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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. JOSEPH QUAO CLELAND,
EMBAJADOR DE GHANA ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 17 de enero de 1981

 

Señor Embajador:

Recibo con placer las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Ghana ante la Santa Sede. Aprecio grandemente los buenos deseos que me ha transmitido de parte del Excmo. Dr. Don Hilla Limann y le ruego le dé constancia de mis cordiales sentimientos de respeto.

Con nuestro encuentro de hoy recuerdo vivamente la cálida acogida que me prestó el Presidente, los gobernantes y el pueblo de Ghana en mi visita pastoral a su país el año pasado. La atmósfera de celebración gozosa que resplandeció en aquella ocasión me impresionó en cuanto reflejo del sentido profundo de hospitalidad que caracteriza a su pueblo.

Como usted sabe mi visita me consintió participar directamente en la conmemoración del centenario de la implantación de la fe católica en Ghana. Desde 1880 las semillas de la fe se enraizaron y siguen creciendo por caminos que han beneficiado no sólo a la Iglesia universal, sino también a toda la nación de Ghana. Por esta razón aprecio mucho la alusión en su discurso a la aportación del espíritu evangélico de la Iglesia en el desarrollo de su país, y quisiera asegurarle que la Iglesia desea colaborar plenamente con las autoridades civiles en la promoción de la dignidad y bienestar de todo el pueblo.

Nuestro encuentro tiene lugar al inicio de un año nuevo en el que damos un paso más hacia el comienzo del tercer milenio. ¡Qué oportunidad única se presenta a cada pueblo, nación y continente en la generación presente! Como dije en mi Encíclica Dives in misericordia, las posibilidades de avance tecnológico, intercambio intelectual y cultural, y progreso enorme de las ciencias sociales, son múltiples y desafiadoras. Pero precisamente en la posibilidad misma de conseguir tales beneficios subyacen tensiones y riesgos de coartar dicho progreso e incluso de poner en peligro la misma existencia humana. Y tales peligros no se reducen a la fuerza externa de las armas y medios de defensa, sino que comprenden asimismo la mentalidad materialista de admitir "el primado de las cosas sobre las personas" (núm. 11).

Su pueblo, Sr. Embajador, goza de una historia notable en cuanto al testimonio de valorar la persona humana.

Al acercarnos al año 2000, ¿no podríamos preguntarnos si en la Providencia de Dios este respeto a la persona humana, que forma una parte tan grande de la vida de su pueblo, podría ser el beneficio más duradero que la comunidad mundial reciba de cada nación o continente? Repito la convicción que manifesté el año pasado en Acra: "África está llamada a traer ideales y visiones nuevas a un mundo que da muestras de cansancio y egoísmo. Estoy convencido de que los africanos podéis hacer esto".

Pido a Dios todopoderoso que bendiga su misión ante la Santa Sede dándole felicidad y éxito. Extiendo mis deseos buenos y cordiales a su querido país, y oro para que su pueblo viva con serenidad plena, impulsando la causa de la justicia, la paz y la hermandad en el mundo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 7 p.11.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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