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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL «PEACE MEMORIAL PARK»


Hiroshima, miércoles 25 de febrero de 1981

La guerra es obra del hombre. La guerra es la destrucción de la vida humana. La guerra es la muerte.

En ninguna parte se imponen sobre nosotros estas verdades con más fuerza como en esta ciudad de Hiroshima, en este Monumento a la Paz. Dos ciudades tendrán para siempre unidos sus nombres, dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, como las únicas ciudades en el mundo que han tenido la mala fortuna de ser una advertencia de que el hombre es capaz de una destrucción más allá de lo que se pueda creer. Sus nombres permanecerán siempre como los nombres de las únicas ciudades de nuestro tiempo que han sido señaladas como un aviso para las generaciones futuras de que la guerra puede destruir los esfuerzos humanos por construir un mundo de paz.

Señor Alcalde, queridos amigos presentes, y todos los que escucháis mi voz y a quienes alcanzará mi mensaje:

1. He venido hoy aquí con profunda emoción como un peregrino de la paz. He deseado hacer esta visita al Monumento a la Paz de Hiroshima por la profunda convicción personal de que recordar el pasado es comprometerse con el futuro.

Unidos recordamos que es uno de los tristes logros de la humanidad que sobre toda la superficie de la tierra los nombres de muchísimos —demasiados— lugares son recordados principalmente porque han sido testigos del horror y del sufrimiento producidos por la guerra: conmemoraciones de guerra, que con la victoria de un lado también recuerdan el sufrimiento y la muerte de incontables seres humanos; cementerios donde descansan los que han sacrificado sus vidas al servicio de su país o al servicio de una noble causa, y cementerios donde yacen las inocentes víctimas civiles de la furia destructiva de la guerra; los recuerdos de los campos de concentración y exterminio, donde el desprecio por el hombre y sus derechos inviolables alcanzó su expresión más baja y cruel; los campos de batalla, donde la naturaleza ha curado misericordiosamente las cicatrices de la tierra, pero sin poder borrar la historia humana de un pasado de odio y enemistad. Hiroshima y Nagasaki resaltan sobre todos los otros lugares y monumentos, como las primeras victimas de la guerra nuclear.

Inclino mi cabeza al traer a la memoria los miles de hombres, mujeres y niños que perdieron sus vidas en ese terrible momento, o que durante muchos años llevaron en sus cuerpos y mentes esas semillas de muerte que inexorablemente proseguían su proceso de destrucción. El balance final del sufrimiento humano que comenzó aquí no ha sido plenamente evaluado, ni ha sido calculado el coste humano total, especialmente cuando vemos lo que la guerra nuclear ha producido —y puede todavía producir— en nuestras ideas, nuestras actitudes y nuestra civilización.

2. Recordar el pasado es comprometerse con el futuro. No puedo sino honrar y aplaudir la sabia decisión de las autoridades de esta ciudad para que el recuerdo conmemorativo de la primera bomba nuclear fuese un monumento a la paz. Haciéndolo así, la ciudad de Hiroshima y todo el pueblo de Japón han expresado con fuerza su esperanza en un mundo pacífico y su convicción de que el hombre que hace la guerra puede también con éxito construir la paz. Desde esta ciudad, y desde los acontecimientos que su nombre recuerda, ha surgido una nueva conciencia mundial contra la guerra, y una enérgica determinación a trabajar por la paz.

Algunas personas, incluso entre los que estaban vivos en el momento de los acontecimientos que nosotros recordamos hoy, podrían preferir no pensar en el horror de la guerra nuclear y sus espantosas consecuencias. Entre los que nunca han experimentado personalmente la realidad de un conflicto armado entre naciones, algunos desearían abandonar la verdadera posibilidad de la guerra nuclear. Otros querrían considerar la capacidad nuclear como un ineludible instrumento para mantener un equilibrio de poder por medio de un equilibrio del terror. Pero no hay justificación para no suscitar la cuestión de la responsabilidad de cada nación y de cada individuo de frente a las posibles guerras y a la amenaza nuclear.

3. Acordarse del pasado es comprometerse para el futuro. Yo evoco ante vosotros el recuerdo del 6 de agosto de 1945, para que podamos comprender mejor el significado del reto presente. Desde aquel aciago día, los arsenales nucleares han aumentado en cantidad y en poder destructor. Se continúa la fabricación, pruebas e instalación de armas nucleares. Es imposible predecir las consecuencias totales de una guerra nuclear a gran escala; pero aunque sólo una parte de las armas disponibles fuese usada, hemos de preguntarnos si somos de veras conscientes de la espiral que esto podría provocar y si no es una posibilidad real la destrucción pura y simple de la humanidad. Deseo por ello repetir aquí lo que dije ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: "Los continuos preparativos para la guerra, como lo prueba la producción de armas cada vez más numerosas, más potentes y más sofisticadas en varios países, atestiguan que se quiere estar preparados para la guerra, y estar preparados quiere decir estar en condiciones de provocarla. Quiere decir también correr el riesgo de que en cualquier momento, en cualquier parte, de cualquier modo, se puede poner en movimiento el terrible mecanismo de destrucción general" (Discurso a la Asamblea General de la ONU, 2 de octubre de 1979, núm. 10; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre de 1979, pág. 13).

