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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A TODOS LOS PUEBLOS DE ASIA
DESDE RADIO VÉRITAS


Sábado 21 de febrero de 1981

 

A vosotros, pueblo de Asia,

a vosotros, los cientos de millones de hombres, mujeres y niños que habitáis este inmenso continente y sus archipiélagos,

de un modo especial, a vosotros los que sufrís y pasáis necesidad,

a todos vosotros dirijo mí saludo más cordial. Que Dios omnipotente os bendiga a todos con paz y armonía estables.

1. He venido a Asia con una inmensa alegría para realizar mi primera visita como Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro. He venido a visitar las comunidades católicas y a traer un mensaje de amor fraterno a todas las gentes de Filipinas y del Japón, dos de las muchas naciones que forman el continente asiático. Mi viaje quiere ser un viaje de fraternidad en la realización de una misión que es enteramente religiosa. He venido también con el deseo de poder visitar en el futuro otras naciones de Asia y expresarles también a ellos de una forma personal mis sentimientos de profundo respeto y consideración. Mientras llega ese momento, celebro el poder enviar desde Manila un mensaje de esperanza a todos los pueblos de Asia. Lo hago a través de Radio Véritas que desde hace algunos años viene transmitiendo regularmente las palabras del Papa y un amplio repertorio de información religiosa en diversas lenguas.

2. Mi misión es religiosa y espiritual por su misma naturaleza. Al dirigirme a todos los pueblos de Asia no lo hago como un hombre de Estado, sino como servidor y apóstol de Jesucristo a quien han sido confiados "los misterios de Dios" (cf. 1 Cor 4, 1). He venido a Asia para ser testigo del Espíritu que actúa en la historia de los pueblos y de las naciones y que procede del Padre y del Hijo de quien está escrito: "Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). En el Espíritu Santo todos los hombres y todos los pueblos han sido constituidos, por la cruz y la resurrección de Cristo, hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina y herederos de la vida eterna. Todos han sido redimidos y están llamados a la gloría en Jesucristo sin distinción de lengua, raza, nación o cultura. La Buena Nueva que proclamó Jesucristo y que la Iglesia, fiel a la voluntad del Señor, continúa proclamando, tiene que ser anunciada "a toda criatura" (Mc 16, 15) y "hasta el extremo de la tierra" (Act 1, 8).

Desde los comienzos de la Iglesia, los discípulos de Cristo, los Apóstoles y sus sucesores, llegaron hasta los pueblos de este inmenso continente asiático: primero a la India, la tierra del Apóstol Santo Tomás; más tarde, en el curso de los siglos, otras tierras y otros archipiélagos fueron visitados por San Francisco Javier, el jesuita Matteto Ricci y otros muchos.

Mi actual visita a Asia pretende continuar el ejemplo del Papa Pablo VI, seguir las huellas de grandes misioneros y apóstoles. He venido a Asia con la misma verdad sobre el inefable amor del Padre, un amor que permite al hombre alcanzar en Cristo la medida plena de su dignidad y destino final.

3. Como todos aquellos que, antes que yo, proclamaron aquí a Jesucristo en diferentes períodos de la historia, también yo, en mi visita a los pueblos de Asia, encuentro la herencia local y las antiguas culturas que contienen elementos loables de desarrollo espiritual y que manifiestan formas de vida y de conducta que, en muchos casos, se hallan muy próximas a las que encontramos en el Evangelio de Cristo. Diferentes religiones han intentado responder a las preguntas del hombre sobre la explicación última de la creación y sobre el sentido de la presencia del hombre en la tierra. Para responder al hombre, el hinduismo se sirve de la filosofía y en su ascenso hacia Dios los hindúes practican el ascetismo y la meditación. El budismo enseña que el hombre alcanza la paz y la iluminación por medio de la confianza devota. Otras religiones siguen estos mismos derroteros. Los musulmanes adoran al Dios único, se sienten unidos a Abrahán prestando reverencia a Cristo, honrando a María y manifestando una alta estima por la vida moral, la oración y el ayuno. La Iglesia católica acepta la verdad y la bondad presentes en estas religiones y ve en ellas reflejos de la verdad de Cristo al que proclama como "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Desea hacer lo posible por cooperar con otros creyentes en la conservación de todo aquello que existe de bueno en sus religiones y culturas, acentuando los elementos comunes y ayudando a todos a vivir como hermanos y hermanas (cf. Nostra aetate, 1-3).

