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DISCURSO DE JUAN PABLO II
A ERNESTO RUIZ RADA
EMBAJADOR DE BOLIVIA ANTE LA SANTA SEDE*

7 de diciembre de 1981

 

Señor Embajador,

En este acto de presentación oficial de sus Cartas Credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Bolivia ante la Santa Sede, deseo que mis primeras palabras sean de deferente saludo y bienvenida.

He escuchado con ánimo reconocido sus expresiones de congratulación por la recuperación total de mi salud y por la vuelta a mi servicio pastoral en la Sede de Pedro, así como las nobles palabras con las que cobran renovada vida los sentimientos de admiración y gratitud de Vuestra Excelencia por la labor evangelizadora de la Iglesia en tierras bolivianas. En efecto, desde los albores de vuestra historia patria hasta nuestros días, se han ido delineando, paulatinamente y sin rupturas, algunos de los elementos más determinantes de vuestro rico patrimonio individual, familiar y social: un sentido profundamente religioso de la vida, una estima creciente de los valores inalienables de la familia y la práctica de las normas de un código superior de conducta moral. Esto ha hecho de vuestro Pueblo y de sus habitantes, aun en las situaciones más difíciles, una comunidad seriamente preocupada por el mantenimiento de los genuinos valores humanos y cristianos.

Al acercarse la humanidad al último periodo del siglo XX, el hombre se hace cada vez más consciente de la necesidad de vivir con creciente intensidad los principios éticos y espirituales, base para una convivencia pacífica y un desarrollo verdaderamente humano. Esos principios ayudarán a fomentar el desarrollo integral de las personas y de toda la sociedad, unida en un espíritu solidario que pueda conducir a implantar además la verdadera paz, basada en el respeto y garantía de los derechos individuales y colectivos. Para conseguir esta esperanzadora meta hay que saber discernir las diversas exigencias de la justicia y el amor, testimoniados tan admirablemente por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

La Iglesia Católica, ayer como hoy, fiel a su misión de llevar el mensaje de salvación a todos los pueblos, sigue iluminando, alentando y defendiendo los derechos de la persona humana, sobre todo de los que no pueden defenderse. En efecto, como afirma el Concilio Vaticano: “ La Iglesia, persiguiendo su finalidad salvífica, no sólo otorga al hombre la participación en la vida divina, sino que refleja en cierto modo su luz sobre el mundo universo, precisamente porque sana y eleva la dignidad de la persona humana, afianza la consistencia de la sociedad e impregna la actividad cotidiana del hombre de un sentido y significado más profundo. Así la Iglesia, por cada uno de sus miembros y por toda su comunidad, cree poder contribuir mucho a la humanización de la familia humana y toda su historia ”.

Por parte mía aliento al Pueblo de Bolivia y a sus Responsables a no olvidar la valiosa herencia humana, religiosa y cultural recibida y ser capaz de incrementarla y transmitirla a las generaciones futuras; a trabajar ilusionado por mantener, como ideal prioritario, el respeto mutuo, para vivir en un clima de paz solidaria; a tender la mano a los hermanos necesitados y, de modo especial, a los grupos socialmente marginados, cooperando con los demás países en la labor de humanizar al hombre y de hacerle respetar, en el ámbito privado y público y a todos los niveles, las normas de un bien entendido código de moralidad.

Señor Embajador, al concluir este encuentro, le ruego haga llegar mi atento saludo al Señor Presidente de la República, a las Autoridades y a todos los queridos hijos de Bolivia.

A todos encomiendo al Señor, mientras pido de modo particular por Vuestra Excelencia, para que, con la ayuda divina y bajo el amparo maternal de Nuestra Señora de Copacabana, cumpla con acierto la misión que le ha sido confiada ante esta Sede Apostólica.


*AAS 74 (1982), p. 231-233.

Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. IV, 2 1981 pp.852-854.

L'Attività della Santa Sede 1981 pp. 705-706.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1982 n.1 p.10.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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