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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESIONALES Y CATEQUISTAS EN EL ARANETA COLISEUM


Manila
Miércoles 18 de febrero de 1981

Queridos profesionales,
queridos amigos en Cristo:

1. Es para mí una alegría poder saludar a los representantes de distintas profesiones de diferentes partes de Filipinas: abogados, doctores, enfermeras, ingenieros, educadores y miembros de otras profesiones. Muchos de vosotros ocupáis cargos de dirección o de servicio a la comunidad en el mundo, o sois dirigentes seglares en la Iglesia: sois personas que habéis tenido el beneficio de la educación y de la formación. Permitidme que vaya inmediatamente al centro de mi mensaje. Es éste: Jesucristo os necesita para la construcción de su Reino en la tierra. Y la Iglesia necesita vuestros singulares dones, individual y colectivamente, para realizar su misión de comunicar a Cristo. Es más, millones de conciudadanos vuestros, hombres y mujeres, cuentan con vuestros servicios para poder vivir una vida digna, en conformidad con su propia dignidad humana y cristiana.

2. Veis, por tanto, que este encuentro quiere hacer resaltar el gran interés de la Iglesia por vosotros y su deseo de consultar, de oír y de reunir a todos cuantos ocupan. un puesto de responsabilidad en los diferentes campos de la cultura y ejercen dicha responsabilidad con espíritu cristiano de servicio. Como representantes de profesiones que requieren un alto nivel de formación y como creadores y divulgadores de cultura, participáis de la vida y de la misión de la Iglesia de una manera específica.

Este encuentro quiere acentuar también la necesidad de trascender una forma de vida individualista. Os corresponde a vosotros crear formas de asociación y de colaboración cada vez más efectivas entre católicos pertenecientes a las profesiones en general y dentro de cada profesión en particular, con el fin de poder reflexionar sobre vuestras responsabilidades como cristianos a la luz de la fe y de la doctrina social de la Iglesia.

3. Sois personas que habéis alcanzado vuestra posición actual como resultado de esfuerzos duros y serios, personales y colectivos. Esfuerzos personales en el sentido de que los estudios que habéis realizado para conseguir vuestras especializaciones profesionales ciertamente han exigido de vosotros sacrificio, autodisciplina y rigor intelectual. Sólo después de haber llegado a la meta es cuando podéis apreciar el camino que ha conducido hasta ella. Solamente puede recogerse los frutos de lo que se había sembrado bien al principio. Pero sois también el resultado de un gran esfuerzo a nivel colectivo. Vuestras familias y vuestra nación han tenido que invertir grandes recursos materiales y espirituales con el fin de adiestrar y perfeccionar cada vez más a muchos promotores de la sociedad, mediante una sólida educación técnica e intelectual.

4. Tenéis una doble exigencia. En primer lugar, tenéis que salir al paso do vuestras necesidades personales y las de vuestras familias con el ejercicio de vuestras profesiones. En esto habéis experimentado a veces dificultades y frustraciones, y quizás también desánimo. Sin embargo, no debéis rendiros, sabiendo bien que estáis llamados asimismo a contribuir al servicio del bien común. Cuando las cosas vayan bien, jamás os desentendáis de la sociedad con miras a ganar dinero, a obtener poder o a conseguir mayores conocimientos: no queráis entrar en una situación de privilegio. Emplead bien vuestros talentos sirviendo cada vez con más generosidad a las necesidades y aspiraciones de todos vuestros hermanos y hermanas de Filipinas.

Pienso de manera particular en ese elevado número de gente que, como resultado de diversas circunstancias —injusticia, pobreza, necesidad de ganarse escasamente la vida, falta de alicientes culturales— no han podido alcanzar los niveles de formación y educación universitaria que habéis logrado vosotros.

Existe, pues, una estrecha relación entre vuestras exigentes actividades profesionales y el duro trabajo de un obrero o la vida de quien trabaja en el campo o la abnegación de la esposa en su casa. Esta es la razón por la que vuestra sensibilidad para con los valores humanos y cristianos será la fuente de una energía creadora y os ayudará a poner vuestros conocimientos y vuestra actividad real y eficazmente al servicio de vuestra pueblo, respondiendo a sus necesidades.

