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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO NACIONAL ITALIANO
DE ARTE SACRO


Lunes 27 de abril de 1981

 

Venerados hermanos,
queridísimos artistas:

1. Al dirigiros mi saludo quiero daros las gracias de esta visita a la casa del Papa, al Vaticano, donde tantos grandes maestros del pasado han hablado de fe con el lenguaje del arte. La basílica y los solemnes edificios circundantes son piedras que dan testimonio de esta síntesis espiritual; aquí encontráis un pensamiento y un programa, la actualidad perenne del credo católico y de la Iglesia; en torno a la Sede de Pedro, en el lugar de su martirio y a través de estas insignes obras de arte, se hace visible a las almas y al pueblo el deseo profundo de confesar la fe. El arte confiesa a Dios y, al perseguir la belleza, la mayor parte de las veces halla motivos para encontrarse con la verdad.

La Iglesia y su Pastor están al servicio de una causa, la del hombre. Pues bien, la experiencia enseña que acercándonos a Cristo, el hombre interior recobra la fuerza primigenia del amor. Es importante que tengáis conciencia de ello y procuréis fijar siempre ante los ojos esta orientación honda que une al hombre a lo sobrenatural.

Por otra parte, vuestra mediación entre el Evangelio y la vida puede recibir inspiración del mismo Cristo, ya que El llegó a entrar también a través de las imágenes en la mente y en el corazón de los Apóstoles y del pueblo. Con los Evangelios entró el arte en la historia. De los pequeños centros de Galilea y Judea acudían la gente a escuchar el mensaje. Y Jesús revistió admirablemente la narración, la modeló —diríamos con palabras modernas— de manera que se llegase a ver, además de oír. Habló del pastor que había perdido la oveja, del sembrador que había esparcido la semilla en terrenos diferentes, del hijo pródigo que se había ido de casa. Y enseguida caían en cuenta los oyentes de que se trataba de ellos, ovejas perdidas, semilla que debiera haber fructificado, hijos buscados por el amor del Padre.

2. A este propósito acude espontáneamente el recuerdo de la figura del Buen Pastor, símbolo del Salvador, que encontramos en los antiguos cementerios cristianos, en pinturas, sarcófagos, epitafios y esculturas, en especial la imagen tan conocida por su sugestiva belleza que se conserva en los Museos Vaticanos.

Y si salimos de esta pequeña isla vaticana y juntos nos adentramos por las ciudades y campos italianos, por las zonas de grandes centros históricos y por rincones perdidos de la península, se suceden recuerdos e imágenes en catedrales, iglesias parroquiales, oratorios, capillas y edificios sagrados de los que parece surgir esta única voz: Dios se ha hecho hombre. Dios ha muerto y resucitado por nosotros.

El episcopado, el clero, los artistas y los obreros que han levantado estas aulas y templos de oración para expresar la voluntad de la asamblea litúrgica, la tradición el culto y la vida sacramental, quisieron representar el Cuerpo místico de la Iglesia, el memorial de la Pascua, el misterio de la unidad.

En este sentido el arte religioso es un gran libro abierto, una invitación a creer para comprender. Escribía San Agustín: "Fides si non cogitatur nulla est" (De praedestinatione sanctorum, 5; PL 44, 963). La recompensa de la fe es esta luz más grande, la luz de la gracia que ayuda a la mente a ver más allá del mundo sensible. La obra de arte que hace alusión a Dios es un signo, una invitación, un estímulo a la investigación.

En tantas y tantas obras —pienso en Europa y en continentes lejanos que he visitado en mis peregrinaciones apostólicas— he podido comprobar con admiración la identidad de la fe transmitida en expresiones de arte tan diferentes de por sí. Por ello, os exhorto a una relectura del arte en cuanto revelación de una realidad interior que los creyentes de todos los tiempos nos han confiado a todos nosotros, cual voz de la fe y presencia de Cristo y de su Iglesia.

3. Esta exhortación, amigos artistas, sobre la tradición de las imágenes sagradas forma parte de una enseñanza que va desde las Cartas de San Gregorio Magno a las de Adriano I, de las Cartas de los Papas del Renacimiento hasta las Constituciones del Concilio Vaticano II.

El capítulo VII de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia está dedicado al arte sacro y toca temas de gran interés, tales como la libertad de estilos, las imágenes sagradas, la formación de los artistas y la educación artística del clero. Así en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes, donde se habla de la armonía entre cultura humana y enseñanza cristiana (parte II, cap. 2), se afirma claramente la gran importancia del arte en la vida de la Iglesia. "Se propone expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y experiencias en el intento de conocerse mejor a sí mismo y al mundo, y de superarse; se esfuerza por descubrir la situación del hombre en la historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y alegrías de los hombres" (núm. 62). Y, ¿cómo no recordar, entre los mensajes que dirigieron los padres al final de la Asamblea ecuménica a los distintos grupos de hombres, el dedicado a los artistas? "Si sois los amigos del arte verdadero, vosotros sois amigos nuestros. La Iglesia está aliada con vosotros desde hace mucho tiempo... La Iglesia os necesita... No rehuséis poner vuestro talento al servicio de la verdad divina".

