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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DIÁLOGO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES EN EL BUDOKAN DE TOKIO

Martes 24 de febrero de 1981

 

 

Queridos jóvenes hermanos:

Después de lo que he dicho, al comienzo, en vuestra lengua, deseo de nuevo daros las gracias (esta vez lo hago con la ayuda del intérprete), por toda vuestra preparación para el encuentro de hoy. Os doy las gracias a vosotros y a vuestros Pastores, de modo especial al obispo Hamao, que se ha preocupado de los preparativos. Al disponernos para este encuentro, habéis pensado qué preguntas podíais presentar a aquel que vendría de la lejana Roma, y visitaría por primera vez en la historia vuestra patria. He tenido la oportunidad de apreciar toda la riqueza de pensamiento, que se encierra en estas preguntas. Y ahora, de acuerdo con el programa de nuestro encuentro, deseo responder a las que se presentarán aquí públicamente.

La esperanza

1. Ahora bien, me preguntáis, ante todo, por qué he hablado ahora en japonés. Lo he hecho, y pienso continuar haciéndolo en algunas circunstancias, para manifestar mi respeto a vuestra cultura que, lo mismo que la cultura de cada nación, se expresa entre otras cosas (más aún, sobre todo) en la lengua. La lengua es una forma que damos a nuestros pensamientos, es como un vestido en el que metemos estos pensamientos. En la lengua se encierran unos particulares rasgos de la identidad de un pueblo y de una nación. Y, en cierto sentido, late en ella el corazón de esta nación, porque en la lengua, en la propia lengua, se expresa aquello de lo que vive el alma humana en la comunidad de una familia, de la nación, de la historia.

Pienso así en estos problemas, basándome en las experiencias ligadas con mi lengua nativa y con la vida de mi nación. (Aquí puedo añadir aún que antes de descubrir en mí la vocación sacerdotal, comencé a estudiar la filología y literatura de mi patria, lo que me hizo profundizar mucho en mis relaciones con el tema que vosotros habéis presentado).

Finalmente, todavía una cosa: Cristo, al dejar a sus Apóstoles, cuando terminó su actividad terrena. les dijo: "Id... y enseñad a todas las naciones..." (Mt 28, 19). Para poderlo hacer, es necesario conocer la lengua de la nación a la que nos dirigimos. He tenido demasiado poco tiempo para aprender a fondo vuestra lengua interesante, comenzando por su misteriosa escritura. Sin embargo, con la ayuda del padre Fidelis, franciscano, he podido llegar a leer, al menos, con cierta comprensión, algunos textos japoneses en transcripción, especialmente los de la Santa Misa. Os doy las gracias porque lo habéis aceptado con indulgencia...

2. Para poder realizar este plan "lingüístico", he debido dejarme guiar por el pensamiento de que lograría, de que conseguiría (al menos en parte) la finalidad que me había propuesto. He debido tener cierta esperanza...

Y ahora paso a vuestra segunda pregunta, que me parece la más importante. La pregunta sobre la esperanza. Pregunta muy importante, incluso fundamental cuando se trata de la vida humana. El hombre, en cierto sentido, no puede vivir sin la esperanza. Debe aspirar a algo, debe tener una finalidad en la vida, y la sensación de poder alcanzarla, La esperanza, como justamente habéis hecho notar, está ligada con el futuro. Pero, al mismo tiempo, determina el estado de nuestra alma en el presente. Ahora tenemos la esperanza de lo que conseguiremos más tarde.

Además, la esperanza siempre está vinculada con algún valor que debemos obtener. Podría decir de otro modo: con un valor que queremos dar a nuestra vida. Y por esto en la esperanza se expresa la fundamental percepción del sentido de nuestra vida. Esta percepción del sentido de la vida no depende esencialmente de lo que tenemos, sino de tomar conciencia clara del valor de nuestra humanidad; de nuestra dignidad humana.

Al leer el material que me habéis enviado, he notado, por una parte, cierta información amarga acerca de los suicidios de los adolescentes y, por otra, el testimonio edificante de un joven minusválido, que tiene la percepción profunda del significado de su vida.

Sabéis que vengo aquí en el nombre de Cristo. Deseo deciros, pues, que precisamente Cristo es el Maestro y el educador de la esperanza. El es su fuente. Al escuchar sus palabras, al vivir la vida que El quiere compartir con cada uno de los hombres, se encuentra el sentido más pleno de la vida.