El pleno desarrollo de las gentes de vuestro país y la satisfacción de sus necesidades espirituales y materiales exigen muchos esfuerzos por vuestra parte; cuidados sanitarios para todos; la defensa del carácter sagrado de la vida humana y su promoción; la afirmación del papel de la ley en las relaciones sociales y políticas si se quiere establecer un orden verdadero y una paz auténtica; la construcción de viviendas dignas, realmente adaptadas a cada familia y a cada individuo; la educación de la juventud mediante una enseñanza encaminada a buscar la verdad y su consolidación; la administración equilibrada y provechosa de los recursos naturales en orden a asegurar que todos tengan una justa participación en sus beneficios: Todo esto son realidades que os conciernen de manera directa.

Sucede con frecuencia que un elevado porcentaje de los laicos que intentan celosamente, como grupos organizados imbuir los asuntos temporales del espíritu del Evangelio y construir verdaderas comunidades cristianas, procede en su mayor parte de grupos no profesionales. De esta manera se crea la desafortunada impresión de que los grupos directivo-profesionales no están profundamente interesados por las actividades religiosas. En un país donde la inmensa mayoría del pueblo sigue a sus líderes y se siente fácilmente animado por el ejemplo, este apostolado de testimonio y ejemplo tiene una gran eficacia y debería ser adoptado de manera creciente. Espero sinceramente que sabréis prestar más y más vuestra inteligencia y vuestro tiempo al servicio de la Iglesia, en el apostolado seglar de edificar una auténtica comunidad cristiana. Por ejemplo, quienes son dirigentes distinguidos en el campo de la salud pueden contribuir mucho a promover los principios católicos que se refieren al valor intrínseco de la vida en todos sus niveles. De manera semejante, en las otras profesiones, una dirección verdaderamente cristiana se hace más eficaz.

5. Procurad que vuestros esfuerzos en esta dirección estén siempre sostenidos por una inquebrantable integridad de conducta en medio de los problemas profesionales con los que os encontráis. Pero procurad aún más que estén inspirados por un deseo de ayudar a los más necesitados, de modo que vuestro servicio esté regido por los criterios de justicia y de verdad, de libertad y de integridad, y se vea coronado por el amor. Recordad siempre que como cristianos estáis llamados a vivir de acuerdo con los principios que habéis aprendido de Cristo y de su Iglesia. Estáis llamados a vivir una vida íntegra, consecuente con vuestros principios evangélicos.

6. Todos sabéis que las materias en las que os ejercitáis exigen una constante renovación, a fin de poder estar al día en el rápido avance de los nuevos descubrimientos. Vuestra capacidad para una adaptación personal, como para manteneros al corriente de esos avances, dependerá de vuestro estudio constante de los principios básicos que fundamentan dichas materias. Ojalá se renueve también constantemente vuestra fe católica; que se haga más profunda y desarrollada por el dinamismo radical de una conversión permanente a Cristo, una conversión animada por una vida vivida en conformidad con el Evangelio y en armonía con el Magisterio, alimentada por una vida de piedad personal basada en la oración y en la recepción de los sacramentos. Ojalá el testimonio de vuestra fe brille espléndidamente en vuestras vidas profesionales, lo mismo que en vuestra vida personal y familiar.

7. Todos sois conscientes de los riesgos actuales que acaban por encerrar a uno en los estrechos límites de una "especialización". Dicha especialización es capaz de recortar los horizontes del individuo, de dividir su vida personal y de oscurecer la rica naturaleza de la vida en general. Está muy claro que la especialización profesional tiene que ser considerada en el marco más amplio de la llamada cultura general. Dentro de este contexto es desde donde os invito encarecidamente a que toméis como puntos fundamentales de referencia los valores religiosos y éticos que son promotores eficaces de cultura, proyectando su luz sobre los diversos problemas y sobre las más altas aspiraciones del hombre y transformando toda su vida y todo su saber. Vuestra experiencia profesional ganará así en profundidad, en perspectiva y en utilidad.

