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ALOCUCIÓN DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIÓN INTERNACIONAL DE PRODUCTORES
Y DISTRIBUIDORES DE ELECTRICIDAD
Lunes 9 de febrero de 1981
Señores:
Han expresado ustedes el deseo de visitar al Papa con ocasión de la reunión
anual del comité directivo de su Unión internacional. Les doy las gracias de su
afecto y confianza. Sean bienvenidos.
Sin entrar, claro está —lo comprenderán fácilmente— en las cuestiones técnicas
sumamente complejas que son tema de sus debates, es fácil constatar la
importancia de su función de productores y distribuidores de energía eléctrica.
Hoy en día la actividad de casi todos los sectores de la vida humana, incluida
esta casa, depende de la energía que ustedes proporcionan, y no sólo para el
alumbrado sino también para el funcionamiento de muchos aparatos de los que el
hombre moderno no puede prescindir en su vida y trabajo. La menor interrupción
plantea problemas agudos incluso, sobre todo si es a gran escala, como en
ciertas interrupciones de corriente que resultan necesarias. Es uno de los
puntos en que los hombres de hoy toman mayor conciencia de su interdependencia.
Sé que ustedes tratan de obviar los inconvenientes.
Los usuarios confían en ustedes. Pero ustedes tienen que afrontar problemas
difíciles de solucionar ante el aumento de consumo que ha crecido tan
rápidamente, y de los recursos energéticos cuyo incremento es insuficiente, en
relación a las necesidades, y llega a situaciones de crisis. En todo caso, no
podemos permitirnos malgastar la energía que pone a nuestra disposición el
Creador, cuando conocemos la escasez que padece nuestro mundo. Y ustedes, al
igual que los responsables de las naciones, están llamados a prever las
necesidades y problemas del futuro, a evitar tropiezos, a buscar nuevas fuentes
de energía eléctrica con gran creatividad, determinación y prudencia y a
colaborar como lo exige la solidaridad, a nivel nacional e internacional, entre
los países europeos y con las instituciones de la comunidad internacional, a fin
de regular la repartición y evitar crisis perjudiciales.
Estas sencillas palabras desean decirles que el Papa comprende lo que implica su
profesión, y se propone ayudarles a recibir las energías espirituales y morales.
de las que han manifestado deseo al pedir esta audiencia. Las encontrarán sobre
todo en la conciencia de que han de prestar un servicio público con regularidad
y previsión, en la conciencia de estar contribuyendo al bien común de todos sus
compatriotas e incluso a educarles en su responsabilidad acerca de la manera de
emplear la energía. Pido a Dios que refuerce en ustedes esta conciencia de sus
deberes que les moverá a buscar soluciones justas, valientes y
provechosas para todos.
La necesidad de energía, que de ustedes es bien conocida, me hace pensar en la
energía moral que los miembros de la sociedad también necesitan para solucionar
con dignidad y equidad los graves problemas humanos que afrontan en todos los
campos; pero esta energía sólo brota del corazón de personas bien formadas y se
propaga solamente por la irradiación de tales personalidades y la acogida que se
les dé libremente. Oro para que esta energía no falte en nuestro tiempo en
nuestros países. Si queremos continuar con esta comparación, la Iglesia aparece
ante los cristianos como un inmenso tejido regado secretamente por la vida de
Cristo resucitado, igual que los miembros de un mismo cuerpo. Auguro también que
muchos se alimenten de esta Vida misteriosa, que es el gran don de Dios.
Al terminar estas reflexiones, les presento mis mejores deseos para las
responsabilidades que desempeñan, y pido a Dios que bendiga a sus personas y a
sus esposas a quienes me complazco en saludar aquí con ustedes, y bendiga
también a sus familias.
© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana
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