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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LAS ORGANIZACIONES
Y MOVIMIENTOS CATÓLICOS
 

Catedral de Jaro, Iloilo
Viernes 20 de febrero de 1981

Queridos hermanos y hermanas:

He venido a Iloilo para comunicaros a todos vosotros mi amor en Cristo Jesús. Saludo a todos los habitantes de esta ciudad y a todos los habitantes de esta extensa archidiócesis de Jaro. Deseo expresar mi estima fraterna a los sacerdotes y a las religiosas que trabajan en este sector de la viña del Señor, y ofreceros mi aliento y mi apoyo en vuestro esfuerzo diario para proclamar el Evangelio de Dios de palabra y con el ejemplo, y para construir la comunidad de los fieles.

1. Sin embargo, de un modo muy especial, la Providencia de Dios ha dispuesto que esta parte de mi visita estuviera dedicada a un encuentro con los seglares católicos y, en particular, con representantes de sus distintas Asociaciones y Movimientos. Mis queridos seglares: Saludo en vosotros a los herederos de la fe católica que está profundamente enraizada en la tradición y en la cultura del pueblo filipino. Doy gracias a Dios por el amor y el celo que tenéis, que ha sido inculcado en vosotros por el Espíritu de Jesús. Me siento muy cercano a vosotros hoy; siento que vosotros estáis diciéndome que apreciáis vuestra misión en la Iglesia, y que deseáis ser fortalecidos y animados en vuestra vocación cristiana como laicos consagrados en el bautismo y unidos a Cristo mediante la fe. Y he venido por esto: para hablaros de vuestra dignidad cristiana, que significa pertenecer a Cristo; para hablaros de la responsabilidad de vuestra misión y de la urgencia de las tareas que Cristo os ha confiado.

2. Sí, queridos seglares, el mismo Jesucristo, mediante vuestro bautismo y confirmación os ha encomendado el apostolado seglar, esta maravillosa participación en la misión salvadora de su Iglesia (cf. Lumen gentium, 33). Vuestra misión y vuestro destino están para siempre ligados a Cristo, el Salvador del mundo. Tenéis un papel específico que desempeñar en la realización del plan de redención de Dios. El Concilio Vaticano II ha hablado de la necesidad de conocer la ordenación de todas las criaturas a la alabanza de Dios. Os ha llamado a ayudaros mutuamente para alcanzar una santidad de vida cada vez mayor, incluso en las actividades seculares, "de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz" (Lumen gentium, 36).

3. Para realizar esto, debéis permanecer unidos a Cristo. Sus palabras son la base de vuestra eficacia: "Yo soy la vid. Vosotros los sarmientos... porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). El os llama también hoy a un mayor amor, porque os invita a una permanente conversión del corazón. Os llama a una mayor unión con El en su Iglesia, pues es allí donde le encontráis. Y la unión con Cristo en su Iglesia es la condición esencial de toda vuestra eficacia apostólica. Es Cristo quien os confía vuestra misión, una misión que, sin embargo, está coordinada dentro de la unidad de su Cuerpo mediante los Pastores de la Iglesia. Esto explica el gran valor que tiene una amorosa comunión de fe y disciplina con vuestros obispos quienes, como dice la Carta a los Hebreos, "velan sobre vuestras almas, como quien ha de dar cuenta de ellas" (Heb 13, 17).

4. Habéis escuchado la Buena Noticia de la salvación y la habéis abrazado con alegría, produciendo frutos de justicia y santidad de vida. Pero es importante que la gracia de la fe se desarrolle en vosotros y en todos los creyentes con la ayuda de Dios, y os conduzca a un conocimiento más profundo de la persona y del mensaje de nuestro Señor Jesucristo (cf. Catechesi tradendae, 19). La necesidad de una catequesis sistemática es una de las mayores necesidades de la Iglesia en este momento. Es un gran reto para vosotros como católicos filipinos. Como seglares, estáis llamados, individual y colectivamente, a hacer frente a este reto.

5. Entre todas las oportunidades que tenéis abiertas para el ejercicio del apostolado individual, la familia ocupa un lugar de primordial importancia. La familia puede proporcionar una respuesta eficaz a la secularización del mundo; la familia tiene un carisma especial para transmitir la fe y para estimular en su desarrollo una evangelización inicial. Dentro de la intimidad de la familia, cada individuo puede encontrar la oportunidad para dar un testimonio personal del amor de Cristo. Los padres tienen el derecho y el deber de catequizar a sus hijos; tienen el inmenso privilegio de ser los primeros en enseñar a sus hijos a rezar. Con palabras de mi predecesor Juan Pablo I, me gustaría "estimular a los padres en su papel de educadores de los hijos; ellos son los primeros catequistas y los mejores. ¡Qué gran tarea tienen y qué reto! Enseñar a sus hijos a amar a Dios, a hacer de este amor una realidad de su vida. Y, por gracia de Dios, qué fácilmente aciertan algunas familias a cumplir la misión de ser primum seminarium; el germen de una vocación al sacerdocio se alimenta a través de la oración familiar, el ejemplo de fe y apoyo de amor" (Discurso a los obispos de la XII región pastoral de Estados Unidos, presentes en Roma para la visita ad Limina Apostolorum, 21 de septiembre de 1978; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de octubre de 1978, págs. 3 y 8)

