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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

PALABRAS DE DESPEDIDA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PUEBLO JAPONÉS


Nagasaki, jueves 26 de febrero de 1981

 

Después de experimentar durante cuatro días la benévola hospitalidad de Japón, ha llegado la hora de mi regreso a Roma.

Pero antes de dejar este país, deseo expresar mi gratitud a todos los que me han mostrado tanta amabilidad.

Doy las gracias a las autoridades de este país, y en primer lugar a Su Majestad Imperial. Estoy muy complacido de haber tenido la oportunidad de presentarle personalmente la expresión de mi respeto y honor por el papel que desarrolla en la vida del pueblo japonés.

Reitero mi aprecio al Gobierno de Japón por el modo cortés como me ha recibido, por todo lo que ha sido hecho para facilitar mi visita y mi viaje de ciudad a ciudad. Doy las gracias a las muchas personas encargadas de la tarea de mantener el orden público y a todos los que han trabajado de una manera o de otra por el éxito de mi visita.

A la comunidad católica, a la que he hecho una visita pastoral, le expresó mi más profundo agradecimiento: a mis hermanos en el Episcopado que me invitaron y tanto hicieron para organizar mi visita, a los amados clérigos, religiosos y laicos que me han recibido como un padre, un hermano y un amigo en Cristo. A todos les expreso la seguridad de mi cercanía en la fe. Deseo que todos, los que he visitado, como también aquellos a los que no he podido visitar, aprecien mi solidaridad fraterna en la oración. Exhorto a todos a permanecer firmes en los grandes ideales que os fueron transmitidos por San Francisco Javier cuando, en 1549, proclamó la llamada al amor y al servicio cristianos. Ya se ve cómo el mensaje, que él proclamó y que fue libremente aceptado por tantos, ha echado raíces profundas en suelo japonés y ha traído alegría y gozo a innumerables corazones.

Doy las gracias a todo el pueblo japonés por su afectuosa recepción y su cordial hospitalidad. Tengo la esperanza de que puedan apreciar adecuadamente los grandes valores humanos y religiosos que han formado parte de su cultura durante generaciones. Espero sinceramente que como un pueblo unido pongan todas sus capacidades al servicio de un mundo necesitado de asistencia fraternal, de desarrollo, de esperanza y de aliento.

Ruego para que el pueblo japonés aprecie siempre el ideal de la paz y lo defienda protegiendo la vida y la dignidad humana, y buscando constantemente la justicia; ruego para que Japón se eleve basta alturas aún desconocidas en el servicio humano, construyendo un mundo en el que los valores espirituales sustenten al hombre en la plenitud de su humanidad y nunca se extingan por ninguna idea incompleta de progreso.

Ha sido una alegría para mí viajar de Tokio a Hiroshima y finalmente a Nagasaki. Gracias a la pericia y cooperación de los medios de comunicación japoneses y mundiales, mi llamada a la paz y a la causa del hombre ha dejado hasta los confines de la tierra.

Y ahora mi oración final es que la sabiduría del Altísimo descienda sobre todos los que rigen los destinos de Japón, que la sabiduría de Dios esté con todo el pueblo japonés. Y a todos ustedes les dejo la expresión de mi gratitud y estima, el permanente amor de mi corazón.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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