermanos
los hombres, "para la vida del mundo". ¡Tened confianza! En este camino nos
asiste siempre la amorosa y discreta presencia de María Santísima, Madre de
Cristo y Madre nuestra, y Sede de la eterna Sabiduría. A Ella encomiendo
a todos y a cada uno de vosotros.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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