Mi augurio personal es que abráis una época nueva en el arte. Un presentimiento y un auspicio en este sentido nos ofreció el Pontífice Pablo VI, de venerada memoria, que acogió vuestro testimonio en la "Colección de arte religioso moderno" en los Museos Vaticanos.

4. La mención de los Museos Vaticanos me lleva con el pensamiento espontáneamente a las valiosas colecciones de objetos de arte religioso existentes en las diócesis. Para proporcionar digno decoro al culto, los artistas de todos los tiempos idearon formas y expresiones nuevas de las que las iglesias varias han recibido su aspecto inconfundible. Los objetos sacros, pinturas, esculturas y cuanto se guarda en las distintas sacristías, dentro de la seo y en los tesoros de las catedrales, constituyen un testimonio privilegiado de convicción religiosa firme y arraigada. Por tanto, estas obras pertenecen a la historia de la piedad que tiene capítulos extensísimos donde confluyen las experiencias del arte unidas a las ideas que las inspiraron. Son documentos a conservar, al igual que los libros de las bibliotecas y los valiosos fondos de archivos.

Los museos diocesanos no son, pues, depósito de objetos muertos, sino colección de obras que se debe seguir contemplando dentro de una trayectoria que, después de la clasificación y el estudio, las coloca de nuevo en el contexto de la historia de la diócesis. A este respecto existen disposiciones legislativas tanto eclesiásticas como civiles. Aconsejo observar tanto unas como otras, porque estoy convencido de que ello redundará en provecho de las obras de arte, ya que quedarán más garantizadas su conservación y custodia.

Estamos en una época en que se valorizan los objetos antiguos y las tradiciones, con el intento de recuperar el espíritu primigenio de cada pueblo. ¿Por qué no habría de hacerse lo mismo en el campo religioso a fin de sacar de las obras de arte de cada época indicaciones preciosas sobre el "sensus fidei" del pueblo cristiano? Profundizad, pues, vosotros para desvelar el mensaje transmitido en el objeto por la huella creadora de los artistas del pasado. Saldrán a la luz incontables maravillas cada vez que la piedra de comparación sea la religión.

5. Antes de concluir quisiera manifestar mi complacencia por algunas iniciativas que me han parecido interesantes. Uno de vuestros grupos ha estudiado la Encíclica Dives in misericordia con el propósito de plasmarla en imágenes visuales. Cada uno tenemos nuestro modo propio de leer, y el vuestro es ciertamente uno de los mejores, pues se hace portador de un mensaje que todos podemos intuir fácilmente. Habéis pensado en las palabras, en las obras de misericordia y en los temas de nuestro tiempo, incluido el de los arsenales atómicos; y habéis sentido el ansia de colaborar en la irradiación del mensaje de la paz.

También se me ha comunicado que otros tienen el deseo de presentar a las familias, a los nuevos hogares, una imagen de la Virgen. Entre las impresiones más entrañables de mi vida están los iconos de la Virgen, los de Oriente tan altamente espirituales, y los de Occidente tan dulces y humanos, también los del Beato Angélico, tan puros y devotos. Qué fácil es orar ante estas imágenes y decir "Mater amabilis, Mater admirabilis, Mater boni consilii...". Las letanías brotan espontáneamente de los labios.

Trabajad, por tanto, en esta dirección, y cercanos —es éste mi augurio— al alma del Pueblo de Dios. El estudio iconográfico os llevará a crecer en el conocimiento de la verdad dogmática y a caer en la cuenta de cómo se encuentran la tradición litúrgica y la devoción privada. La Virgen Madre ocupa el centro de la producción artística de todos los tiempos. Y también hoy resplandece de luz en cada rincón de la tierra, y hace latir el corazón de la Iglesia "Maria Mater Ecclesiae".

A la vez que os confío a vosotros y vuestras actividades a su protección, expreso el deseo de que gracias a la colaboración práctica entre liturgistas, arquitectos, artistas y comunidades parroquiales, surjan nuevas expresiones de belleza que canten la magnificencia eterna de Dios creador y redentor del hombre con el lenguaje artístico de nuestros días. Con estos sentimientos os imparto de corazón mi bendición apostólica, que extiendo gustoso a todos vuestros seres queridos.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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