4. Recordar el pasado es comprometerse con el futuro. Recordar Hiroshima es aborrecer la guerra nuclear. Recordar Hiroshima es comprometerse con la paz. Recordar que el pueblo de esta ciudad ha sufrido es renovar nuestra fe en el hombre, en su capacidad para obrar el bien, en su libertad para elegir lo que es justo, en su determinación de convertir el desastre en un nuevo comienzo. Frente a la calamidad para el hombre que es toda guerra, se debe afirmar y reafirmar, una y otra vez, que hacer la guerra no es inevitable o incambiable. La humanidad no está destinada a la autodestrucción. Los choques entre las ideologías, las aspiraciones y las necesidades pueden y deben ser regulados y resueltos por medios diferentes a la guerra y la violencia. La humanidad está obligada a resolver las diferencias y los conflictos por medios pacíficos. El gran espectro de los problemas que sitúan a muchos pueblos en diversos estadios del desarrollo cultural, social y económico dan origen a la tensión y al conflicto internacional. Es vital para la humanidad que estos problemas sean solucionados de acuerdo con los principios éticos de la equidad y la justicia, salvaguardados por los principales acuerdos e instituciones. La Comunidad internacional debería darse así un sistema de leyes que regulase las relaciones internacionales y mantuviese la paz, al igual que las normas legales protegen el orden nacional.

5. Quienes aprecian la vida sobre la tierra deben alentar a los Gobiernos y a los que toman decisiones en los campos económico y social a actuar en armonía con las exigencias de paz, más bien que con el estrecho interés individual. La paz debe ser siempre la meta: paz perseguida y protegida en cualquier circunstancia. No repitamos el pasado, un pasado de violencia y destrucción. Embarquémonos en la ardua y difícil senda de la paz, la única senda que conviene a la dignidad humana, la única senda que conduce a la verdadera plenitud del destino humano, la única senda para un futuro en el cual la equidad, la justicia y la solidaridad sean realidades y no precisamente lejanos sueños.

6. Y así, en este lugar donde, hace 35 años, la vida de tantas personas fue difuminada en un abrasador momento, deseo dirigir un llamamiento a todo el mundo en nombre de la vida, en nombre de la humanidad, en nombre del futuro:

A los Jefes de Estado y de Gobierno, que detentan el poder político y económico, les digo: Comprometámonos con la paz a través de la justicia; tomemos una solemne decisión desde ahora, para que la guerra no sea nunca tolerada o buscada como un medio de resolver las diferencias; prometamos a nuestros semejantes que trabajaremos incansablemente por el desarme y la proscripción de las armas nucleares: reemplacemos la violencia y el odio por la confianza y el aprecio.

A todos los hombres y mujeres de este país y del mundo, les digo: Asumamos la responsabilidad de unos para con otros y del futuro sin limitaciones de fronteras y de distinciones sociales; eduquémonos a nosotros mismos y eduquemos a los demás en los caminos de la paz; que la humanidad nunca llegue a ser la víctima de una lucha entre sistemas competitivos; que no haya nunca otra guerra.

A los jóvenes de todas partes, les digo: uníos para crear un nuevo futuro de fraternidad y de solidaridad; atended a nuestros hermanos y hermanas en necesidad, alimentad al hambriento, acoged a quien no tiene hogar, libertad al oprimido, llevad la justicia donde reina la injusticia y la paz donde sólo hablan las armas. Vuestros corazones jóvenes tienen una extraordinaria capacidad para el bien y el amor: ponedlos al servicio de vuestros semejantes.

A todos les repito las palabras del Profeta: "De sus espadas harán rejas de arado, y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra" (Is 2, 4).

A los que creen en Dios, les digo: seamos fuertes en su fuerza que nos sobrepasa infinitamente; unámonos sabiendo que El nos llama a la unidad; seamos conscientes de que amar y compartir no son lejanos ideales, sino el camino de la paz permanente, la paz de Dios.

7. Y al Creador de la naturaleza y del hombre, de la verdad y de la belleza, suplico:

Escucha mi voz, pues es la voz de las víctimas de todas las guerras y de la violencia entre los individuos y las naciones.

Escucha mi voz, pues es la voz de todos los niños que sufren y sufrirán cuando las gentes pongan su fe en las armas y en la guerra.

Escucha mi voz cuando te ruego que infundas en el corazón de todos los hombres la sabiduría de la paz, la fuerza de la justicia y la alegría de la confraternidad.

Escucha mi voz, pues hablo por las multitudes de todos los países y de todos los períodos de la historia que no quieren la guerra y están preparados a caminar por sendas de paz.

Escucha mi voz y concédenos discernimiento y fortaleza para que podamos responder siempre al odio con amor, a la injusticia con la dedicación total a la justicia, a la necesidad compartiendo de lo propio, a la guerra con la paz.

¡Oh Dios! Escucha mi voz y concede en todo el mundo tu eterna paz.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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