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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD ISLÁMICA


Aeropuerto de Davao
Viernes 20 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos:

Siempre es un placer para mí el encontrarme con los miembros de las comunidades musulmanas durante mis viajes, y saludarles en mi nombre y en nombre de todos sus hermanos y hermanas cristianos de todo el mundo.

1. Me dirijo a vosotros, deliberadamente, como "hermanos": esto es lo que somos realmente, porque somos miembros de la misma familia humana, cuyos esfuerzos, tanto si se es consciente de ello como si no, tienden hacia Dios y hacia la verdad que viene de El. Pero somos especialmente hermanos en Dios, quien nos creó y a quien tratamos de llegar, por nuestros propios caminos, a través de la fe, la oración y el culto, de la observancia de su ley y de la sumisión a sus designios.

Pero, ¿no sois, sobre todo, hermanos de los cristianos de este gran país, mediante lazos de nacionalidad, historia, geografía, cultura y esperanza de un futuro mejor, un futuro que estáis construyendo juntos? ¿No es cierto que, en Filipinas, musulmanes y cristianos están viajando en el mismo barco, para lo bueno y para lo malo, y que en las tormentas que agitan al mundo la seguridad de cada individuo depende de los esfuerzos y la cooperación de todos?

Permitid que me extienda un poco en este último punto.

2. Me dirijo a vosotros como Cabeza espiritual de la Iglesia católica, que no tiene poder en asuntos políticos. Yo puedo solamente comunicaros la enseñanza y las palabras de Jesús: "Bienaventurados los pacíficos", dice en su Evangelio, "porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9). En otro lugar dice: "Por eso, cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la Ley y los Profetas" (Mt 7, 12). Estas palabras que he repetido a mis hermanos y hermanas, a mis hijos e hijas de la Iglesia católica, me permito repetirlas a vosotros en este momento.

3. Tenéis en común con los cristianos la misma ciudadanía, que habéis adquirido viviendo aquí y participando en la vida de la nación, con todas las obligaciones y deberes que ello comporta. Además de vuestra nacionalidad filipina y de las demás cualidades y valores comunes a todos los filipinos, vosotros sois conscientes de ser los portadores de ciertas cualidades específicas, entre las cuales la cultura del Islam es quizá la más obvia. Esto es lo que añade a vuestra común identidad nacional un elemento original que merece atención y respeto.

Vuestro bienestar total y el de vuestros hermanos y hermanas cristianos requiere un clima de mutua estima y confianza. Sabéis tan bien como yo que en el pasado este clima ha sido a menudo deteriorado, en detrimento de todos los interesados.

Pero queridos hermanos, sólo sabemos muy bien que no hay razón positiva por la que aquel pasado deba continuar escribiéndose hoy. Si acaso, debemos mirar hacia atrás con dolor, para asegurar el establecimiento de un futuro mejor. Y vosotros tenéis la tarea, envidiable y crucial, de ayudar a construir este futuro, el futuro de vuestros hijos musulmanes, así como como el armonioso futuro de toda la nación filipina.

Sé que tanto vosotros como vuestros hermanos y hermanas cristianos estáis siendo cada vez más conscientes de la responsabilidad que recae sobre vuestra generación. Desde hace unos años, habéis sentido la necesidad urgente de sentaros juntos, afrontar vuestros problemas y restablecer la estima y la confianza mutuas. Comenzó así un diálogo fructuoso, y desde entonces no pasa un año sin que os reunáis con vuestros conciudadanos cristianos, bajo los auspicios de corporaciones estatales o de instituciones privadas, en Marawi, Cotabato, Cagayan de Oro, Jolo, Zamboanga, Tagaytay y también en esta agradable ciudad de Davao.

4. Veo todos estos esfuerzos con gran satisfacción, y aliento decididamente su extensión. La sociedad no puede aportar a los ciudadanos la felicidad que éstos esperan de ella si la propia sociedad no está construida sobre el diálogo. El diálogo, a su vez, se construye sobre la confianza, y la confianza presupone no sólo la justicia, sino también la misericordia. Sin duda alguna, la igualdad y la libertad, que están en la base de toda sociedad, necesitan el derecho y la justicia. Pero, como dije en una reciente carta dirigida a toda la Iglesia católica, la justicia por sí misma no es suficiente: "...la igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo, al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia" (Dives in misericordia, 14).

Queridos musulmanes, mis hermanos:

Me gustaría añadir que nosotros los cristianos, como vosotros, buscamos la base y el modelo de la misericordia en Dios mismo, el Dios a quien vuestro Libro da el nombre, verdaderamente hermoso, de al-Rahman, mientras que la Biblia lo llama al-Rahum, el Misericordioso.

5. Solamente dentro de este marco de la religión y de las promesas que compartimos en la fe se puede hablar realmente de respeto mutuo, apertura y colaboración entre cristianos y musulmanes. Entonces vienen deseos de trabajar juntos, de construir una sociedad más fraterna. A pesar de la naturaleza geográfica de vuestro gran país, hoy es más oportuno que nunca el repetir el proverbio de que "ningún hombre es una isla".

¡Mis queridos amigos: Deseo que estéis convencidos de que vuestros hermanos y ¿hermanas cristianos os necesitan y tienen necesidad de vuestro amor. Y el mundo entero, con su anhelo de una paz, hermandad y armonía mayores, necesita ver una convivencia fraterna entre cristianos y musulmanes en una moderna, creyente y pacífica nación filipina.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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