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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESORES Y ALUMNOS
DEL COLEGIO DE DEFENSA DE LA OTAN*


Martes 3 de febrero de 1981

 

Queridos amigos:

1. Me complazco en dar la bienvenida a los miembros del Colegio de Defensa de la OTAN y a sus familias. Por lo que veo, habéis seguido durante seis meses un programa educativo y habéis estudiado temas culturales y morales orientados a reforzar la solidaridad internacional. Me doy cuenta de la importancia de esta empresa por el hecho de que la meta última es el incremento de la paz mundial.

Como sabéis, he hablado muchas veces sobre mi gran interés por la paz. Estoy convencido de que con la ayuda de Dios entra en vuestras capacidades humanas la consecución de la paz para todos y entre todas las naciones. Sin embargo, escapa muchas veces de nuestras manos la verdadera paz, precisamente porque la consideramos estructura que se ha de imponer, en lugar de proceso que se debe fomentar desde dentro. La paz constituye una realidad dinámica cimentada en la relación armónica entre las personas y, como tal, exige nuestro constante esfuerzo. Para conseguir la paz duradera, en primer lugar debemos estudiar sus elementos constitutivos, y ello incluye la investigación de los peligros que amenazan la paz.

2. En mi última Encíclica indiqué que la primera de las amenazas contra la paz es no sólo la acumulación de armas atómicas, sino la manipulación de la noción misma de paz, manipulación provocada por intereses particulares. A este respecto afirmé: «Los medios técnicos a disposición de la civilización actual ocultan, en efecto, no sólo la posibilidad de una autodestrucción por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación "pacífica" de los individuos, de los ambientes de vida de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Piénsese también en la tortura todavía existente en el mundo, actuada sistemáticamente como instrumento de dominio y de atropello político, y practicada impunemente por los subalternos» (Dives in misericordia, 11).

De modo que no puede haber paz allí donde se niega la dignidad individual de cada persona. Pues dondequiera que encontremos que una persona es dominada por otra en la opción última de su destino o en el acceso debido a la verdad, allí descubrimos ya la semilla del resentimiento más amargo y de la animosidad más profunda. Sí, garantizar la libertad es parte esencial de la obra en favor de la paz. Esta es la razón por la que elegí para la jornada mundial de la Paz el lema: "Para servir a la paz, respeta la libertad".

3. Durante estos meses transcurridos en Roma, habéis estudiado la complejidad de la paz mundial y habéis acrecido y aumentado la convicción de la necesidad de alcanzarla. Vuestra investigación os sitúa ahora entre los hombres y mujeres a quienes los demás mirarán para que les guíen en este campo.

Oro para que la consideración de la dignidad humana no os falte nunca al tratar de obtener la paz. Que reconozcáis siempre el valor incomparable de toda vida humana, ya desde el momento mismo de la concepción. Que vuestra colaboración en la construcción de la paz apele siempre a lo que hay de más noble en el corazón de cada persona.

Y que la paz, reflejo de la misma bondad de Dios, colme vuestros corazones y hogares, a fin de estimularos a ser artífices incansables de la causa de la paz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.11 p.16.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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