4. En esta época la Iglesia de Jesucristo siente una profunda necesidad de entrar en contacto y diálogo con todas estas religiones. Venera muchos valores morales contenidos en ellas y todo el potencial de vida espiritual que marca de manera tan profunda las tradiciones y las culturas de sociedades enteras. Lo que parece acercar y unir de forma especial a los cristianos y a los creyentes de otras religiones es un reconocimiento de la necesidad de la oración como expresión de la espiritualidad humana abierta hacia el Absoluto. Incluso en el caso de que, para algunos, se trate del Gran Desconocido, en realidad continúa siendo siempre el mismo Dios vivo. Confiamos en que, allí donde el espíritu humano se abra en la oración a este Dios Desconocido, se escuchará un eco del mismo Espíritu que, conociendo los límites y la fragilidad de la persona humana, ora en nosotros y por nosotros y "aboga por nosotros con gemidos inenarrables" (Rom 8, 26). La intercesión del Espíritu de Dios que ora en nosotros y por nosotros es el fruto del misterio de la redención de Cristo en la que se ha manifestado al mundo el amor de Dios que lo abarca todo.

5. Así pues, todos los cristianos han de comprometerse en el diálogo con los creyentes de todas las religiones de tal modo que crezca el entendimiento y la colaboración mutuas, se refuercen los valores morales y Dios sea alabado en toda la creación. Es necesario abrir caminos para que este diálogo sea una realidad en todas partes, pero de un modo especial en Asia, cuna de antiguas culturas y religiones. También es necesario que los católicos y los cristianos de otras Iglesias se unan en la búsqueda de la unidad plena, a fin de que Cristo se manifieste abiertamente en el amor de sus discípulos. Las divisiones que existen aún entre aquellos que confiesan el nombre de Jesucristo deben sentirse como un incentivo para una oración más ferviente y para la conversión del corazón, de modo que podamos ofrecer un testimonio más perfecto del Evangelio. Por otra parte, los cristianos unirán sus manos con las de iodos los hombres y mujeres de buena voluntad que comparten la misma fe en la dignidad inestimable de la persona humana. Trabajarán juntos a fin de crear una sociedad más justa y pacífica en la que el pobre sea e] primer objeto del servicio fraterno. Asia es un continente en el que lo espiritual goza de gran estima y en "el que el sentido religioso es profundo e innato: la salvaguardia de esta preciosa herencia ha de ser una tarea común a todos.

6. Al recordar las grandes tradiciones espirituales y religiosas de Asia y al urgir a una colaboración fraterna entre todos sus habitantes quiero referirme también a los problemas con los que se enfrentan aún muchas de las naciones de Asia y el Continente Asiático en su totalidad. Las dificultades económicas y la constante necesidad de un desarrollo más rápido y adecuado preocupan justamente a vuestros jefes y a vuestros pueblos. Un gran número de grupos y de clases de muchos países de Asia sienten aún el peso de la pobreza. No sólo existen marcados contrastes en la situación social y económica de las diferentes naciones, sino que incluso dentro de un mismo país un buen número de personas carece todavía de las condiciones mínimas necesarias para que un ser humano pueda vivir con dignidad y tomar parte en el desarrollo de su comunidad. El hambre, la falta de viviendas adecuadas, de cuidados sanitarios y de facilidades en el campo de la educación siguen siendo una trágica realidad para muchas familias. Se han hecho grandes esfuerzos, se han aplicado varios modelos, se han adoptado nuevas ideologías, pero los resultados no han sido siempre satisfactorios. En algunos sitios el. progreso económico no se ha visto acompañado de una mejora de la calidad de vida. A veces se han marginado, incluso, valores importantes y esenciales.

7. Los factores que han contribuido a este estado de cosas son muchos. En algunos casos se trata de factores que operan dentro de las diferentes comunidades; en otros, de elementos impuestos desde fuera. Uno se da cuenta, hoy más que nunca, de que los problemas inherentes al desarrollo de los pueblos no encuentran una explicación satisfactoria con la simple referencia a la insuficiencia y al retraso del progreso científico o técnico respecto a otros países más avanzados o más industrializados. Hay que reconocer, además, que muchas veces el mundo industrializado ha impuesto la fuerza de sus propios centros de decisión y de su estilo de vida y que, de este modo, ha provocado una desorganización de las auténticas estructuras y posibilidades de las naciones menos avanzadas.

