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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA REPRESENTACIÓN DE LA COMUNIDAD ARMENIA
DE FRANCIA


Viernes 13 de febrero de 1981

 

Queridos señores:

Esperabais con gran deseo este encuentro con el Obispo de Roma hacia el que vuestras comunidades armenias siempre han dado testimonio de gran adhesión. Yo también doy gracias a Dios de recibiros en vísperas de emprender mi viaje apostólico a Extremo Oriente, que me permito confiar a vuestra oración.

Al recibir a vuestra delegación, que representa a la Oficina nacional de cultura y tradiciones armenias en Francia, la mirada y el corazón se me vuelven espontáneamente y con emoción a los seis millones de armenios hermanos vuestros que han quedado en los países del Este o viven en la diáspora en las regiones occidentales. Todos juntos sois ese pueblo particular cuya existencia e historia primigenia se remontan a más de veinticinco siglos, un pueblo de destino azaroso y demasiadas veces trágico, que sobrevive gracias a su espíritu comunitario y a su fe. El corazón de los armenios está dolorido. Quisiera que todos y cada uno de ellos supieran que me siento profundamente solidario de sus sufrimientos.

Sin querer sustituir a vuestros responsables inmediatos, este breve encuentro me brinda la ocasión de contribuir a reanimar vuestra fe cristiana y vuestra identidad cultural que son dos tesoros de naturaleza diferente y, sin embargo, interdependientes históricamente. Sin recordar con detalle los comienzos y etapas del cristianismo armenio, juntos podemos bendecir a San Gregorio el Iluminador, primer obispo vuestro, por haber evangelizado vuestro país con tanto celo, y bendecir a muchos otros Pastores que han seguido sus huellas. Y, ¿cómo olvidar el testimonio particularmente impresionante de los mártires armenios desde los orígenes hasta nuestros días? En vuestra iglesia armenia de Roma, el domingo próximo honraréis al más célebre de ellos, San Vartano. Con vosotros le ruego que sostenga el valor y la fe de los hermanos vuestros más probados.

No obstante las persecuciones y tribulaciones de toda clase, la fe vivida por vuestros antepasados, tanto Pastores como fieles, ha llegado hasta vosotros. Pero la tenéis que vivir en la diáspora, en países de técnica y economía avanzadas que experimentan importantes cambios culturales. Vosotros os dais cuenta —y muchas veces con gran profundidad— de que los valores espirituales de la religión y de la moral que habéis heredado, se ponen a prueba en la atmósfera de secularización, materialismo práctico y revolución científica. Por ello deseo que cada uno desde su puesto, que frecuentemente es importante e influyente, y unidos a Vuestros responsables jerárquicos, contribuyáis a que surja un hálito espiritual nuevo por medio de las queridas comunidades armenias a las que pertenecéis. Hoy como ayer, y estáis bien convencidos de ello, la fe no es ni evasión de la existencia, ni compensación de los fracasos y frustraciones de la vida. Es ante todo luz recibida de Dios, que se convierte en luz sobre el hombre y sobre el sentido profundo y último de la historia humana. Precisamente este problema-clave de las relaciones de la humanidad y de cada ser humano con Dios, plenamente revelado y dado al mundo en Jesucristo, es lo que me esforcé por explicar en la Redemptor hominis, primera Encíclica de mi pontificado, A este llamamiento a renovar la fe dentro de vuestras comunidades, quiero añadir un homenaje al sentido de solidaridad y caridad evangélica de que dais testimonio animando vuestros centros culturales y sobre todo socorriendo las necesidades de las comunidades más pobres, tanto las de cerca como las de lejos.

También os exhorto a proteger y descubrir cada vez más las riquezas de vuestra cultura armenia ciertamente original, y a la que vuestra Iglesia —lo he hecho notar al comienzo de esta reunión— ha dado la luz y el crecimiento, por así decir. ¿Acaso no ha nacido el alfabeto armenio con la primera traducción de la Biblia a vuestra lengua en el siglo V, gracias al célebre monje San Mesrob Machtotz? Moisés de Khorete, gran cronista de su tiempo, Gregorio de Narek, místico y poeta del siglo X, Norcés el Agraciado, celebérrimo catholicós del siglo XII, figuran entre otros grandes hombres de la cultura armenia. Sois herederos de un patrimonio maravilloso de literatura y poesía, de historia y filosofía, de teología y de mística, de música sagrada y de manuscritos, con frecuencia admirablemente miniados, de catedrales, iglesias y monasterios de enorme valor artístico e histórico. Todos estos tesoros os dan posibilidad de comunicaros con el alma y el genio de vuestro pueblo, un genio amasado de fe religiosa. Deseo vivamente que sigáis dedicando lo mejor de vosotros mismos a mantener, transmitir e incluso renovar la cultura armenia en su integridad. Sin duda recordaréis a este propósito que en el mes de junio último tuve ocasión de manifestarme en la tribuna de la UNESCO como testigo e hijo de una nación reiteradamente condenada por sus vecinos a desaparecer y que ha sobrevivido no por cierto apoyada en los recursos de su fuerza física, sino apoyándose sólo en su cultura propia animada sin cesar por el fuerte hálito del Evangelio. A la vez que os inserís más y mejor en los distintos ambientes de la diáspora, seguid siendo vosotros mismos. Manteneos firmes en el terreno de vuestra cultura armenia con la tenacidad, inteligencia y fe que caracterizan a vuestro pueblo, pero velad también para que se deseche el recurso a la violencia y al terrorismo. En el momento señalado por la historia, vuestros descendientes recogerán los frutos de vuestra fidelidad, ardor y paciencia. Pido a Dios todopoderoso y misericordioso que os dé a vosotros y a todos los armenios el valor de perdonar y seguir escribiendo con esperanza vuestra misteriosa historia. Me complazco en bendeciros en nombre del Señor.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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