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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS DEL POLICLÍNICO GEMELLI
AL DEJAR EL HOSPITAL


Viernes 14 de agosto de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas:

El 13 de mayo, después del atentado contra mi vida, inmediatamente encontré ayuda eficaz en esta casa que lleva el nombre de "Policlínico Gemelli".

Al cabo de tres meses que en su mayor parte he transcurrido entre vosotros, después de la feliz operación conclusiva del 5 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, y una vez recobrada la salud en el sentido clínico, puedo volver hoy a casa para recuperar las fuerzas indispensables con el fin de seguir ejerciendo mi ministerio en la sede de San Pedro.

Deseo, pues, en este momento despedirme de toda esta institución hospitalaria que, bajo el nombre elocuente del padre Agostino Gemelli, constituye una parte orgánica de la Universidad Católica de Italia, vinculada a la facultad de medicina de dicha Universidad.

Ahora debería expresar un gracias profundo y repetido a muchos hombres del Policlínico Gemelli —y también a los otros profesores invitados a colaborar—, a los que tanto debo por su asistencia durante estos tres meses, desde la dramática tarde del 13 de mayo. Pero dejo para otra ocasión la manifestación adecuada de toda esta gratitud.

En cambio, y junto con todos aquellos a quienes es obligado el agradecimiento humano y también con cuantos me escuchan en este momento, deseo dar gracias a Dios, Creador y Señor de la vida, por la vida salvada y la salud recuperada por obra, sí, de tantos hombres cualificados y plenamente entregados, pero también por la oración y el sacrificio de innumerables amigos, del mundo entero podemos decir.

Al agradecer este don de haber salvado la vida y recuperado la salud, en este momento deseo dar las gracias también por otra cosa: efectivamente, en estos tres meses se me ha concedido pertenecer a vuestra comunidad, queridos hermanos y hermanas, a la comunidad de los enfermos que sufren en este hospital y que por esta razón constituyen en cierto sentido un organismo particular en la Iglesia, en el Cuerpo místico de Cristo. De modo especial se puede decir con San Pablo que completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo... cf. Col 1, 24). A lo largo de estos meses se me ha concedido pertenecer a este organismo particular. Y también de esto os doy cordialmente las gracias, hermanos y hermanas, en este momento en que me despido de vosotros y dejo vuestra comunidad.

No hay duda de que ha habido y hay entre vosotros muchas perdonas a quienes los sufrimientos, incomparablemente superiores a los míos y soportados con amor, asemejan mucho más al Crucificado y Redentor...

No pocas veces he pensado en esto y os he abrazado en la oración como obispo vuestro... Y a veces me ha llegado la noticia de que a algunos el Señor de la vida les había llamado a Sí en el curso de estos meses...

Todo esto lo he vivido día tras día, queridos hermanos y hermanas, y hoy al despedirme os lo quiero decir. Ahora sé mejor que antes que el sufrimiento es una dimensión tal de la vida que a través de él penetra en el corazón humano, como de ninguna otra forma, la gracia de la redención. Y si deseo que todos y todas abandonen este hospital con la salud restablecida, también y no menos intensamente os deseo a todos que llevéis de aquí ese injerto profundo de la vida divina que la gracia del sufrimiento encierra en sí.

Como obispo os bendigo una vez más con el poder recibido de Cristo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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