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PLEGARIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA VIRGEN INMACULADA


Plaza de España, Roma
Martes 8 de diciembre de 1981

 

1. ¡Madre Inmaculada!

En este día solemne, mientras nos encontramos ante tu imagen, de acuerdo con la tradición de la ciudad en la que se halla la Sede de Pedro, deseamos, sobre todo, expresar el amor y la veneración, con que rodeamos tu Inmaculada Concepción, que es signo del adviento de Dios y de la esperanza humana.

Los tiempos en que vivimos tienen una necesidad particular de este signo.

2. Efectivamente, el mundo de hoy —como enseña el último Concilio— padece múltiples desequilibrios y todos "están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano.

"...Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. Por una parte, el hombre... experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos... Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo...

"Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad...".

La vida de muchos "está impregnada de materialismo práctico...".

Muchos "abrigan el convencimiento de qué el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos los deseos".

"Y no faltan, por otra parte, los que han dudado del sentido de la vida..." (cf. Gaudium et spes, 10).

Se podría completar este cuadro, trazado hace más de diez años por el Concilio, con diversos pormenores que demuestran la gran amenaza que pesa sobre el hombre y sobre el mundo. Estos detalles son suficientemente conocidos por todos los que están aquí reunidos.

3. Por esto, los tiempos en los que vivimos tienen necesidad de Ti, Inmaculada Madre del Salvador, que por todas las generaciones no cesas de ser el signo del adviento de Dios y el signo de la esperanza humana.

Ante este signo se encontró el Papa Pío XII, el cual, en los horribles tiempos de la segunda guerra mundial, consagró a tu Corazón Inmaculado todo el género humano.

Ante este signo está aquel que, por voluntad divina, es hoy su Sucesor en su Sede romana, y dice:

"Madre de los hombres y de los pueblos, Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas. Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu corazón y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los pueblos que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú también esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana, a la que con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza".

4. Monstra Te esse Matrem!

Muéstranos que eres Madre, aun cuando merezcamos tan poco este amor materno.

¡Pero el amor de una madre es siempre más grande! En él se manifiesta la misericordia de Dios mismo, que es más potente que todo el mal que se ha enseñoreado de la historia del hombre y de su corazón.

Tú, que has aplastado la cabeza de la serpiente, abraza a todo el mundo en tu Corazón Inmaculado.

¡Muéstrate Madre! Monstra Te esse Matrem!

Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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