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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
EN LA CATEDRAL DEL DULCE NOMBRE DE MARÍA


Guam
Domingo 22 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas:

"Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros y recordándoos en nuestras oraciones, haciendo sin cesar ante nuestro Dios y Padre memoria de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestra caridad y de la perseverante esperanza en nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes 1, 2-3).

1. Hago mías estas palabras de San Pablo y deseo expresar con ellas los sentimientos de mi corazón al dar gracias al Dios omnipotente por el testimonio de vuestra fe. Reunido con vosotros en esta catedral dedicada al nombre de María, me siento muy complacido al contemplar las muchas pruebas del modo en que vuestra fe en Jesucristo ha probado su firmeza y su verdad.

¿Cómo dejaremos de dar gracias después de ver la rapidez con que la fe fue aceptada por el pueblo de Guam? Qué amor tan grande caracterizó a los misioneros y misioneras cuyos esfuerzos enriquecieron de tal modo esta Iglesia. Su predicación y su enseñanza no tuvieron la fuerza de la mera persuasión humana, sino que dieron fruto por el poder del Espíritu Santo.

Y vosotros, que os habéis reunido hoy aquí, sois los herederos de esta rica tradición, pues participáis de una comunión viva de fe, esperanza y amor. Con todo, los lazos que nos unen sienten la continua necesidad de ser estrechados aún más, de modo que podamos formar una unidad más perfecta de comunión y servicio.

2. Pues en cada época y lugar la Iglesia es llamada por Cristo a formar de muchos individuos un solo pueblo unido en "un Señor, una fe, un bautismo" (Ef 4, 5). Como un cuerpo, la Iglesia tiene que irradiar ante el mundo la presencia de su Señor. Jesucristo es, por consiguiente, la razón de todo lo que la Iglesia dice y hace. ¡Jesucristo es el centro de atracción para la comunión viva que constituye la Iglesia!

3. Es bueno que releamos con frecuencia aquellos sagrados relatos de los primeros años de la vida de la Iglesia y que reflexionemos sobre aquellos elementos que constituyen su comunión eclesial. En los Hechos de los Apóstoles leemos: "Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones" (Act 2, 42).

4. Desde sus comienzos la Iglesia reconoció como un deber suyo el transmitir lo que ella había recibido de su Señor. La enseñanza apostólica capacitó a los discípulos para ser "un corazón y un alma sola" (Act 4, 32). Los primeros cristianos confesaron así una fe común ante el mundo y no fue posible una auténtica comunión allí donde faltaba la fidelidad a la tradición apostólica.

La Iglesia está llamada, hoy no menos que ayer, a preservar la integridad del mensaje de Cristo. Pues la Palabra del Señor no le ha sido confiada para manejarla a su antojo. La Iglesia es, más bien, un instrumento de evangelización cuando imparte el mensaje de Cristo en su integridad en la rica plenitud de su contenido.

5. Pero, por otra parte, no se trata de exhibir el mensaje evangélico como un objeto conservado en la vitrina de un museo donde se le puede estudiar o admirar. No, el mensaje evangélico ha de ser compartido, transmitido de forma que otros puedan escucharlo, aceptarlo y ser iniciados en la comunidad de los fieles. El servicio a la Palabra es el patrón en que se conoce la fe apostólica. Se trata de un servicio que no pide nada a cambio, salvo la certeza de que el amor de Cristo se haga presente al mundo.

Existen en la sociedad tantos ejemplos de manipulaciones del amor que algunas personas consideran que no es j)9siblc que exista un amor desinteresado. Hemos de mostrar una vez más a esta gente el espíritu de desprendimiento ejemplificado en los primeros cristianos y del que nos hablan los Hechos de los Apóstoles: "Ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común" (Act 4, 32). Allí donde exista esta actitud de autodonación generosa florecerá una verdadera comunión.

6. Pero, ¿dónde recibe la comunidad el impulso para ser una verdadera comunión? La Iglesia encuentra esta fuente en "la fracción del pan". La Eucaristía es "la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (Sacrosanctum Concilium, 10).

En la Eucaristía la comunión eclesial no sólo es manifestada sino que, de hecho, es originada. "Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor 10, 17).

Así, pues, es necesario que nuestra comunión eucarística, basada en una expresión de fe común, no sea nunca la causa de disensiones o divisiones en la comunidad. Las formas individuales de expresión han de abrir el camino a la edificación de la comunión eclesial de toda la Iglesia.

7. Por último, la llamada a la fe implica para cada uno de los creyentes una continua llamada a la santidad alimentada en la oración. Abandonado a sus propias fuerzas, el hombre no posee la fuerza necesaria para superar el pecado del mundo. El Espíritu es el único que puede asegurar una unidad verdadera y estable, pues con su presencia cada miembro de la comunidad es impelido hacia expresiones de caridad y misericordia más generosas. En la época actual la Iglesia se alegra al contemplar el profundo deseo que anima a muchos hacia un mejor conocimiento del Espíritu por medio de la oración. De todo corazón deseo alentar este interés y pido para que el Espíritu Santo infunda en todos los sectores de la Iglesia un fervor por la santidad que anteponga el amor a Dios y el amor al prójimo a cualquier otra consideración.

8. Mis hermanos y hermanas: Amémonos en Cristo. Estrechemos siempre los vínculos de la fe en todo lo que hagamos. Que nuestra predicación y nuestra enseñanza sean un claro reflejo del rico depósito de la fe. Celebremos nuestra comunión con corazones alegres para que encontremos en las celebraciones eucarísticas una mayor realización de la unidad que compartimos en la fe. Seamos fervorosos en nuestra vida de oración y pidamos al Espíritu Santo que guíe a todos los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos por los senderos de una santidad auténtica.

Y una última cosa: No dejemos de fijar nuestra mirada en el ejemplo de María, cuya fe fue constante y perseverante y a la que veneramos en este lugar como Nuestra Señora de Camarín. Encomendémonos a su protección e invoquemos su poderosa intercesión: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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