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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE LEPROSOS DE LA LEPROSERÍA DE TALA
EN LA SEDE DE RADIO VÉRITAS


Sábado 21 de febrero de 1981

 

 

Mga kuibigan:

Maratning salamat sa inyong lahat (Muchas gracias a todos). Me hubiera gustado visitaros en vuestra casa, pero esto no ha sido posible. Gracias por haber venido a saludarme vosotros. Gracias por representar a todos aquellos otros que hubieran deseado venir pero no han podido hacerlo. Estar con vosotros hoy me produce una alegría inmensa. Os saludo con afecto y confío que sabréis cuánto he deseado este encuentro.

En mis anteriores visitas pastorales a África y al Brasil tuve la oportunidad de encontrar a otros hombres y mujeres que sufren la enfermedad de la lepra. Aquellos contactos dejaron en mí una fuerte impresión, pues pude constatar la paciencia amorosa y el ánimo resuelto con que viven a pesar de los sufrimientos y la adversidad.

1. Estoy aquí en el nombre de Cristo Jesús para recordaros su amor extraordinario por todos sus hermanos y hermanas y, en particular, por cada uno de vosotros. Los Evangelios dan testimonio de esta verdad. Pensad un momento con qué frecuencia mostró Jesús esta actitud transformando situaciones de miseria en momentos de gracia. En el Evangelio de San Lucas, por ejemplo, diez leprosos se acercan a Jesús pidiéndole que les cure. Nuestro Señor les manda que se presenten a los sacerdotes y, por el camino, son curados. Uno de ellos vuelve para dar gracias. Con su agradecimiento demuestra una fe fuerte, gozosa y dispuesta a la alabanza por el carácter maravilloso de los dones de Dios. Es evidente que Jesús ha tocado con el amor el corazón de este ser humano.

2. También en los Evangelios de Mateo y Marcos leemos el relato de un leproso que suplica la curación a Jesús. Pero sólo si éste quiere. ¡Qué agradecimiento el de aquel hombre cuando comprobó que su petición había sido atendida! Sin perder tiempo, marcha a comunicar a todos los que le salen al paso la alegre noticia del milagro realizado. Aquella alegría inmensa nacía de la fe de aquel hombre. Sus palabras, "si quieres puedes curarme", eran el testimonio de una voluntad dispuesta a aceptar lo que Jesús quisiera hacer con él. ¡Pero su fe en Jesús no quedó defraudada! Hermanos y hermanas: ¡que vuestra fe en Jesús no sea menos firme y constante que la de estos personajes de que nos hablan los Evangelios!

3. Conozco los sufrimientos que os causa vuestra enfermedad, no sólo los de carácter físico. Las falsas imágenes con que mucha gente asocia la enfermedad de Hansen aumentan vuestro dolor. Con mucha frecuencia os encontráis con viejos prejuicios que se convierten en una nueva fuente, mayor aún, de sufrimientos. Por lo que a mi toca, continuaré proclamando ante el mundo la necesidad de que todos tomen mayor conciencia de las posibilidades de curación de esta enfermedad si se actúan las atenciones adecuadas. Por esta razón pido a todos que concedan un apoyo creciente a los valientes esfuerzos que se están haciendo en la superación de la lepra y que se aplique un tratamiento eficaz a los que sufren esta enfermedad.

4. Ruego a Dios para que nunca os desaniméis ni os amarguéis. En todos los lugares y momentos en que encontréis la cruz, abrazadla como la abrazó Jesús para que se cumpla la voluntad del Padre. Ofreced vuestro sufrimiento por el bien de toda la Iglesia, de modo que podáis decir con San Pablo: "Ahora me alegro de mis padecimientos... y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col I, 24).

Hace tres días beatifiqué en vuestro país a 16 mártires de Nagasaki. Entre ellos se encuentra el Beato Lázaro de Kyoto, que era un leproso. ¡Qué alegría sentimos al contemplar la asistencia prestada por el Beato Lázaro a los misioneros como intérprete y guía! Al final, su compromiso en la difusión del Evangelio le costó la vida. Murió derramando su sangre por la fe. ¡Su amor a Jesucristo le supuso muchos sufrimientos, incluida la tortura! ¡Fue incomprendido, rechazado y odiado por los demás en su servicio a la Iglesia! Pero con la fuerza de la gracia divina, el Beato Lázaro dio testimonio de su fe y mereció el premio maravilloso de la corona del martirio.

Mis queridos amigos: yo os invito a imitar la valentía del Beato Lázaro, que os es tan cercano. Compartid vuestras convicciones de fe con vuestros hermanos y hermanas que sufren con vosotros. Corresponded al amor que os demuestran los médicos, enfermeras y voluntarios que con tanta generosidad se ocupan de vosotros. ¡Trabajad por construir una comunidad de fe viva, una comunidad que servirá de soporte, fortalecerá y enriquecerá a la Iglesia universal! ¡Este es vuestro servicio a Cristo! ¡Este es el reto de vuestras vidas! ¡Así es como podéis manifestar vuestra fe, vuestra esperanza y vuestro amor!

¡Que Dios os bendiga, queridos hermanos y hermanas! ¡Que Dios bendiga a todos los que sufren de lepra en este país! ¡Que Dios bendiga a vuestras familias, a vuestros amigos y a todos los que os asisten! At higit sa lahat, inihahabilin ko ang aking sarili sa inyong panalangin, sa inyon pagmamahal: (Sobre todo, me encomiendo a vuestras oraciones y amor).

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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