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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ORQUESTA JUVENIL DE LA COMUNIDAD EUROPEA


Jueves 30 de abril de 1981

 

Queridos amigos:

Me hace feliz esta oportunidad de estar con vosotros, jóvenes músicos que formáis la orquesta juvenil de la Comunidad Europea. Sé que estáis aquí para ayudar a las personas impedidas de Europa, con un concierto benéfico que daréis esta tarde; y también para ayudar a las víctimas del terremoto del Sur de Italia, con otros conciertos en un futuro próximo. Por la generosidad que habéis desplegado a este respecto, me da alegría especial recibiros hoy.

Llegáis a Roma en el momento en que la Iglesia celebra con entusiasmo renovado la resurrección de Cristo, fue El quien dijo de Sí mismo: "He venido para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). Con su sufrimiento y muerte hizo patente la hondura de su amor a todos. Con su resurrección ofrece una primavera de esperanza a cuantos modelen sus actos según el amor sacrificial de Cristo a los demás. El Concilio Vaticano II recuerda a la Iglesia su obligación de preocuparse para que la vida en el mundo sea más conforme "a la excelsa dignidad del hombre" (Gaudium et spes, 91) en todos los aspectos, a fin de conseguir que la vida sea más humana.

Al cumplir esta tarea, la Iglesia está interesada en todo lo que tiene repercusión en la persona humana. Como dije en mi Encíclica Redemptor hominis, "el hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión; él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo" (núm 14). Con verdadero interés me he fijado en los objetivos y fines de vuestra orquesta sinfónica de la Comunidad Europea. Sé que también vosotros compartís con la Iglesia el hondo deseo de hacer cada vez más humana la vida. Y os esforzáis de dos maneras por conseguirlo.

Ante todo, la expresión artística de  vuestra música hace vibrar los anhelos y sentimientos más profundos del espíritu humano. Vuestras ejecuciones enriquecen la vida a vosotros y a vuestros oyentes, no tanto por la destreza humana cuanto porque despiertan en el alma humana mayor aprecio de la verdad, la belleza y la bondad.

Y por encima de esto, tratáis además de ejercitar el aspecto social y ético de vuestra ejecución artística ofreciéndola con gozo en el corazón a beneficio del prójimo. De este modo tratáis de establecer solidaridad entre los diferentes pueblos, unir a los que están separados por la diferencia de culturas o de vínculos nacionales, retar a vuestros oyentes a traspasar los factores externos que tienden a levantar barreras entre los individuos, con el fin de subrayar la dignidad fundamental de toda vida humana desde el mismo momento de la concepción.

Vuestra orquesta es una aportación a un futuro de cooperación y comprensión crecientes entre las naciones de Europa y, en último término, quizá también del mundo entero. Porque estos elementos son sillares que construyen la paz mundial y la justicia internacional, y reflejos de lo que hay de más noble en el espíritu humano.

Me congratulo con vosotros, hermanos y hermanas mías, por esta valiosa aventura. Sé que encontraréis gran satisfacción personal trabajando juntos, tanto por la alegría de interpretar la música. como por las amistades que entabláis.

Pero además de esto, rezo para que los ideales de impulsar la dignidad de todos los hombres y mujeres, se potencien efectivamente en el corazón y actitudes de quienes entienden vuestro mensaje. Pido a Dios todopoderoso que conceda éxito a todos vuestros esfuerzos por conseguir que la vida sea cada vez más humana. Dios os bendiga a todos.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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