8. La justicia y la equidad requieren que cada una de las naciones y la comunidad internacional asuman la parte de responsabilidad que les toca en el desarrollo de Asia conforme a una auténtica solidaridad internacional. Esta solidaridad se basa en el hecho de que todos los pueblos tienen una dignidad igual y que todos juntos constituyen una comunidad de dimensiones mundiales. Con el fin de que esta solidaridad sea respetada habrá que tomar graves decisiones promoviendo las estructuras necesarias que hagan posible la creación de un nuevo orden en las relaciones internacionales como condición para el desarrollo auténtico de todas las naciones. A todas ellas debe alcanzar la solidaridad internacional. Pero aquellas que sienten la amenaza de su dignidad o de su existencia tienen una preferencia especial y un derecho prioritario a la solidaridad internacional.

9. Hay que entender, sobre todo, la verdadera naturaleza del proceso de desarrollo. El desarrollo no es un estado de cosas al que se llegue de una vez para siempre. El desarrollo es un largo proceso, difícil e incierto a veces, por el cual cada nación asume la gestión de sus propios asuntos y obtiene los medios necesarios para asegurar que todos, individuos y comunidades, tengan plenas posibilidades para su existencia y desarrollo. El verdadero desarrollo depende del compromiso personal de los hombres y mujeres que constituyen la comunidad. Las estructuras son, ciertamente, algo importante, pero pueden servir tanto para mantener como para destruir a un pueblo. Por consiguiente, las estructuras han de ser puestas siempre al servicio del hombre, pues su única razón de ser es el hombre y, por ello mismo, necesitan ser adaptadas constantemente con el fin de servir de modo efectivo a la causa del desarrollo humano.

10. Desde el más humilde campesino a la persona que goza de la más alta posición de responsabilidad, todos, hombres y mujeres, han de ser conscientes del bien común y esforzarse por promover el progreso común en el desarrollo social y económico. En este contexto quisiera insistir en la importancia que tiene la creación de puestos de trabajo dignos para todos, así como el fomento de una verdadera comprensión del sentido del trabajo. Tanto en el sector agrícola como en el industrial y en el de los servicios auxiliares, el trabajo humano capacita al hombre para la participación en el proceso de desarrollo y, al mismo tiempo, para el desempeño de los deberes que, como consecuencia del amor, asume para con los miembros de su familia El trabajo humano, al promover el desarrollo social y económico, ha de promover además el bienestar total y el verdadero progreso de la persona humana.

11. Para lograr estos objetivos, el desarrollo de las naciones ha de obtenerse en una atmósfera de paz. No puedo dirigirme a vosotros, pueblos de Asia, sin referirme a este problema tan importante, pues la paz es la condición necesaria para la vida y el desarrollo de las naciones y de las personas. Mi corazón se llena de tristeza al pensar en los muchos lugares de vuestro continente donde el rumor de la guerra no ha sido acallado todavía; los pueblos envueltos en tales conflictos han cambiado, pero no la realidad de la guerra. Lugares donde se considera que las armas son el único medio de alcanzar la seguridad, donde los hermanos se enfrentan contra sus propios hermanos con el fin de equilibrar injusticias reales o imaginarias. A Asia no le ha sido ahorrada la suerte de otras muchas partes del mundo donde la paz —una paz verdadera en libertad, confianza mutua y colaboración fraterna— constituye sólo un sueño. Son muchos los hombres, mujeres y niños que sufren y mueren en el suelo de Asia; muchas las familias destrozadas o que se han visto obligadas a abandonar sus casas y aldeas. Existe mucho odio que crea dolor y destrucción. Nunca cesaré de alzar mi voz para abogar por la paz. Como lo he hecho en llamamientos públicos y en conversaciones privadas con los Jefes del mundo, vuelvo a exhortar ahora a todos y a cada uno a que se respeten los valores y los derechos de las personas y de los pueblos.

