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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LAS COMUNIDADES CATÓLICAS
CHINAS DE ASIA


Nunciatura de Manila
Miércoles 18 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Considero como algo muy importante y lleno de significado tener la oportunidad de decir unas breves palabras a los cristianos chinos durante mi visita pastoral a Asia. Saludo de manera particular al arzobispo Matthew Kia y a los demás obispos que le acompañan, quienes me han honrado con su presencia durante mi visita pastoral a Filipinas.

Con toda sinceridad quiero daros las gracias por haber venido como representantes de los cristianos de las comunidades chinas de ultramar a reuniros conmigo aquí en Manila. Algunos de vosotros habéis vivido durante generaciones en Filipinas o en otros países asiáticos; otros habéis venido más recientemente. Sé que vuestro deseo es estar plenamente integrados en la vida del país donde vivís y contribuir con vuestro trabajo, como buenos ciudadanos, a la prosperidad de la nación, que es en la actualidad vuestra patria. Al mismo tiempo deseáis permanecer unidos en espíritu con vuestros hermanos y amigos de China. Queréis conservar la tradición de la cultura y de los valores morales chinos que os unen al país de origen de vuestras familias, país que seguiréis amando siempre entrañablemente y para cuyo progreso estáis dispuestos a prestar toda la ayuda que sea necesaria.

Sois también miembros de las comunidades de la Iglesia local. Estas alientan vuestro compromiso por Cristo y os imbuyen del mismo espíritu cristiano que ha sido en el pasado el sello de las comunidades cristianas chinas en diversos países del mundo. Distinguidos personajes de la historia china han encontrado a Cristo y se han hecho cristianos por el contacto que tuvieron con estas fervorosas y dinámicas comunidades. Si vosotros mantenéis este espíritu, si vivís inspirados por la fe cristiana y fortalecidos por las tradiciones morales y específicamente chinas, seguiréis siendo de manera profunda auténticos cristianos y auténticos chinos, y contribuiréis al enriquecimiento de toda la Iglesia.

Por medio de vosotros, que estáis aquí presentes, deseo llegar en estos momentos a todos los que están en China y saludar, con gozo y afecto, a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que viven en ese gran país.

2. Yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, os saludo en nombre de nuestro Señor Jesucristo, queridos hermanos y hermanas de China. En mi primera visita pastoral a Asia me encontraré con los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesia en Filipinas y en Japón, para hablarles del amor misericordioso de Dios, para proclamar el nombre dé Jesús, "pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Act 4, 12), y para animarlos a dar testimonio del Evangelio. Al pasar tan cerca de los límites de vuestro país, he querido hablaros también a vosotros, pues frente a las distancias que nos separan, todos estamos unidos "en el hombre del Señor Jesús" (Col 3, 17). Desde el momento que la Divina Providencia, en sus caminos inescrutables, me llamó de mi nativa Polonia a la Sede de Pedro en Roma, he deseado ardientemente expresar mi afecto y estima a todos mis hermanos y hermanas de la Iglesia en China y alabar al Señor por las maravillas que ha realizado en los corazones de los que confiesan su nombre en las ciudades y en los pueblos de vuestro inmenso país.

El Espíritu del Señor actúa en todos los pueblos y naciones, y de este Espíritu he querido dar testimonio, haciendo de esto el objetivo especial de mi peregrinación a Asia, cuyo propósito es honrar a los mártires de Nagasaki. Por medio de ellos quiero rendir homenaje a todos los hombres y mujeres de Asia que han ofrecido sus vidas por el nombre de Jesús, manifestando de esta manera que el Evangelio de Cristo y su Iglesia no son extraños a ningún pueblo ni a ninguna nación, sino que viven en el corazón y en el alma de las gentes de cualquier raza y nación a través del mundo entero. Y así, al saludaros a vosotros, hago mías las palabras del Apóstol Pablo en su Carta a la Iglesia en Roma: "Ante todo doy gracias a mi Dios por Jesucristo, por todos vosotros, de que vuestra fe es celebrada en todo el mundo... Deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, para confirmaros, es decir, para consolarme con vosotros con la mutua comunicación de nuestra fe" (Rom 1, 8. 11-12).

3. Con mis pobres palabras quiero expresar también mi estima por vuestro gran país. Vuestro país es grande; efectivamente, no sólo en términos de extensión geográfica y de población, sino de un modo especial por su historia, por la riqueza de su cultura y por los valores morales que el pueblo ha sabido cultivar a través de los siglos. El jesuita p. Mateo Ricci comprendió y apreció perfectamente desde el principio la cultura china, y su ejemplo debe servir de inspiración a muchos más. Otros, a veces, no demostraron la misma comprensión. Pero sean cualesquiera las dificultades que hayan podido existir, pertenecen al pasado y en este momento es al futuro adonde tenemos que mirar.

Vuestro país está dedicando realmente todas sus energías en favor del futuro. Quiere asegurar, mediante un desarrollo científico y tecnológico, y con la diligente colaboración de todos sus hombres, que sus ciudadanos puedan vivir con verdadera felicidad. Estoy convencido de que todos los católicos que viven dentro de vuestras fronteras contribuirán plenamente a la construcción de China, desde el momento que un genuino y fiel cristiano es también un genuino y buen ciudadano. Un cristiano —en cualquier país del mundo— es fiel a Dios, pero tiene también un profundo sentido del deber y del amor para con su país de nacimiento y para con sus conciudadanos. Respeta las cosas del espíritu y al mismo tiempo consagra su inteligencia y su experiencia al bien común. Un buen católico chino trabaja lealmente por el progreso de la nación, observa las obligaciones de la piedad filial para con los padres, la familia y la nación. Fortalecido por el mensaje del Evangelio, está dispuesto a cultivar, como todo buen chino, las "cinco virtudes principales" de caridad, justicia, templanza, prudencia y fidelidad.

