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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES EN EL BUDOKAN DE TOKIO

Martes 24 de febrero de 1981

 

Queridos jóvenes:

1. Es éste un momento verdaderamente especial para mí; estar con todos vosotros aquí, en Tokio. Anteriormente he experimentado alegría —una gran alegría— al estar con jóvenes en Europa, en América del Norte y del Sur y en África. Y ahora, durante este viaje a Asia, tengo la alegría de estar con la juventud de Japón.

Allí adonde voy me gusta hablar a los jóvenes acerca de ellos mismos, acerca del significado de sus vidas. Y esto es lo que me gustaría hacer con vosotros hoy: hablar sobre vuestra meta en la vida —aquello por lo que vivís; sobre vuestro destino—, hacia donde vais.

2. Vivís, queridos jóvenes, en medio del maravilloso progreso de un mundo tecnológico. Habéis recibido muchas cosas buenas en vuestras vidas, cosas que pueden hacer más fácil la vida, más interesante, más disfrutable. Y sin embargo, este gran progreso no trae consigo automáticamente la plenitud; no crea automáticamente la paz en lo más profundo de vuestros corazones. Sí, el materialismo, la permisividad y el centrarse sobre sí mismo que acompañan tan a menudo al progreso moderno, están intentando adentrarse en vuestras vidas, y existe siempre la posibilidad de que sofoquen vuestros valores morales y espirituales, aquellos valores que proporcionan satisfacción auténtica y duradera.

3. Es importante que, como jóvenes, tengáis una visión del mundo y de la persona humana en su totalidad. La elevada misión de la auténtica educación es proporcionaros esta visión completa, en la que toda la naturaleza es percibida en su belleza y en su bondad como un reflejo real del Dios Creador. Esto no será difícil para vosotros, pues es bien sabido cuánto amáis la naturaleza, cuánto amáis vuestras montañas, vuestros lagos, vuestros bosques llenos de colorido y la belleza de vuestros parques. Es bien sabido cuánto deseáis tener una casa, aunque sea pequeña, donde poder plantar árboles y muchas flores. Y vosotros, los jóvenes que estudiáis y trabajáis en grandes ciudades, pero vivís en pequeños pueblos, gustáis aún de volver a casa en la primavera, cuando brotan las flores, y en otoño, cuando la naturaleza está teñida de verde. De este modo, y de otros muchos, queréis experimentar el contacto cercano con la naturaleza; queréis conservarla en su pureza y prevenir cualquier daño que se le pueda hacer.

Una visión total de la naturaleza y del hombre os invita a tener una gran apertura hacia los demás, hacia los que viven cerca de vosotros, hacia vuestros conciudadanos y hacia todos los que están más allá de las costas de Japón. Toda la juventud del mundo está llamada a la solidaridad universal. Por esta razón debéis estar preocupados, como jóvenes, por el pobre, el necesitado, el hambriento, el imposibilitado, el enfermo y el que sufre, por todos aquellos que están marginados de la sociedad. Dondequiera que estén, ellos son vuestros hermanos y hermanas en la familia humana.

Habéis contribuido ya mucho a la construcción de un mundo de mayor entendimiento, en el que la riqueza y las cargas sean compartidas. Pero existen aún puentes que construir: puentes de amistad y fraternidad, puentes de justicia, amor y paz. Muchos de vuestros hermanos y hermanas necesitan aún vuestra palabra de ánimo, vuestra ayuda, vuestro apoyo en el camino de la vida.

4. Comprender esta misión vuestra hacia vuestros semejantes forma parte de lo que significa una visión de la vida y el hombre en su totalidad. Vosotros podéis comprobar que la verdadera plenitud procede de la donación de sí mismo, y cuando la donación es completa, también lo es la plenitud y la alegría de vivir. Ayudando a los otros que pasan necesidad, os convertís para ellos en fuente y signo de esperanza. Del mismo modo el propio cansancio, el desánimo, e incluso la propia desesperación pueden ser ahuyentados por el poder de la esperanza que procede de los demás. Esta es la misión de la juventud de hoy: hacer frente juntos a los retos de la vida, estar preocupados unos por otros, y permanecer unidos en la lucha por alcanzar las metas de la vida, como los montañeros se afanan por alcanzar la cima.

Jóvenes de Japón, elevad hoy y siempre vuestros ojos hacia la belleza de vuestras montañas y al resto de la naturaleza, pero de modo especial al Creador, cuya hermosura y grandeza se hallan manifestadas en toda la creación y de modo especial en el hombre. Vuestra mirada y vuestra admiración no deben quedarse en las creaturas, sino que debéis oír su voz, que grita a cada uno de vosotros, como hace siglos al famoso Agustín de Hipona, y os dice: "Miradnos a nosotros... nosotros somos sus creaturas" (San Agustín, Confesiones, X, 6).

5. Y con vuestro permiso, quisiera añadir un saludo especial a todos mis hermanos y hermanas de la Iglesia católica, y es éste: en Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de la Virgen María, nosotros vemos la perfección de la humanidad y la plena belleza de la manifestación de Dios en el mundo. Cristo nos revela en toda su plenitud el significado del mundo y la dignidad y el destino del hombre. A través de la fidelidad al mensaje de Jesús, a su enseñanza y al amor fraterno, podemos realizar el supremo servicio a nuestros hermanos y hermanas.

No olvidemos nunca las sencillas palabras de Jesús, recogidas para nosotros en el Evangelio: "Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos" (Mt 7, 12). Así, trabajando junto a los demás jóvenes de todas las naciones, junto a todos vuestros compatriotas y a los demás hombres, tendréis una meta y un destino en la vida, y seréis capaces de construir un nuevo orden de armonía y de paz, de justicia y de amor.

Queridos jóvenes de Japón: Con plena confianza en vosotros, os exhorto a vencer toda tentación de egoísmo, y a abrir ampliamente vuestros corazones a los valores transcendentes y a todo el mundo. Y, junto a la juventud de todas las partes del mundo, construid el mundo de mañana. Sí, queridos jóvenes de Japón, con la ayuda de Dios el futuro os pertenece. ¡El futuro es vuestro!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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