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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO NACIONAL ITALIANO
SOBRE EL TEMA «MISIONES AL PUEBLO PARA LOS AÑOS 80»


Viernes 6 de febrero de 1981

Queridísimos hermanos:

1. Ciertamente no podíais proporcionarme una alegría mayor que la de celebrar este I congreso nacional vuestro sobre las "Misiones al pueblo para los años 80". Es un verdadero consuelo el que me traéis hoy y por este motivo os recibo muy gustosamente en esta audiencia particular, os saludo con afecto y os manifiesto mi complacencia y aprecio por vuestra magnífica iniciativa: en efecto, el congreso se ha convocado muy oportunamente para recordar el V aniversario de la Carta Apostólica "Evangelii nuntiandi" de Pablo VI, de venerada memoria, documento de importancia excepcional, síntesis doctrinal y disciplinar de extraordinario valor, que ilumina y da orientaciones en el campo delicado y esencial de la evangelización, mensaje fundamental al que será necesario siempre hacer referencia.

Saludo a los organizadores y a las varias comunidades tradicionalmente comprometidas en este apostolado típico de la predicación al pueblo: a los padres lazaristas, pasionistas, redentoristas, franciscanos de las tres familias, misioneros de la Preciosísima Sangre, jesuitas, dominicos, oblatos de María Inmaculada, oblatos misioneros de Rho y otros más, entre los cuales quiero recordar a los sacerdotes seculares que se dedican a esta obra en las propias diócesis, igual que a las religiosas y a los laicos que ayudan en ella. Si en el corazón del Vicario de Cristo están presentes todos los hombres con sus ansias y sus ideales, mucho más presentes estáis vosotros, que tenéis la alta y tremenda misión de anunciar el Evangelio en la sociedad moderna, de predicar la "Palabra de Dios" a la humanidad, señalando la verdadera finalidad de la existencia, el significado auténtico del viaje terreno, tan difícil y lleno de insidias, y sin embargo, tan extremadamente importante.

Os manifiesto, además, mi gratitud y la de toda la Iglesia por el interés y la buena voluntad en mantener y actualizar la piadosa y eficaz práctica de las misiones populares. Recordando lo que mandó el Divino Maestro: "Id y enseñad a todas las gentes..., enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt 28, 19-20), no podemos menos de obedecer con valentía y con gozo, anunciando a todos los hombres que Jesucristo "ha venido a seros, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Cor 1, 30).

Al escribir a los Romanos, San Pablo subraya: "La fe es por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo" (Rom 10, 17). Por lo tanto, es necesario ir, hablar, predicar, enseñar, anunciar, a fin de que los hombres puedan creer e invocar (cf. Rom 10, 14-15); y San Pablo también se advierte a sí mismo: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor 9, 16), y escribe a su discípulo Timoteo: "Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina" (2 Tim 4, 2).

El mandato de Cristo y la severa advertencia del Apóstol son válidos todavía. Han sido el estímulo que hizo intrépidos e infatigables a los grandes Padres, a los grandes Santos, a los cuales es necesario hacer referencia constantemente si queremos, realmente, iluminar y salvar a los hermanos: Ignacio de Loyola, Felipe Neri, Vicente de Paúl, Alfonso María de Ligorio, San Pablo de la Cruz, Luis Griñón de Montfort, Gaspar del Búfalo, Francisco de Sales, Juan Bautista Vianney, Maximiliano Kolbe: hombres geniales y concretos, que consideraron de máximo valor precisamente las "Misiones populares".

Por esto, con mayor fuerza y convicción repito hoy lo que ya escribí en la Carta Apostólica Catechesi Tradendae: "Las misiones tradicionales son insustituibles para una renovación periódica y vigorosa de la vida cristiana" (núm. 47), y os exhorto a todos a reanudarlas, a revalorizarlas, a proponerlas de nuevo con métodos y criterios actualizados y adaptados en las diócesis y en las parroquias, de acuerdo con las Iglesias locales.

2. Hoy, para un trabajo eficaz en el campo de la predicación, es necesario ante todo conocer bien la realidad espiritual y sicológica de los cristianos que viven en la sociedad, moderna. Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones, se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el "relativismo" intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. Es necesario conocer al hombre de hoy, para poderlo entender, escuchar, amar, tal como es, no para excusar el mal, sino para descubrir sus raíces, bien convencidos de que para todos hay salvación y misericordia, con tal que no se rechacen consciente y obstinadamente. Hoy resultan particularmente actuales las figuras evangélicas del buen samaritano, del padre del hijo pródigo, del Buen Pastor. Es necesario tomar constantemente el pulso de esta época nuestra, para poder conocer al hombre actual.

3. Para una "misión" auténtica y eficaz, es necesario iluminar las mentes de modo total y seguro.

Hoy ya no basta afirmar; es necesario escuchar antes, para darse cuenta dónde se encuentra el otro en su camino de búsqueda o en su drama de derrota o de huida, es necesario explicar las cosas y estar atentos a las exigencias del otro. Hoy es necesario tener paciencia, y comenzar de nuevo todo desde el principio, desde los "preámbulos de la fe" hasta los "novísimos", con exposición clara, documentada, satisfactoria. Es necesario formar las inteligencias con iluminadas y firmes convicciones, porque sólo así se pueden formar las conciencias. Hoy, sobre todo, es necesario hacer captar e inculcar el "sentido del misterio", la necesidad de la humildad de la razón frente al Infinito y al Absoluto, la lógica de la confidencia y de la confianza en Cristo y en la Iglesia, expresamente querida y fundada por El para dar siempre a los hombres la paz de la verdad y la alegría de la gracia. Se trata de una tarea muy delicada e incluso fatigosa, que exige preparación esmerada y sensibilidad sicológica; sin embargo, es absolutamente necesaria.

4. Es necesario animar paternalmente, con el mismo amor de Cristo. La "Misión popular" es eficaz cuando, corroborada por la oración y la penitencia, impulsa a la conversión, esto es, al retorno a la verdad y a la amistad de Dios a aquellos que habían perdido la fe y la gracia con el pecado, llama a una vida más perfecta a los cristianos rutinarios, enfervoriza a las almas, convence para vivir las bienaventuranzas, suscita vocaciones sacerdotales y religiosas. ¡Para conseguir estos efectos se requiere firmeza de doctrina, pero sobre todo bondad de corazón! Por tanto, revestíos de los mismos sentimientos de Jesús y anunciad a todos lo que escribía el autor de la Carta a los Hebreos: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia a fin de recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno auxilio" (Heb 4, 16).

5. Queridísimos: He aquí lo que deseaba deciros, exhortándoos a perseverar en esta magnífica tarea, tan necesaria y tan actual. ¡Dichosos vosotros que anunciáis la verdad que salva, la esperanza que consuela, la certeza que da alegría ahora y para la eternidad!

Os confío con particular solicitud a María Santísima, a fin de que os asista siempre, os ilumine y os conforte, y haga particularmente fecundo vuestro apostolado en favor de los hombres redimidos con la Sangre de su Hijo.

Mientras tanto, os acompañe mi afectuosa, propiciadora bendición.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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