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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS REPRESENTANTES DE OTRAS IGLESIAS CRISTIANAS


Nunciatura de Manila
Sábado 21 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo:

En el curso de esta visita pastoral que estoy haciendo a la Iglesia católica en Filipinas, es para mí una gran dicha encontrarme con vosotros, representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, y con los representantes del Consejo nacional de Iglesias de Filipinas.

1. Cada país posee sus especiales características de corazón y mente. En Filipinas uno piensa inmediatamente en vuestro cálido sentido de comunidad, la conciencia de que estáis estrechamente vinculados, un sentido de fraternidad que llamáis el espíritu "pakikisama". Yo mismo lo he experimentado en el breve tiempo que he pasado entre vosotros.

2. A la luz de este espíritu, las divisiones entre cristianos parecen todavía más extrañas e innaturales. Esto ciertamente constituye una base para vuestra sensibilidad ecuménica, pero sin duda nuestra preocupación por la unidad de los cristianos se funda en una razón más profunda. Todo cuanto es noble y bueno en la comunidad humana ha sido realizado y llevado a perfección en aquella más profunda comunidad universal, de la cual dice San Pablo: "Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3, 26-27). Esta es la comunión creada por el amor desbordante de Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta Iglesia, única grey de Dios, signo y ya pregusto de su Reino, como un estandarte alzado bien alto para que lo vean las naciones, sirve al ministerio del Evangelio de paz para la humanidad entera (cf. Unitatis redintegratio, 2).

3. La unidad de la Iglesia es el don de Dios y no obra de los hombres. Pero las desgraciadas divisiones entre cristianos dañan este Cuerpo de Cristo, de manera que ahora la comunión eclesial entre las diversas comunidades es incompleta y en esa medida un eficaz testimonio de Cristo es impedido y oscurecido. Es una gran gracia y una energía de renovación, que en nuestros días Dios haya despertado en los corazones de los cristianos un ansia profunda por "una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y de esta manera se salve para gloria de Dios" (Unitatis redintegratio, 1).

4. Como cristianos, estamos ya estrechamente vinculados. Justificados por la fe en nuestro bautismo y así incorporados a Cristo (cf. Unitatis redintegratio, 3), viviendo de su Espíritu, estamos unidos por una real aunque imperfecta comunión. Es responsabilidad nuestra expresar y hacer visible lo más posible esta comunión que nos une en Cristo, "conservando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz" (Ef 4, 3). "Podemos y debemos, ya desde ahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad en el anuncio del misterio de Cristo" (Redemptor hominis, 11; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de marzo de 1979, pág. 7). De la misma manera, no debemos escatimar esfuerzos para restaurar aquella plenitud de comunión en Cristo, nuestro Señor y nuestra Cabeza, que vino "para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 32).

5. Ante las grandes naciones de Asia, los cristianos de Filipinas tienen una especial vocación de dar testimonio de la común esperanza que poseen en Cristo. Particularmente aquí es necesario asegurar que "esta cooperación entre los cristianos exprese con viveza la unión que ya los vincula entre sí y exponga a más plena luz el rostro de Cristo siervo" (Unitatis redintegratio, 12). Se os presenta una oportunidad de combinar o coordinar vuestros esfuerzos para mejorar la condición humana, aliviando las necesidades y ayudando a crear en la sociedad aquellas condiciones que hacen la vida más conforme a la dignidad de cada hombre y cada mujer.

6. Tales esfuerzos pueden brindar un testimonio común al único Evangelio de Jesucristo. El Evangelio es nuestro común tesoro, y la tarea misionera que os corresponde como cristianos os debo también conducir a la búsqueda de modos y maneras de proclamar juntos, en la medida de lo posible, las verdades básicas en él contenidas, descubriendo lo que ya os une, incluso antes de que se alcance la plena comunión entre vosotros (cf. Redemptor hominis, 12). En esto os enfrentáis enseguida con aquello que os divide todavía y que limita el testimonio que podéis dar juntos. Esta es la tragedia de nuestras divisiones.

Lejos de hacer fecundo y eficaz nuestro testimonio de Cristo, el escándalo de nuestras divisiones ha disminuido nuestra credibilidad: Y esto resulta verdad, no sólo cuando se trata de no cristianos, sino también de cristianos de fe simple. Con toda honestidad, nos toca asumir nuestra responsabilidad por ello. Por esto es tan urgente que, a todos los niveles, los cristianos estén dispuestos a obrar activamente y pedir por el restablecimiento de la plena comunión. Él empeño del diálogo teológico es parte integral de todo esto, pero el alma es la conversión personal, la santidad de vida y la oración por la unidad cristiana (cf. Unitatis redintegratio, 8).

7. La situación ecuménica en Filipinas resulta especial, dado que la mayoría de los cristianos son miembros de la Iglesia católica. Los católicos tienen entonces una particular responsabilidad. A ellos toca así disponer de un conocimiento adecuado de los principios católicos del ecumenismo, serles profundamente fieles y empeñarse en ponerlos en práctica con valentía y prudencia. Fallar en esto, por impaciencia o por inercia, equivale a impedir a la Iglesia católica contribuir a] movimiento ecuménico con los dones de gracia y de fe a ella confiados. Y es importante usar estos dones en comunión con el resto de los fieles y con los obispos.

8. Quisiera concluir con una palabra de ánimo a todos los cristianos de Filipinas. Vuestra tarea es bien real, porque las divisiones son en muchos casos de reciente origen: ha habido una proliferación de varios grupos diferentes. Para algunos, las divisiones se expresan todavía en patente mala voluntad y proselitismo. Pero recordadlo, la unidad que Cristo quiere para su Iglesia es su propio don. Vuestros esfuerzos pacientes y bien informados para superar la separación y restablecer la comunión, el testimonio común que sois ahora capaces de dar, son una forma de obediencia amante a la voluntad del Señor. Sean ellos sostenidos y fecundados incesantemente por vuestras oraciones. En cada parroquia y comunidad, en cada Iglesia, en cada capilla y cada estación misionera, haya súplicas a Dios por la unidad que El quiere para su pueblo y por medio de él para toda la familia humana.

"Mi amor está con todos vosotros en Cristo Jesús" (1 Cor 16, 24). Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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