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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS

Nunciatura Apostólica de Tokio
Martes 24 de febrero de 1981

 

Estimados amigos:

1. Me habéis concedido el honor de venir personalmente a encontraros conmigo durante mi breve pero intensa visita a vuestro país, impregnado en todos sus rincones de una incomparable belleza, una belleza que manifiesta la presencia divina escondida en cada una de las criaturas visibles. Es más, en las virtudes de amabilidad y bondad, discreción, delicadeza y fortaleza inculcadas por vuestras tradiciones religiosas, encuentro los frutos de este Espíritu Divino, que según nuestra fe es "amador del hombre", "llena el universo" y "todo lo abarca" (Sab 1, 6-7).

En consonancia con esto, me dirijo a vosotros con las mismas palabras usadas por San Pablo, el primer gran viajero y el heraldo universal de la fe cristiana: "Os abrimos nuestra boca... ensanchamos nuestro corazón; no estáis al estrecho en nosotros" (2 Cor 6, 11-12). Conocéis los sentimientos expresados por la Iglesia católica, especialmente desde el Concilio Vaticano II, hacia las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, tradiciones de las que vosotros sois distinguidos representantes en Japón. Conocéis bien estos sentimientos, pues habéis tenido ocasión de experimentar su puesta en práctica, y la prueba más reciente de ello es mi presencia hoy en medio de vosotros. Mucho antes, incluso, del Concilio Vaticano II la Iglesia católica ha mostrado un gran aprecio por vosotros. Desde el Concilio, gracias a los valiosos esfuerzos de muchas personas y organismos, incluido el Secretariado para los No Cristianos de Roma, las relaciones entre nosotros se han desarrollado e intensificado tanto, que puede decirse que casi todos los aquí presentes hoy habéis estado en el Vaticano —incluso más de una vez— para encontraros con mi predecesor Pablo VI o conmigo mismo. Os agradezco todas esas visitas, y este encuentro intenta ser un modo de devolverlas.

2. Es para mí motivo de alegría y también una obligación recordar aquí la cálida y amable figura del difunto cardenal Sergio Pignedoli y su gran amor hacia vosotros, al que vosotros correspondéis con afecto y amabilidad. Estoy seguro de que él está con nosotros en espíritu en este momento. He de expresar también mi gratitud hacia vosotros por vuestras muestras de gran estima hacia la Iglesia católica en Japón, y por vuestra disposición a trabajar junto con ella; y me siento complacido de que los católicos, por su parte, colaboren activamente con vosotros.

3. ¿Qué puede deciros el Papa que viene de Roma en su primera visita a este renovado país del Este? Vosotros sois los herederos y los guardianes de una antiquísima sabiduría. Esta sabiduría ha inculcado en Japón y en todo el Este elevados modelos morales de vida. Os ha enseñado a venerar el "corazón puro, limpio y honesto" (akaku, kiyoku, naoki, kokoro). Os ha inspirado para ver la presencia divina en cada criatura, especialmente en cada ser humano. Ha inculcado en vosotros "el desinterés y el servicio a los demás como la cima de la amistad y de la compasión", usando las palabras de vuestro gran maestro Saicho. Me llevaría mucho tiempo hacer un elenco de todos los valores espirituales de los que sois guardianes y maestros. Como cabeza espiritual de la Iglesia católica, y como discípulo de Cristo y Vicario suyo, os expreso la plenitud de mi alegría por haber derramado Dios estos dones sobre vosotros, y por expresarlos vosotros con libertad plena y respetuosa. Son verdaderas las palabras de la Biblia: la Sabiduría de Dios circundaba la bóveda celeste y caminaba por el seno de las profundidades. Sobre las olas del mar y sobre toda la tierra y sobre todo pueblo y nación tenía dominio (cf. Eclo 24, 5-10), "siendo sus delicias los hijos de los hombres" (Prov 8, 31). Por eso los cristianos se sienten obligados de un modo especial a aplicar las palabras de Jesús cuando dijo: "El que no está contra nosotros está con nosotros" (Mc 9, 40; cf. Lc 9, 50).

4. Es cierto, en muchas cosas estáis ya con nosotros. Pero nosotros, los cristianos, hemos de decir también que nuestra fe es Jesucristo-, es a Jesucristo a quien proclamamos. Incluso hemos de decir más, repitiendo las palabras de San Pablo: "Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado" (I Cor 2, 2), Jesucristo que ha resucitado también para la salvación y la felicidad de toda la humanidad (cf. 1 Cor 15, 20). Por eso, nosotros llevamos su nombre y su alegre mensaje a todos los pueblos y, a la vez que honramos sinceramente sus culturas y tradiciones, los invitamos respetuosamente a escucharle y a abrirle sus corazones. Al entablar el diálogo, nuestro objetivo es dar testimonio del amor de Cristo, o, en términos concretos, "fomentar la unidad y la caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad" (cf. Nostra aetate, 1). El mensaje de Cristo que proclama la Iglesia está centrado en el amor al hombre: éste es el gran precepto de Cristo, la plenitud de la perfección. Por "hombre" entendemos todo aquel que está a nuestro lado, la persona individual formada en el corazón de su madre.

5. En nuestro compromiso por el hombre, nosotros los cristianos estamos deseosos y dispuestos a colaborar con vosotros en favor de la dignidad del hombre, de sus derechos innatos, de la sacralidad de su vida incluso en el seno materno, de su libertad y autodeterminación a nivel individual y social, de su elevación moral y la primacía de su dimensión espiritual. Como hombres religiosos, hemos de dedicar una particular atención al fortalecimiento de las relaciones sociales cordiales y adoptar un estilo de vida marcado por la sobriedad personal y el sincero respeto de la belleza del mundo en que vivimos. Esta es nuestra tarea hoy, más que nunca, cuando la humanidad se enfrenta con la creciente amenaza de ideologías materialistas y de formas de industrialización que pueden despojar al hombre de su dignidad. Sé que se ha comenzado ya el diálogo y la colaboración con este objetivo, tanto en Roma como en Japón, entre la Iglesia católica y las Organizaciones religiosas que vosotros representáis. Expreso de nuevo mi agradecimiento por el respeto y la confianza que habéis manifestado tan claramente hacia el Papa y la Iglesia católica en Japón. La Iglesia, por su parte, se hace, a través del diálogo, más católica cada vez —más universal—, lo cual está en consonancia con su naturaleza y su misión de proclamar y dar testimonio del amor de Cristo hacia todos los seres humanos.

6. Me gustaría decir más, pero el lenguaje humano es a veces demasiado limitado y difícil. Sé, sin embargo, que vosotros comprendéis el corazón. Y la aspiración de nuestros corazones apunta en la misma dirección. Por eso os digo: Que el Espíritu y el amor de Cristo esté con todos vosotros.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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