Sí, Cristo nos descubre hasta el fondo el sentido de la vida humana. Nos muestra también el futuro definitivo en Dios. Este futuro sobrepasa los límites de la vida humana en la tierra. La esperanza que Cristo nos da es más fuerte que la muerte.

3. Me presentáis también una pregunta sobre el deporte. Me alegro mucho de esta pregunta, a la que puedo responder, basándome en mis experiencias personales. Siempre he dado (y continúo dando) una gran importancia al proverbio antiguo: "Mens sana in corpore sano". El esfuerzo físico, particularmente el deportivo, debe servir para esto. Para mí un motivo suplementario, pero muy importante cuando se trataba de emprender este esfuerzo (en diversas formas) fue siempre el amor a la naturaleza; a los lagos, a los bosques, a las montañas, tanto en verano como en otras estaciones, y especialmente en invierno, cuando es preciso hacer turismo sirviéndose de los esquís.

Pienso que a este propósito tendremos, vosotros y yo, no poco que contarnos, porque sé que también vosotros amáis mucho a la naturaleza, y tratáis de leer en ella, como en un libro espléndido, lleno de misterios.

El amor

4. La primera pregunta que se me plantea en esta parte de nuestro coloquio es muy importante.

Es sabido que el Evangelio, la enseñanza de Cristo, proclama al amor como el mandamiento más grande. "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente... Amarás al prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 37. 39). Son éstos los dos mandamientos que se unen uno al otro y se condicionan recíprocamente. Según la enseñanza y el ejemplo de Cristo, debemos amar a Dios por encima de todo, y al prójimo a medida del hombre. Al mismo tiempo, leemos en la Carta de San Juan: "Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4, 20). Por lo tanto, el amor de Dios se realiza y, en cierto sentido, encuentra su verificación en el amor al hombre, al prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos. Y el prójimo es cada uno de los hombres sin excepción; por esto Cristo habla incluso del amor a los enemigos. Dice así: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian" (Lc 6, 27-28). Por lo demás. El mismo ha dado ejemplo de este amor cuando, durante la crucifixión, oró por aquellos que le daban la muerte.

Aquí nace vuestra pregunta: ¿Cómo es posible que el hombre ame cuando se siente odiado, y mucho más cuando él mismo siente odio en sí mismo, o al menos, rencor, digamos, antipatía, en relación con algunas personas?

Efectivamente, desde el punto de vista de nuestros sentimientos, hay aquí una dificultad, más aún, "una contradicción": cuando "siento" aversión u odio, ¿cómo puedo, a la vez, "sentir" amor?

Sin embargo, el amor no se reduce sólo a lo que sentimos. Tiene en el hombre raíces más profundas, que se hallan en su "yo" espiritual, en su entendimiento y en su voluntad. Cuando queremos cumplir el mandamiento del amor (en particular cuando se trata del amor a los enemigos), debemos remontarnos precisamente a esas raíces profundas. De esto se sigue que el amor se hace quizá "más difícil", pero se convierte también en "más grande". En el amor nos dejamos guiar no sólo por la reacción de los sentimientos, sino por la consideración del verdadero bien. Y de este modo aprendemos a guiar nuestros sentimientos, los educamos. Esto requiere paciencia y perseverancia. Cristo dijo una vez: "In patientia vestra possidebitis animas vestras" (Lc 21, 19 Vulg.). Pues bien, amar verdadera y plenamente sólo sabe aquel que es capaz de "poseer" su alma, poseerse a si mismo: poseer para convertirse en "don para los demás". Todo esto nos lo enseña Cristo no sólo con su palabra, sino también con su ejemplo.

5. Bien, ahora responderé más brevemente a las otras preguntas. El hecho de que los hombres son hermanos, quiere decir primeramente que, a pesar de todo lo que los divide —raza, lengua, nacionalidad, religión—, sin embargo, se parecen. Cada uno es un hombre y todos son hombres.

Sin embargo, es necesario completar este significado primero con el segundo. Llamamos hermanos y hermanas a aquellos que son hijos de los mismos padres y de las mismas madres. Los hombres son hermanos, según la enseñanza de Cristo (e incluso según el sentir religioso más común) porque Dios es su Padre. Cristo pone en el centro de su Evangelio esta verdad sobre la paternidad de Dios. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar. El enseña una oración que comienza con las palabras: "Padre nuestro..." (Mt 6, 9).

Esta oración nos ayuda mucho por lo que se refiere al amor del prójimo y en particular al amor de los hombres malévolos para con nosotros. En ella decimos, entre otras cosas: Padre "perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6, 12).

(Quizá al final de este encuentro rezaremos esta oración).