12. No puedo concluir sin dirigir un saludo muy cordial a mis hermanos y hermanas en la fe cristiana, a todos aquellos con los cuales confieso el nombre de Jesucristo y, en particular, a aquellos a quienes amo como miembros de la Iglesia a cuya guía y servicio he sido llamado. A todos los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos —hombres y mujeres— católicos digo: ¡El Señor esté con vosotros! Pax Domini sit semper vobiscum! Desde sus comienzos la Iglesia ha estado presente en Asia. Vosotros sois los sucesores de los antiguos cristianos que sembraron el mensaje evangélico de amor y de servicio por toda Asia. En muchas partes de este continente sois muy pocos, pero en cada  una de las naciones de Asia la Iglesia ha echado raíces. En los miembros de su Iglesia —en vosotros—, Cristo es asiático.

13. Cristo y su Iglesia no pueden ser extraños a ningún pueblo, nación o cultura. El mensaje de Cristo pertenece a todos y a todos va dirigido. La Iglesia no tiene designios humanos ni ambiciones políticas o económicas. Lo mismo en Asia que en cualquier otra parte del mundo quiere ser el signo del amor misericordioso de Dios, nuestro Padre común. La misión de la Iglesia es proclamar a Jesucristo, nacido de la Virgen María, como Hijo eterno de Dios y Salvador del mundo; dar testimonio de su amor sacrificial; prestar servicio en su nombre. Al igual que Cristo, su Maestro, la Iglesia desea el bienestar de toda la humanidad. Dondequiera que se encuentre la Iglesia ha de hundir profundamente sus raíces en el suelo cultural y espiritual de la nación, asimilar todos los valores genuinos, enriqueciéndolos al mismo tiempo con la penetración que ha recibido de Cristo que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6) para toda la humanidad. Los miembros de la Iglesia han de ser, a un mismo tiempo, buenos cristianos y buenos ciudadanos, prestando su contribución a la construcción de la sociedad de la cual son miembros de pleno derecho. Procurarán ser, en cada sociedad, los mejores hijos e hijas de su patria, trabajando desinteresadamente en colaboración con los otros por el auténtico bien de su país.

La Iglesia no pretende ningún tipo de privilegios; sólo desea libertad y autonomía en el ejercicio de su propia misión. En las leyes y costumbres de la mayoría de las naciones se protege el principio de libertad de conciencia y de religión. Ojalá que este principio garantice de manera efectiva a todos los hijos e hijas de la Iglesia católica la profesión libre y pública de su fe y de sus convicciones religiosas. Esto lleva consigo, además, el que la Iglesia tenga la posibilidad de establecer en forma libre programas e instituciones educativas y de caridad, actividades que, por otra parte, beneficiarán los intereses del conjunto de la sociedad. Los cristianos consideran, en efecto, como tarea propia la contribución a la salvaguardia de una moral sana en la esfera personal, familiar y social. Para ellos es una obligación servir a Dios en sus hermanos y hermanas.

14. Como verdaderos hijos e hijas de su país, verdaderos hijos de Asia, los cristianos ofrecen un testimonio elocuente del florecimiento del Evangelio de Cristo y la enseñanza de la Iglesia en los corazones y las conciencias de las gentes de todas las naciones de la tierra.

Son muchos los hombres y mujeres que, en diferentes lugares del continente asiático, han dado testimonio de esta verdad con el ofrecimiento de sus vidas por la causa de Cristo. Lo han hecho del mismo modo que lo habían hecho otros antes que ellos durante los primeros siglos del cristianismo en Roma, y en muchos lugares del mundo en el curso de dos milenios.

Mi actual peregrinación por Asia está unida íntimamente al testimonio cristiano de fe dado por los mártires japoneses. La Iglesia los venera convencida de que el sacrificio de sus vidas ayudará a obtener salvación y paz, fe y amor para todos los pueblos de este continente.

15. Mis últimas palabras son una oración por Asia: para los Jefes de Estado y los Gobiernos de Asia pido sabiduría y fuerza para que guíen a sus naciones hacia un bienestar y un progreso plenos y humanos. Para los jefes de las religiones de Asia suplico la asistencia de lo alto para que animen a los creyentes en su búsqueda del Absoluto. Pido a Dios que todos los padres e hijos de Asia crezcan en el amor mutuo y en el servicio a sus conciudadanos. Al Dios omnipotente y misericordioso encomiendo la dignidad y el destino de cada uno de los hombres, mujeres y niños de este continente: ¡la dignidad y el destino de Asia entera!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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