4. La Iglesia quiere respetar las tradiciones y los valores culturales de cada pueblo, siguiendo lo que decía San Pablo cuando rogaba a los primeros Cristianos de Filipos que valorasen "cuanto" hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso" (Flp 4, 8). Desde los primeros tiempos la Iglesia ha sabido expresar la verdad de Cristo mediante las ideas y la cultura de diferentes pueblos, puesto que el mensaje que anuncia mira a todos los pueblos y naciones. El mensaje cristiano no es propiedad exclusiva de un grupo o de una raza; está dirigido a todos y pertenece a todos. No hay, por consiguiente, ninguna oposición o incompatibilidad en ser a la vez verdaderamente cristiano y auténticamente chino.

Al proclamar a Jesucristo como el Hijo eterno de Dios y Salvador del mundo, la Iglesia no tiene otra finalidad que la de ser fiel a la misión que le confió su divino Fundador. No tiene objetivos políticos o económicos; no tiene ninguna misión terrena. Quiere ser, en China como en cualquier otro país, el heraldo del Reino de Dios. No desea privilegios, sino únicamente que cuantos siguen a Cristo puedan expresar su fe libre y públicamente y vivir de acuerdo con su conciencia.

Cristo vino a servir y a dar testimonio de la verdad. Con el mismo espíritu la Iglesia quiere ofrecer su colaboración para fomentar la fraternidad humana y la dignidad de todo ser humano. Por eso anima a sus miembros a ser buenos cristianos y ciudadanos ejemplares dedicados al bien común y al servicio de sus semejantes y a cooperar con sus esfuerzos personales al progreso de su país.

5. Os digo todo esto, queridos hermanos y hermanas, porque me siento muy cerca de vosotros. El curso de la historia, configurado por decisiones humanas, ha sido tal que durante muchos años no hemos podido tener un contacto mutuo. Muy pocas cosas se conocían de vosotros, de vuestras alegrías, de vuestras esperanzas y de vuestros sufrimientos. Últimamente, sin embargo, me han llegado noticias de vosotros desde distintos puntos de vuestra inmensa nación. Pero en estos largos años indudablemente habéis vivido otras experiencias que aún son desconocidas, y a veces os habéis preguntado en vuestras conciencias cuál era el camino recto que teníais que seguir. A los que nunca han tenido, semejantes experiencias les es difícil valorar exactamente tales situaciones. No obstante, quiero que sepáis que a lo largo de todo este tiempo y hasta el día de hoy, yo, y la Iglesia universal conmigo, hemos estado con vosotros en el pensamiento, en la oración, en el auténtico amor fraterno y en la solicitud pastoral. Pongo mi confianza en vuestra fe y en el Señor que prometió: "No os preocupéis cómo o qué hablaréis, porque se os dará en aquella hora lo que debéis decir" (Mt 10, 19). Si permanecéis unidos al Señor en la fe y en la oración, El os fortalecerá y os guiará.

Quiero expresar también mi profunda admiración por los testimonios de heroica fe que muchos de vosotros habéis dado y estáis dando todavía hoy. La Iglesia entera está orgullosa de vosotros y se siente fortalecida por vuestro testimonio. Al mismo tiempo espera que vosotros a su vez seáis fortalecidos con su constante oración y comunión con nuestro Señor Jesucristo.

6. Lo que nos une, queridos hermanos y hermanas, no es un lazo de carácter físico o una lealtad política, sino la fe en Aquel que es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo y que ha proclamado la fraternidad de todos los hombres. Es El, Jesucristo, que ama a todas las gentes, independientemente de su raza o cultura, de su situación social o política. Todos nosotros somos hermanos y hermanas, y en el centro del mensaje de Jesús está la llamada a la hermandad universal. ¿Acaso no es emocionante descubrir que un mensaje parecido está exactamente expresado en vuestro proverbio chino: "En medio de los cuatro mares, todos los hombres son hermanos"? Más que en ningún otro tiempo tenemos necesidad de proclamar este mensaje a través de todo el mundo, desde el momento que la injusticia y la discriminación entre las personas y las naciones se hacen cada vez más grandes.

7. Al viajar tan cerca de vuestro gran país, permitidme dirigiros un mensaje que brota de mi corazón y de nuestra fe común. En este momento de gracia y de cambio, os digo: Abrid vuestros corazones y vuestras mentes a Dios, que guía con su Divina Providencia todos los acontecimientos y cumple sus planes en todo cuanto sucede. Por encima del sufrimiento humano, incluso por encima de la debilidad y del error, el Señor va dando nuevo crecimiento. Mi profunda y sincera esperanza es que un día cercano podamos reunimos, alabando al Señor y diciendo: "Ved cuán bueno y deleitoso es convivir juntos los hermanos" (Sal 133, 1).

Os encomiendo a todos a María, Virgen fiel por excelencia, Reina de China. La paz de Jesucristo su Hijo esté con todos vosotros. ¡Que Dios bendiga a China!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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