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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE EL GOBIERNO JAPONÉS

Martes 24 de febrero de 1981

 

Excelencias, señoras y señores:

1. En el curso de mi visita pastoral al Este de Asia, y a las comunidades católicas de Filipinas, Guam y Japón, me alegro y me siento honrado por esta oportunidad de reunirme con el Cuerpo Diplomático acreditado ante el Gobierno japonés en esta ciudad de Tokio.

Como ya he tenido ocasión de poner de manifiesto durante este viaje, mi visita posee un carácter religioso. Vengo para traer a las comunidades católicas el apoyo fraterno de la Iglesia en Roma y en todo el mundo. He venido también a encontrarme con gentes de una región que se distingue por ser el hogar de antiguas culturas y religiones. Soy Sucesor del Apóstol Pedro en la Sede de Roma, pero soy también heredero de la tradición de otro Apóstol, Pablo, quien, habiendo recibido la fe en Jesucristo, viajó incansablemente a las diferentes partes del mundo entonces conocido, para dar testimonio de aquello en lo que creía, y para transmitir un mensaje de hermandad, amor y esperanza para todos.

2. Su presencia hoy aquí demuestra que ustedes entienden mi misión, así como la actividad de la Iglesia católica y de la Santa Sede en las diferentes partes del mundo. Debido a su misión, que es de naturaleza religiosa y de dimensiones universales, la Santa Sede se afana siempre por promover y mantener un clima de mutua confianza y de diálogo con todas las fuerzas vivas de la sociedad y, por tanto, con las autoridades que han recibido del pueblo el encargo de velar por el bien común. La Iglesia católica, fiel a su misión evangélica, desea estar al servicio de toda la humanidad, de la sociedad de hoy, tan a menudo atacada y amenazada. Por esta razón trata de mantener relaciones amistosas con todas las autoridades civiles, e incluso, si éstas lo desean así, relaciones a nivel diplomático. De este modo se establece, sobre la base del mutuo respeto y entendimiento, una cooperación de servicio en favor del progreso de la humanidad.

La Iglesia y el Estado —cada uno dentro de su propia esfera, espiritual y temporal, cada uno a través de sus propios medios, sin renunciar a su misión peculiar, sin confundir su tarea específica—, cada uno se afana por realizar este servicio a la humanidad a fin de promover la justicia y la paz a la que aspira toda la humanidad.

Quisiera rendir homenaje aquí a las relaciones cordiales que el Gobierno japonés mantiene con la Santa Sede, expresadas por medio de la presencia de un Embajador ante la Santa Sede y de un Representante Pontificio en Tokio. Este último posee una misión especial entre los líderes de la comunidad católica de este país, y también, como todos ustedes, la tarea de promover un espíritu de entendimiento y cooperación en el ámbito internacional.

3. Señoras y Señores: Ustedes son, en la capital de esta nación, portadores de una misión que toma su significado e inspiración en los ideales de una pacífica y fraterna colaboración. Todos ustedes son profundamente conscientes de esta su tarea. Sin duda alguna se trata de una tarea importante, difícil en numerosas circunstancias, pero que tiene siempre sus recompensas, pues es al mismo tiempo una escuela de mutuo entendimiento y el banco de prueba de las preocupaciones mundiales.

La base para toda actividad fructífera en favor de las relaciones pacíficas entre las naciones es, ciertamente, la capacidad de valorar correctamente y con buena disposición las cualidades específicas de los demás. Japón ofrece una verdadera escuela de entendimiento, pues Japón es único en su historia, en su cultura y en sus valores espirituales. En el curso de numerosos siglos, la sociedad japonesa ha honrado sin cesar sus propias tradiciones, manteniendo un auténtico aprecio por lo espiritual. Ha expresado estas tradiciones en sus torres y templos, en las artes, en la literatura, en el teatro y en la música, y ha preservado al mismo tiempo, incluso en medio del creciente desarrollo económico e industrial, sus características distintivamente japonesas. Ustedes, como diplomáticos, son testigos y participan muchas veces en los acontecimientos que marcan la historia y la vida del pueblo japonés, y de modo especial de su cultura, siendo de este modo capaces de adquirir una comprensión profunda de las diferencias que conforman el carácter y el espíritu de cada pueblo y nación. Ciertamente, como dije el mes pasado en mi discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede: “La cultura es la vida del espíritu; es la clave que permite el acceso a los secretos más profundos y más celosamente guardados, de la vida de los pueblos; es la expresión fundamental y unificadora de su existencia” (Discurso al Cuerpo Diplomático, 12 de enero de 1981, núm. 6; L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 25 de enero de 1981, pág. 18). Del mismo modo que es necesario estar profundamente enraizado en la propia cultura para poder entender los valores y el espíritu de la propia nación, así también es necesario mirar imparcialmente las manifestaciones de la Vida cultural de otros pueblos, para comprender las aspiraciones, necesidades y logros del propio interlocutor en el diálogo y la colaboración.