6. Me habéis hecho preguntas también sobre la música. No sé tocar instrumento alguno. Nunca me he dedicado activamente a este campo del arte. En cambio vivo muy profundamente la belleza de la música, y me gusta mucho cantar. He pasado muchas horas (sobre todo en vacaciones) cantando junto con los jóvenes. E incluso ahora, durante el período de vacaciones, van a Castelgandolfo varios grupos de jóvenes y cantan. Abrigo la esperanza de que también vosotros queráis ir un día... aun sabiendo que hay mucha distancia.

Por lo que se refiere al género de música, me parece sentir de modo particularmente profundo la belleza de la música litúrgica (el gregoriano), pero me gusta también la música contemporánea: Serhwin, por ejemplo, Armstrong, Taki Rentaro, Toshiro Mayuzumi y otros. Naturalmente, me siento cercano a Chopin o Szymanowski (sé que una de las primeras clasificadas en el X Concurso Internacional de la música de Chopin en Varsovia, ha sido vuestra compatriota Akiko Ebi), pero también me siento cercano a Beethoven, Bach y Mozart, incluso en las magistrales interpretaciones de vuestros Seiyi Ozawa y Jwaki Hirojuki.

La paz

7. Dado que nuestro tiempo es limitado, me perdonaréis si en esta serie de preguntas —muy importantes— trato de ser conciso en las respuestas. Tanto más que, sobre el tema de la paz, tengo la oportunidad de pronunciarme en otras circunstancias significativas. Uno de los motivos de mi venida a Japón ha sido también el de detenerme en Hiroshima, en el lugar mismo de la explosión de la primera bomba atómica, que constituye una terrible advertencia para la humanidad. Al leer el material que me habéis enviado, me he dado cuenta de que os afecta muy profundamente el problema de la paz, de la verdadera paz, lo que es justo y comprensible, sobre todo, después de las experiencias del año 1945. Hacéis notar en vuestras exposiciones que la paz no puede apoyarse solamente sobre el "equilibrio de los armamentos", que no puede suponer la preponderancia de los fuertes sobre los débiles, que no puede estar ligada a ningún imperialismo...

La Iglesia piensa del mismo modo y enseña del mismo modo. Lo han demostrado el Concilio Vaticano II, el Papa Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris, Pablo VI en toda su incansable actividad en favor de la paz, entre otras cosas, publicando cada año un Mensaje especial en favor de la paz, para el día 1 de enero. Yo trato de continuar esta actividad. He aquí los temas de mis Mensajes de paz:

En 1979: "Para lograr la paz, educar para la paz"; en 1980: "La verdad, fuerza de la paz"; en 1981: "Para servir a la paz, respeta la libertad".

Sobre todo, deben construir la paz los que son responsables de las decisiones internacionales. Sin embargo, ellos deben tener presente —y la Iglesia trata de recordarlo constantemente— que "paz" significa en primer lugar un auténtico orden en las relaciones entre los hombres y entre las naciones. Por lo tanto, la construcción de la paz, desde sus fundamentos, debe significar el reconocimiento y el consiguiente respeto de todos los derechos del hombre (tanto los que se refieren a la parte material, como también los que afectan a la parte espiritual de su existencia terrena), y el respeto a los derechos de todas las naciones, sin excepción: sean grandes o pequeñas. ¡La paz no puede existir si los grandes y poderosos violan los derechos de los débiles! Muchas veces he hablado sobre este tema: ante la ONU, ante la UNESCO. También deseo repetirlo en Japón.

Si el programa de la paz en el mundo se expresa en la fórmula "nunca más Hiroshima", entonces ciertamente se expresa también en la fórmula "nunca más Oswiecim".

8. Así, pues, el esfuerzo que mira a construir la paz en el mundo debe realizarse a varios niveles. La paz no significa un éxtasis (como parecen expresar algunas de vuestras opiniones); significa un esfuerzo, un esfuerzo enorme, en el que cada uno tiene su propia parte. Es necesario formar la conciencia y el sentido de responsabilidad. Es necesario ser solidarios con aquellos cuyos derechos son violados. Es necesario "voir-juger, actuar".

Por tanto, ciertamente tenéis mucho que hacer también vosotros jóvenes, aquí en Japón os pertenece el día de mañana. Reflexionad sobre todos los programas de acción en favor de la paz, también sobre aquellos en los que se expresan los representantes de todas las religiones. La primera de estas conferencias tuvo lugar precisamente en Japón el año 1970, en Kioto.

