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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL FINAL DEL VÍA CRUCIS EN EL COLISEO


Viernes Santo, 17 de abril de 1981

 

1. ¡Adorámoste, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa cruz has redimido al mundo!

Al atardecer de este día de Viernes Santo, hemos venido aquí, queridos hermanos y hermanas, romanos y peregrinos de distintas partes del mundo, para dar gloria a la cruz de Cristo.

Esta cruz está aquí, junto a los restos del Coliseo, como un signo.

En torno a esta cruz hemos meditado sobre el "Vía Crucis" de Jesús de Nazaret y su muerte de cruz.

"Jesús Nazareno, Rey de los Judíos" (Jn 19, 19): tal es la inscripción que mandó poner Pilato sobre la cabeza del Condenado.

Junto a esta cruz hemos meditado sobre la historia del Vía Crucis de los cristianos de las primeras generaciones y de los primeros siglos. Vía Crucis que llega hasta los lugares del martirio de Roma y del mundo antiguo. Los que perecieron por la fe. abrazaban con amor la cruz de Cristo mientras repetían: "Te bendecimos, oh Cristo, porque con tu santa cruz has redimido al mundo".

Tomaron sobre sí la señal de la redención, hecha incandescente con su propia sangre, completando así con su cruz "lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo" (cf. Col 1, 24).

Y así ha ocurrido también en las distintas épocas de la historia y en los distintos lugares de la tierra. Tanto en lugares próximos como en lugares lejanos. Mi reciente peregrinación a Extremo Oriente ha hecho recordar a todos el gran parecido existente entre el camino de nuestros hermanos y hermanas de aquellos lejanos territorios y el camino de las primeras generaciones de mártires que pasaron por aquí, siguiendo a Cristo hasta la muerte.

No podemos terminar esta jornada sin recordar, sin abrazar con la memoria y con el corazón a tantos hermanos y hermanas nuestros en la fe que, incluso en nuestra época, están preparados para ser ultrajados por amor del nombre de Cristo (cf. Act 5, 41) de distintas maneras, con diversas humillaciones, discriminaciones, encarcelamientos y torturas.

Todos vosotros, queridos "con-testigos" de los sufrimientos de Cristo, dondequiera que os halléis —sabed que estáis aquí presentes con nosotros en este Vía Crucis del Coliseo—, habéis estado presentes en el corazón del Papa, Sucesor de Pedro, y en el corazón de toda la asamblea.

2. ¡Adorámoste, Cristo Jesús!
Te adoramos, nos ponemos de rodillas.
No hallamos palabras ni gestos suficientes
para expresarte la veneración,
con la que nos sentimos
compenetrados ante tu cruz;
con la que nos sentimos
compenetrados ante tu humillación
hasta la muerte;
con la que nos sentimos
compenetrados ante el don de la redención,
ofrecido a toda la humanidad
—a todos y a cada uno—
mediante la sumisión total e incondicionada
de tu voluntad a la voluntad del Padre.

"Porque, amó tanto Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo" (Jn 3, 16).

Y el Hijo. Cristo Jesús, "a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios; antes... tomando la forma de siervo... se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz..." (Flp 2, 6-8).

Por esto precisamente se ha convertido en el Señor de nuestras almas: Redentor del mundo. Y precisamente por esto nos ha revelado hasta lo último el amor de Dios al hombre: el amor del Padre. Lo ha revelado en Sí mismo: en Sí, obediente hasta la muerte. Lo ha revelado, asumiendo la condición de siervo: de aquel Siervo de Yavé ya anunciado por Isaías:

«El soportó nuestros sufrimientos / y cargó nuestros dolores, / mientras que nosotros le tuvimos por castigado, / herido por Dios y abatido. / Fue traspasado por nuestras iniquidades / y molido por nuestros pecados. / El castigo de nuestra paz fue sobre él, / y en sus llagas hemos sido curados. / Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, / y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.

»Maltratado, mas él se sometió, / no abrió la boca, / como cordero llevado al matadero, / como oveja muda ante los trasquiladores. / Por la fatiga de su alma verá / y se saciará de su conocimiento. / El Justo, mi Siervo, justificará a muchos / y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso Yo le daré por parte suya muchedumbres, / y dividirá la presa con los poderosos / por haberse entregado a la muerte / y haber sido contado entre los pecadores, / llevando sobre Sí los pecados de muchos / e intercediendo por los pecadores» (Is 53, 4-7. 11-12).

El ha revelado el amor del Padre en su amor. Desde lo alto de su cruz tiene el derecho de hablar a los hombres de todos los tiempos: "Quien me ve a mí ve al Padre" (cf. Jn 14, 9):

El nos ha revelado mediante su cruz y su pasión al Padre de todos los hijos pródigos. Mediante su muerte nos ha revelado que en el mundo existe el Amor, el Amor más fuerte que la muerte. Y más fuerte que el pecado. Nos ha revelado a Dios "rico en misericordia" (Ef 2, 4). El ha abierto ante nosotros el camino de la esperanza.

3. Y ahora nosotros, que al terminar este día de Viernes Santo nos hallamos junto al Coliseo, junto a la cruz de los siglos, deseamos por medio de tu cruz y de tu pasión, oh Cristo, gritar a esa misericordia que de manera irreversible ha entrado en la historia del hombre —en nuestro entero mundo humano— y que no obstante las apariencias de debilidad es más fuerte que el mal. Es el poder más grande, la fuerza en que puede apoyarse el hombre amenazado desde tantas partes.

Hágios o Theós
Hágios o Ischyrós
Hágios Athánatos, eléison hymás.

Sanctus Deus
Sanctus Fortis
Sanctus Inmortalis, miserere nobis.

Oh Dios Santo
Santo y Fuerte
Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros.

Ten piedad: eléison, miserere.

La potencia de tu amor se demuestre, una vez más, más fuerte que el mal que nos amenaza. Se demuestre más fuerte que el pecado —que los muchos pecados— que se arrogan, de manera cada vez más absoluta, el público derecho de ciudadanía en la vida de los hombres y de las sociedades.

La potencia de tu cruz, oh Cristo, se demuestre más fuerte que el autor del pecado que se llama "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).

Porque con tu Sangre y tu Pasión, has redimido al mundo. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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