4. Existe un segundo aspecto en la tarea diplomática. Ustedes están llamados a ser instrumentos —incluso a estar en la vanguardia— de la construcción de un nuevo orden de relaciones en el mundo. Precisamente porque un pueblo se distingue de los demás por su herencia cultural y sus logros, puede ofrecer a los otros una contribución única e irreemplazable. Sin renunciar a sus propios valores, las naciones pueden trabajar unidas y construir una auténtica comunidad internacional caracterizada por una responsabilidad compartida en el bien común universal. Más que nunca, la situación del mundo requiere hoy que esta responsabilidad común sea asumida con un auténtico espíritu universal. De este modo, cada una de las comunidades diplomáticas se convierte en banco de prueba de las preocupaciones internacionales. En sus contactos personales diarios con sus colegas, en sus negociaciones oficiales con el país ante el que son representantes y sus organismos, en el esfuerzo por conocer y comprender la cultura local, en la participación activa en la vida de la comunidad que les ofrece hospitalidad, han de poner en práctica estas actitudes de respeto y aprecio que son tan necesarias para la construcción de relaciones fraternas entre las naciones del mundo.

5. Muchos de ustedes poseen ya una rica experiencia en el campo de las relaciones y los intercambios culturales, adquirida a lo largo de años de servicio a su propio país en diferentes partes del mundo. Espero que su misión aquí en Japón les ayude a descubrir y entender más profundamente, más allá del contexto japonés, la rica realidad de toda Asia y de todos los pueblos asiáticos. Asia posee un papel especial en la construcción y el fortalecimiento de la comunidad de las naciones. Quedan aun por resolver muchos problemas de dimensiones mundiales, y Asia debe tomar parte en las iniciativas emprendidas para solucionarlos. Quisiera hacer a ustedes mi convicción de que los problemas mundiales no encontrarán solución si cada continente y nación no juega el papel que le corresponde y aporta su contribución específica. Las naciones asiáticas deben asumir el papel que les corresponde por sus culturas centenarias, su experiencia religiosa, su dinámica y constante laboriosidad. El continente y los archipiélagos asiáticos no carecen, ciertamente, de problemas (¿qué nación de cualquier parte del mundo puede decir que ha solucionado todos los problemas de su pueblo?), sin embargo, no existe un reto mayor para un pueblo que el de compartir con los demás su propia esencia, a la vez que trata de encontrar la plena solución a sus propios problemas.

6. Hoy hemos llegado a un punto de la historia en el que es posible, económica y técnicamente, atajar las más graves consecuencias de la extrema pobreza que aflige a tantos de nuestros hermanos los hombres. Las modalidades de la pobreza son numerosas: desnutrición y hambre, analfabetismo o falta de una educación básica, enfermedades crónicas y alta mortandad infantil, falta de un empleo consistente y falta de casas adecuadas. Los obstáculos para solucionar estos problemas ya no son primariamente de carácter económico o técnico, como sucedía en el pasado, sino que hemos de buscarlos en la esfera de las convicciones y las instituciones.

¿No es acaso la falta de determinación política —tanto a nivel nacional como internacional—, el principal obstáculo para la total eliminación de las formas más graves de sufrimiento y necesidad? ¿No es la ausencia de fuertes convicciones personales y colectivas lo que impide al pobre participar más plena y equitativamente en su propio desarrollo? Las dificultades económicas actuales, que de diversos modos y en diferente medida afectan a todas las naciones, no pueden convertirse en un pretexto, para sucumbir a la tentación de hacer pagar al pobre la solución de los problemas del rico, permitiendo un modo de vida inferior a lo que permitiría una definición racional de la dignidad humana. Aunque existen numerosas razones que impulsan a la eliminación de la pobreza más baja, particularmente en el mundo desarrollado, sin embargo no dudo en afirmar que la toma de posición fundamental frente a la pobreza es de tipo moral. El signo de una comunidad rica, sea la familia, la nación o la misma comunidad internacional, es reconocer el imperativo moral de la mutua solidaridad, justicia y amor. La generosidad y el sentido de equidad, que existen ya en numerosas iniciativas y programas internacionales, han de ser reforzados mucho más por una conciencia creciente de la dimensión ética. El pueblo y los gobernantes han de ser cada vez más conscientes de que nadie puede permanecer con los brazos cruzados mientras haya seres humanos que sufran o pasen necesidad. La Santa Sede no cesará nunca de alzar su voz y de empeñar todo el peso de su autoridad moral para acrecentar la conciencia pública ante este problema.

7. Más tarde, en el curso de mi corta estancia en Japón, se me concederá la oportunidad de hablar sobre la primacía de la solicitud en favor de la paz internacional, y de animar a la comunidad internacional para que acreciente sus esfuerzos en favor de las relaciones pacíficas entre las naciones. En esta ocasión, permítaseme subrayar que las iniciativas en favor de la paz no pueden separarse de la búsqueda de una sociedad justa y de un desarrollo efectivo de todas las naciones y de todos los pueblos. La justicia y el desarrollo están íntimamente unidos a la paz. Son factores esenciales del nuevo orden mundial que aún está por construir. Son un sendero que conduce a un futuro de felicidad y dignidad humana.

Señoras y señores: La suya es una espléndida misión: ser heraldos de la universalidad, constructores de la paz entre las naciones, promotores de un mundo nuevo y justo. Que cada uno de ustedes, junto con sus Gobiernos, así como los círculos e instituciones internacionales, sean defensores de los hombres y naciones menos privilegiados. El ideal de la fraternidad internacional en que todos nosotros creemos tan profundamente, nos exige esto. Actuando de este modo, estén seguros de que ustedes servirán bien a su propio país y a toda la humanidad.

Que la paz y la justicia de Dios Todopoderoso permanezca en sus corazones siempre. Que esta bendición descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre sus naciones y sobre sus esfuerzos incansables al servicio de la humanidad.

 

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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