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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
EN LA CATEDRAL DE ANCHORAGE


Jueves 26 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. "Siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a mi Dios; siempre, en todas mis oraciones, pidiendo con gozo por vosotros, a causa de vuestra comunión en el Evangelio" (Flp 1, 3-5).

Estas palabras de San Pablo expresan los sentimientos de mi corazón al saludaros hoy aquí en Anchorage. Sí, rezo con alegría cada vez que pienso en mis hermanos sacerdotes y mis hermanos y hermanas religiosos. Doy gracias a Dios por vuestra entrega a Cristo, vuestra presencia en la Iglesia y vuestra colaboración en su misión. Y doy gracias a Dios por vuestras oraciones, en las que os unís con todo el Cuerpo de Cristo alabando a la Santísima Trinidad e implorando la misericordia de Dios para su pueblo.

2. Mientras escribía mi última Encíclica, muchas veces mis pensamientos se dirigían a vosotros, que compartís conmigo, de un modo particular, la misión de proclamar la misericordia de Dios a la generación presente. Cada tarde rezamos en la Liturgia de las Horas las palabras de María: "Su misericordia se derrama de generación en generación" (Lc 1, 50). Esta es la verdad de salvación, la verdad acerca de la misericordia de Dios, que nosotros hemos de proclamar a nuestra generación, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que parecen alejarse del misterio de la misericordia de Dios. Por eso, escribí en mi Encíclica: "La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia —el atributo más estupendo del Creador y del Redentor— y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora" (Dives in misericordia, 13).

3. Hermanos y hermanas míos en Cristo: No dudéis nunca de la vital importancia de vuestra presencia en la Iglesia, la vital importancia de la vida religiosa y del sacerdocio ministerial en la misión dé proclamar la misericordia de Dios. A través de vuestra vida de cada día, que está muchas veces acompañada por el signo de la cruz, y a través del servicio fiel y la esperanza perseverante, mostráis vuestra fe profunda en el amor misericordioso de Dios, y dais testimonio de ese amor, que es más poderoso que el mal y más fuerte que la muerte.

Tened, pues, confianza en el que os llamó a esta vida. Tened confianza en Dios "que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén" (Ef 3, 20-21).

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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