6. Además de las distintas acciones para ejercitar el apostolado individual, recomiendo enérgicamente una intensificación del apostolado colectivo a través de Organizaciones católicas y Movimientos seglares de inspiración eclesial. Quiero mencionar con profunda gratitud el inestimable servicio prestado a la Iglesia por Organizaciones católicas en las pasadas décadas. Su dedicación al apostolado seglar, de acuerdo con los carismas de sus respectivos fines, han merecido la admiración de la jerarquía a la cual yo deseo añadir mi propio aprecio. Indudablemente, pueden ser convenientes ciertos cambios y adaptaciones para que estos Movimientos y Organizaciones estén mejor preparados para afrontar ~ las presentes necesidades del apostolado, pero la existencia de estos grupos y asociaciones continúa siendo de gran ayuda para la misión de la Iglesia.

Con el consejo de vuestros obispos y de los pastores de vuestras parroquias, estad abiertos a los nuevos métodos de actividad apostólica para construir continuamente el Cuerpo de Cristo. Las pequeñas comunidades cristianas, en las que el intercambio personal y la práctica del amor y la solidaridad cristianas pueden conseguirse más fácilmente, abren amplias ocasiones a la creatividad en el apostolado. Recordad siempre que la eficacia de vuestra actividad apostólica depende de vuestra unidad con la jerarquía y entre vosotros mismos. Vuestro apostolado será fecundo según vuestra fidelidad y vuestra firme adhesión a la Iglesia local en la que estáis insertos, y a la Iglesia universal (cf. Evangelii nuntiandi, 58).

7. Un constante compromiso cristiano colectivo por parte de los seglares filipinos se deja sentir no solamente en la comunidad eclesial. Es también una inmensa fuerza portadora del poder del Evangelio para impregnar la cultura, transformarla y regenerarla. Trabajando de acuerdo con su naturaleza eclesial, vuestros Movimientos y Asociaciones son medios especialmente eficaces para proclamar el compromiso de la Iglesia con la dignidad de la persona humana y con el progreso de la libertad y los derechos de todos los filipinos. El Pueblo de Dios, a quien le ha sido dada la paz de Dios, debe estar siempre dedicado colectivamente a promover la justicia humana que es un requisito de la paz social.

8. Hermanos y hermanas míos: No os sorprenda que, a veces, las más nobles iniciativas estén sujetas a la fragilidad humana y a la oposición por parte de otros. La vigilancia es siempre una condición para la libertad cristiana; la vigilancia que se expresa sobre todo en la oración. Jesús dijo a sus discípulos: "Velad y orad para que no accedáis a la tentación" (Mt 26, 41). Se pueden presentar tentaciones ideológicas y pueden surgir divisiones, pero os basta la gracia de Cristo, la gracia de Cristo que os llama a la unidad y al amor fraterno, la gracia de Cristo que os transforma en un pueblo de esperanza.

Jesucristo os ha llamado verdaderamente a compartir su misión salvífica, y a construir la comunión de su Iglesia. Al mismo tiempo El nos prepara para el esfuerzo y la victoria cristianos: "En el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad; yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). Y mientras vencéis al mundo en todo lo que es pecado y corrupción, seréis capaces, al mismo tiempo, de ofrecer al Padre la gloria de la creación y de dirigirla a la alabanza de la Santísima Trinidad. Como seglares en el mundo, vosotros podéis aportar una contribución única, en un papel eclesial, al diálogo de salvación que mantiene la Iglesia. Podéis ofrecer al mundo no solamente el mensaje de Cristo, sino también su concreta aplicación en vuestras vidas fomentando así el verdadero espíritu de diálogo en amistad, servicio y amor. Queridos hermanos y hermanas míos: Esta es vuestra dignidad y vuestra fuerza: permanecer unidos a Cristo, compartiendo su misión salvífica, apoyando su causa, construyendo su Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, amor y paz. Vosotros hacéis esto día tras día, semana tras semana, en el ordinario pero extremamente importante puesto de vuestra cotidiana vida cristiana.

9. Y recordad siempre que María, la Madre de Dios, está con vosotros. Ella es la Madre de misericordia y del amor hermoso, que ha estado velando por el pueblo filipino durante siglos y que continuará presidiendo vuestro destino en el futuro. Ella os guiará hasta su Hijo y os asistirá en vuestro comunicarle a los demás, en vuestro comunicar a Jesús al mundo.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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