Cristo dice: "Bienaventurados los pacíficos" (Mt 5, 9).

¡Convertíos vosotros en realizadores de paz!

9. La religión cristiana, la religión que en cierto sentido toma origen de las palabras: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (Lc 2, 14) aporta a la causa de la paz, ante todo, una ardiente e incesante oración a la que invita a todos.

Y luego aporta la convicción de que el hombre —también el contemporáneo-es capaz, con la ayuda de la gracia divina, de superar el mal multiforme que lo impulsa por los caminos del odio, de la guerra, de la destrucción. El hombre es capaz de esto. De esto son capaces los hombres, las sociedades y los sistemas—

El cristianismo afirma esta convicción y trabaja por su consolidación. Efectivamente, él está animado por la Palabra de Cristo, que es el maestro y el testigo de la esperanza.


Preguntas formuladas por los jóvenes al Santo Padre

Esperanza

Mlchinori Makiyama (19 años), estudiante preuniversitario.

La actual riqueza de Japón puede considerarse fruto de la negación de la religión. Por tanto, creo que Japón no siente necesidad de religión y que su venida aquí es muy significativa. De todos modos, le agradecería nos explicase la finalidad de su visita a nuestro país, que lucha violentamente por la existencia, y cuál es su mensaje a los jóvenes japoneses.

Daiko Kakabara (34 años), profesora, enferma de distrofia muscular.

La sociedad japonesa tiende a juzgar sobre el valor de la persona según su capacidad y conocimientos técnicos. En este ambiente la palabra "igualdad'' está vacía de significado. Ante esta situación inhumana, ¿cómo pueden los minusválidos luchar contra los prejuicios y el orden establecido, y con qué esperanzas de éxito?

Moriko Fujwara (25 años), empleada de la Sociedad vulcanológica japonesa.

Como el cristianismo no ha echado raíces en la cultura de Japón, los cristianos son minoría en nuestro país. Pienso que los cristianos no han influido lo más mínimo en la sociedad japonesa. Santo Padre: Dado que los cristianos se ven obligados a llevar una vida "clandestina", a pesar de estar garantizada la libertad de culto y expresión, ¿en qué pueden poner la fe los cristianos japoneses7

Amor

Kazuhizo Yagyu (18 años), estudiante de tercer año de liceo.

Buscando la libertad, los japoneses han perseguido el bienestar material y lo han logrado en parte. Pero por otro lado, han surgido algunos aspectos oscuros tales como el suicidio de estudiantes de escuela primaria y casos de violencia en la escuela secundaria, que revelan el vacío existente en el corazón de los niños japoneses. Creo que la causa se ha de buscar en la falta de amor dentro de las familias. ¿Qué puede aportar el cristianismo para remediar esta situación?

Tsuiosu Tanabe (19 años), estudiante de la universidad Japonesa de Bienestar social.

En el mundo todos somos iguales en el deseo de felicidad y paz. Pero de hecho los pueblos son distintos unos de otros en la ideología y metodología para alcanzar estos objetivos. Santo Padre, ¿cómo enjuicia usted estas situaciones conflictivas desde el punto de vista del cristianismo7

Miss Chamura (20 años), estudiante de la facultad de arte de la universidad "Sophía".

Tengo la impresión de que el amor no tiene poder alguno en el mundo de la política y de la economía, donde reinan el abuso y la opresión. Creo que tanto en el pasado como en el presente estos problemas son más evidentes en los países considerados cristianos que en los llamados no cristianos. ¿Cómo puede el Santo Padre hacer penetrar el espíritu de amor en el mundo?

Paz

Mitsuko Suki (18 años), estudiante de tercer Año de liceo.

Nosotros vivimos en una sociedad donde es posible comprar todo lo que queramos. No estamos en guerra con nadie. Pero en esta sociedad nuestra en paz, nos encontramos sin amigos verdaderos y nos aburrimos con todo el dinero y el tiempo a nuestra disposición. ¿De qué nos sirve, Santo Padre, este tipo de paz?

Masahito Serizana (23 años), obrero.

La paz se mantiene en el mundo con el equilibrio de las armas. Pienso que es el único modo de mantener el "statu quo". Santo Padre: ¿cree que seria posible mantener la paz en el mundo sin la fuerza militar7

Kazuko Shibuya.(28 años), profesor de liceo.

Si bien Japón es el único país en el mundo victima de la bomba atómica, ahora goza de bienestar material. ¿Deberían tomar parte los jóvenes de Japón en la vida de otros países, incluidos los que están en guerra y los que padecen suma pobreza7

 

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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