DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II A JOSÉ MARÍA
ÁLVAREZ DE TOLEDO EMBAJADOR DE ARGENTINA ANTE LA SANTA
SEDE*
Domingo 5 de diciembre de 1981
Señor Embajador:
Sean mis primeras palabras para dar la más cordial bienvenida a
Vuestra Excelencia, que en este acto me entrega de manera oficial sus Cartas
credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República
Argentina ante la Santa Sede.
Permítame ahora que ante Vuestra Excelencia, en cuanto
representante de tan noble País, deje constancia de mis sentimientos paternos
hacia los amadísimos hijos argentinos, cuyas muestras de afecto y de religiosa
cercanía he podido apreciar desde el comienzo de mi servicio pastoral a la
Iglesia universal y, sobre todo, con motivo del atentado que sufrí en el pasado
mes de mayo.
Es ésta una razón más para congratularme con Usted, porque
asume la alta misión de representar aquí a un pueblo, cuya configuración a lo
largo de su historia en su vida interna y en el concierto mundial se ha ido
asentando sobre un sólido substrato de tradiciones culturales, morales y
espirituales que, enraizadas en la fe cristiana, ennoblecen a sus gentes: esas
mismas tradiciones que, vivas aún, porque son ya patrimonio de la comunidad
nacional, además de dar un amplio respiro y confianza a su quehacer diario en
las dificultades del presente, ofrecen buenas y fundadas esperanzas para nuevas
perspectivas de progreso ordenado y pacífico en el futuro.
En efecto, hoy más que nunca se tiene conciencia de que las
tareas en favor de la paz y del progreso – esas dos demandas tan persistentes
y agobiantes para el espíritu humano en nuestro tiempo – adquieren
credibilidad y vigencia en el ámbito propio, cuando logran de veras atraer los
ánimos y suscitar una aplicación aunada de las voluntades, porque tienen como
pauta y como objetivo principal colmar las legítimas exigencias y aspiraciones
de la persona, en orden a su completo desarrollo en el contexto social.
La presencia de la Iglesia en la República Argentina habla por
sí misma en favor de esta tarea de animación, a la que ha ofrecido todos sus
recursos morales y espirituales, y la acción de sus hijos.
En el ejercicio de la misión recibida de Cristo, la
preocupación por la elevación integral del hombre ha sido una constante. De
ahí que sus desvelos se desplieguen sobre todo en el terreno espiritual y
moral, para así traslucirse mejor en los campos de la educación, de la
cultura, del trabajo, de la asistencia y del apostolado social; al hacer esto,
persigue no sólo guiar al hombre hacia la responsable actuación en su existencia
personal, sino también alentarlo hacia una convivencia fructuosa, dentro de la
cual sienta los beneficios de ser solidario y partícipe con los demás en los
proyectos de la vida comunitaria.
En este sentido, la Iglesia en Argentina ha tratado, dentro de
lo posible y en el ámbito de su competencia, de examinar a la luz del Evangelio
la realidad toda de la vida comunitaria y dar orientaciones prácticas que sustentaran
una colaboración al bien común y favorecieran la aplicación y el respeto de
los derechos de cada persona, poniendo en guardia contra la violación de los
mismos. En ese espíritu, los Obispos argentinos han emanado, en el mes de julio
pasado, un documento sobre Iglesia y Comunidad Nacional, que quiere ser y será
ciertamente una ayuda al reforzamiento de los espíritus y un servicio a la
deseada implantación de las instituciones democráticas, a las que Vuestra
Excelencia acaba de aludir. En esa misma línea se ha inspirado en su tarea de
aliviar ciertas heridas que el cuerpo de la Nación siente todavía
dolorosamente.
A la tarea de mutuo entendimiento a nivel internacional, se ha
sumado esta Sede Apostólica, para tratar de favorecer la solución del
diferendo sobre la zona austral. Tomo nota con agrado de las palabras
pronunciadas por Vuestra Excelencia, que ponen de manifiesto una gran confianza
en la obra mediadora que he asumido, encaminada a establecer, una vez superadas
las dificultades, una estrecha y cordial colaboración entre la Nación
Argentina y la nación hermana, Chile.
A este respecto quiero expresar aquí mi sentido deseo de que,
gracias a la buena voluntad de todos – de las autoridades y del pueblo
argentinos – las negociaciones puedan avanzar sin demora y se responda así a
los intereses y esperanzas de ambas Naciones, que anhelan la conclusión feliz
del problema en cuestión: va en ello la paz y la concordia, en pro del
verdadero bien de los dos pueblos. Esa conclusión feliz, a la que todos
aspiramos, comportará necesariamente efectos saludables para las relaciones
bilaterales y también, en un círculo más amplio, para las relaciones
internacionales.
Señor Embajador: Con mis mejores votos por un acertado éxito
en la misión que le ha confiado su Gobierno, me es grato asegurarle también,
junto con mi benévolo apoyo en ese cometido, un recuerdo particular en las
oraciones por Vuestra Excelencia, por su familia y por toda la querida Nación
Argentina.
*AAS 74 (1982), p. 223-225. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. IV, 2 1981 pp.829-831. L'Attività della Santa Sede 1981 pp. 696-698.
L'Osservatore Romano, Edición semanal en lengua española, n.50, p.11.
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