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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS PERSONALIDADES QUE ACUDIERON A RECIBIRLE
AL AEROPUERTO DE ROMA


Viernes 27 de febrero de 1981

 

Señor Ministro,
Señores Cardenales,
Señores Embajadores,
queridísimos hermanos y hermanas:

Al finalizar este largo viaje, siento, ante todo, la necesidad de dar gracias a Dios por la singular experiencia eclesial que me ha permitido realizar. He podido llevar el anuncio del Evangelio a las lejanas regiones de Extremo Oriente, donde he recogido los testimonios de fe de las florecientes comunidades cristianas que, en diversos países, viven en la comunión de la única Iglesia de Cristo.

Mi pensamiento se dirige a las autoridades civiles de los pueblos visitados, para reiterarles la expresión de mi sincera gratitud: no olvidaré las muchas demostraciones de consideración y solicitud que han querido ofrecerme en los varios lugares adonde he ido. Que el Señor favorezca cada una de sus útiles iniciativas orientadas a la promoción del bien común y a la seguridad de la verdadera paz.

El recuerdo afectuoso y emocionado se dirige, además, a los venerados hermanos en el Episcopado, que me han acogido en sus Iglesias con efusión de caridad, dándome pruebas tangibles de lo intensa y sentida que es la comunión con la Iglesia de Roma, a pesar de la distancia geográfica. Debo decir lo mismo de los fieles. ¿Cómo resumir en pocas palabras la cantidad de impresiones vivísimas experimentadas durante los numerosos encuentros con los cristianos de Filipinas, de la Isla de Guam, de Japón, como también de Karachi y de Anchorage? Sólo hablaré de la profunda alegría que me ha proporcionado el contacto directo con la viveza espontánea y con el entusiasmo genuino de esas Iglesias que, en contextos socio-culturales notablemente diversos, me han parecido generosamente comprometidas para traducir en la vida los valores perennes de una misma fe. He visitado comunidades jóvenes, con las dificultades propias de todo comienzo; y he visto comunidades antiguas, que tienen en su haber un rico patrimonio de tradiciones cristianas, sellado por el testimonio supremo del martirio. A este glorioso pasado y a las esperanzas que abre para el futuro, he querido rendir homenaje, condescendiendo a la petición de presidir allí mismo el solemne rito de beatificación del filipino Lorenzo Ruiz y compañeros mártires, cuyo ejemplo de impávida fortaleza permanece en la historia de aquellas Iglesias como luminoso punto de referencia, al que deben remitirse las generaciones de hoy.

Una impresión particularmente profunda ha dejado en mi espíritu la estancia en Hiroshima y en Nagasaki, en los lugares que conservan todavía las huellas de la terrible explosión atómica de 1945. En ese momento he sentido latir en mi corazón con intensidad desgarradora la angustia de los pueblos sobre los que gravita el terror de la posible repetición de una parecida catástrofe. Quiera Dios escuchar la oración que le he dirigido, para que en toda la humanidad el amor venza sobre el odio, la vida triunfe sobre la muerte, la concordia y la paz prevalezcan definitivamente sobre toda forma de división y de guerra.

Estoy seguro de que compartís estos deseos míos todos los que, con tanta amabilidad, habéis querido venir a recibirme. Al daros las gracias por este gesto tan atento, quiero dirigir mi saludo deferente, en primer lugar, a usted, Señor Ministro Adolfo Sarti, cuyas nobles palabras he apreciado vivamente, al Presidente de la República Italiana, y al Gobierno que usted representa. Mi saludo se extiende también a los señores Cardenales, a los hermanos en el Episcopado, a las personalidades del Cuerpo Diplomático, al representante del Alcalde de Roma, a las autoridades civiles, militares y del aeropuerto, que han querido darme su cordial bienvenida, a todos un sincero y respetuoso "gracias". Finalmente, quiero dirigir una palabra de gratitud y despedida a los dirigentes de las Compañías Aéreas, a los pilotos, al personal y a todos los que se han afanado para el feliz éxito del viaje: les soy deudor de una travesía confortable y segura.

Al elevar de nuevo un pensamiento de alabanza y de gratitud a Dios, que en su Providencia ha vuelto a dirigir felizmente mis pasos a esta hospitalaria tierra de Italia y de Roma, le pido abundantes bendiciones para todos vosotros, para vuestros seres queridos y para cuantos me acompañado generosamente con su oración en esta tarea apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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