Como católicos que habéis alcanzado un alto nivel de formación y como representantes de las profesiones estáis llamados a demostrar cómo vuestro saber y vuestro trabajo profesional pueden hermanarse con la riqueza y los recursos de la cultura del pueblo filipino. Esta cultura está enraizada en la tradición cristiana y, por eso, esta imbuida de sabiduría liberadora y vivificante que mira al ser y a la dignidad de la persona humana y que se refiere al sentido de su vida, de su muerte y de su destino último.

Os saludo una vez más y, en vuestras personas, saludo también a vuestras familias y a todos los representantes de las profesiones en este gran país. ¡Que Dios os otorgue sus abundantes bendiciones!

8. Ahora quisiera dirigirme a otro grupo de entre vosotros, a esos hombres y mujeres tan queridos de la Iglesia y de vuestro Papa: los catequistas.

Gracias, queridos catequistas, por el favor de vuestra presencia. Gracias por permitirme hablaros a vosotros y, por medio de vosotros, a todos los demás catequistas del país que no están aquí con nosotros; ¡cuánto se os necesita!

El mundo os necesita porque necesita catequesis. El don más precioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo moderno —turbado e inquieto como está— es formar cristianos seguros acerca de lo esencial y humildemente gozosos en su fe. La catequesis consigue esto y lo consigue a través de vosotros.

La Iglesia os necesita. Os necesita para poder cumplir su tarea absolutamente fundamental de formar a Cristo en el corazón de la gente, y de ponerla en íntima comunión con Cristo (cf. Catechesi tradendae, 5). En la catequesis es Cristo la Palabra encarnada y el Hijo de Dios, quien es enseñado y todo lo demás que se enseña es en relación a El.

He aquí, pues, cuán noble e importante es vuestro servicio. Pero si es noble, también es difícil, y si es importante, es también delicado. La catequesis no es propiamente una transmisión de ideas. Implica sobre todo comunicar a Cristo y su mensaje vivificador y ayudar a las personas a que den su respuesta de fe y de amor.

¿Qué es lo que necesitáis, queridos catequistas, para conseguir la verdadera respuesta al mensaje de Cristo, que es mensaje de vida? Necesitáis ser fieles a Cristo, a la Iglesia y al hombre.

Tenéis que ser fieles lo primero de todo a Cristo, a su verdad, a su mandamiento; de lo contrario habría tergiversación, traición. Como catequistas sois, en definitiva, ecos de Cristo (cf. Catechesi tradendae, 6). La Iglesia también ha de ser el objeto de vuestra íntegra fidelidad. En efecto, la catequesis, que es crecimiento en la fe y maduración de la vida cristiana, es una labor que Cristo quiere realizar en su Iglesia. Un auténtico catequista necesariamente tiene que ser un catequista eclesial. Tenéis que ser, finalmente, fieles al hombre, pues la palabra y el mensaje del Señor están dirigidos a cada persona. No a una persona abstracta, imaginaria, sino al individuo concreto, hombre o mujer, que vive en el tiempo, con sus dificultades, problemas y esperanzas. A esta persona es a la que tiene que ser proclamado el Evangelio, de manera que a través de él, pueda recibir del Espíritu Santo la luz y la fuerza para llegar a la plena madurez cristiana. En gran medida, la eficacia de la catequesis dependerá de su capacidad para dar sentido, sentido cristiano, a todo lo que constituye la vida del hombre en el mundo.

Queridos catequistas: Os he hablado con profunda emoción. Me gustaría quedarme más tiempo con vosotros, pero tengo que ver también a otros hermanos y hermanas vuestros. Pero antes de despedirme, quiero testimoniaros mi confianza, expresaros mi amor y aseguraros la paz de Cristo.

Que la Bienaventurada Virgen María, Madre y Modelo de todos los catequistas, os guíe a vosotros en vuestra excelsa misión de comunicar a Cristo. Que os conceda la alegría a vosotros y vuestras familias y que proteja siempre a Filipinas.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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